EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Evo y AMLO

Humberto Musacchio

Diciembre 20, 2005

 

El triunfo de Evo Morales confirma que Latinoamérica se mueve hacia la izquierda. Contra lo que pudiera suponerse, ese deslizamiento a siniestra no satisface a la izquierda radical, que lo define como una nueva engañifa del más viejo reformismo. La derecha, en cambio, vive este momento como la entrada al reino del Maligno y se prepara para lo peor, que en su caso es cualquier afectación de la propiedad privada.

Para el radicalismo izquierdizante, lo único aceptable es proponer y sobre todo imponer un orden económico centralmente planificado, la confiscación total de la propiedad privada y un régimen de partido único. Para el caso, poco importa la catastrófica caída del modelo estaliniano, la inviabilidad de un régimen autárquico, la improductividad de la economía centralmente planificada, el desperdicio de energía social que representa eso que llamamos iniciativa privada y la legitimidad ganada por los sistemas electorales multipartidarios.

De la esterilidad de ese radicalismo de saliva habla muy elocuentemente el fracaso de los zapatistas, la apuesta perdida por el todo o nada, su desprecio por las posibilidades de la democracia representativa, lo inofensivo de sus bravatas, lo ridículo de andar con el pecho cruzado de cananas cuando no han disparado un tiro en casi doce años, lo lamentable de no haber resuelto un solo problema indígena en ese tiempo.

Pero si ese radicalismo lanza anatemas contra “el reformismo”, la derecha, siempre más ciega ante el movimiento social, quiere exorcizar todo cambio con cubetadas de agua bendita. Le espanta el discurso “populista” y sin rodeos prefiere seguir tratando con la vieja clase política, corrupta y rapaz, con su ineficiencia disfrazada de fórmulas tecnocráticas, con su remedo de justicia y, eso sí, con su régimen de privilegios que benefician a los ya de por sí privilegiados.

Esa derecha estacionaria juzga un pecado de lesa economía arrojar unas monedas a los pobres, pero no tiene conflicto con el fraude monumental del Fobaproa ni con los múltiples canales abiertos para favorecer a los banqueros. Para ella, es moral y deseable tener un sistema fiscal que sangra a los sectores medios y beneficia a los que más tienen y una justicia que suele favorecer al que suelta más dinero. Ante el latrocinio evidente de sus políticos y de los familiares de éstos, esboza una sonrisa beatífica, como lo hace cuando alimenta a sus mastines.

Pero entre el radicalismo de unos y el conformismo comodino de otros, una enorme masa social exige respuestas para el aquí y el ahora. No pide utopías, sino medidas modestas y realizables que le hagan menos pesada la vida, que le despierten la esperanza de una vida mejor, lo que en concreto significa contar con una ocupación remunerada, ingreso suficiente para cubrir sus necesidades elementales, educación para los hijos, un régimen de salud y de seguridad social que no esté en manos de negociantes.

Lo que demanda la gente común no es mucho si se mide en pesos y centavos, pero no es poco cuando se observa el daño que han causado gobiernos entreguistas a lo largo de un cuarto de siglo. Esos gobiernos no se propusieron resolver los problemas elementales de los mexicanos, sino actuar de acuerdo con el FMI o el Banco Mundial para garantizar una alta tasa de ganancia.

Los resultados están a la vista. Este año el ingreso per cápita ronda ya los 8 mil dólares, mucho menos de lo que percibe el europeo promedio, pero mucho más de lo que recibe la mayoría de la humanidad. Eso significa que ya generamos riqueza suficiente para dar una vida digna a cada mexicano, pero lo cierto es que nunca México había tenido tantos pobres. Mientras más riqueza creamos, más gente pobre hay en el país –oficialmente la mitad de los mexicanos viven en la pobreza y uno de cada cinco en la indigencia, aunque la realidad sugiere que la magnitud del desamparo es mayor.

Mal de muchos no es consuelo de personas inteligentes, pero con sus matices, lo mismo que ha ocurrido en México sucede en el resto del continente, donde hay multitudes que ya no quieren seguir hundiéndose. Eso explica la tendencia del voto. Esas muchedumbres buscan alguna señal para salir del laberinto. En otro momento creyeron hallarla en líderes carismáticos que acabaron siendo los mismos ladrones de siempre, incapaces de manejar la maquinaria estatal y con una cercanía hacia los organismos financieros que ha sido inversamente proporcional al apego por sus pueblos.

Ahora, con más modestia, la gente pide mucho menos. Incluso está dispuesta a cualquier sacrificio con tal de no seguir cuesta abajo. Pero ya no se conforma con promesas y no aceptará más de lo mismo. Un líder socializante –no marxista–, nacionalista, austero, de evidente origen popular y preocupado por la desesperante situación de las mayorías es la respuesta que existe en este momento para la gente común, la que carece de privilegios y hasta de pan.

Un líder genuino, con notoria autoridad política sobre sus seguidores, es también la mejor garantía para evitar un estallido social, una ruptura que pondría en riesgo la propiedad y la ganancia. No es la solución más deseable para los radicales de izquierda ni de derecha, pero es la mejor garantía de preservación del orden. Y no es poco.