EL-SUR

Jueves 02 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Fancy Man en Fashion Laundry sobre Mason St.

Alan Valdez

Julio 12, 2025

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

Mi ropa sucia está adentro de una bolsa azul celeste. En la Mason St sostengo la bolsa a la altura de mis ojos. Inspecciono la hora y el color del cielo. Mi bolsa de ropa sucia es casi igual a la tarde sin nubes de San Francisco. Antes de salir del cuarto pensaba, con vergüenza, que parecía un discreto envoltorio de basura hospitalaria. Ahora la abrazo con bastante confianza y continúo mi tránsito por las colinas. Por unos minutos, otras personas avanzan también con bolsas de plástico y escupen en las calles. Yo aún no tengo ganas de escupir. Camino desde el límite del Tenderloin, donde está mi hotel en Mason, y persigo los bordes de North Beach, cerca del barrio chino, donde está la lavandería.
Hace dos noches una persona que además hablaba español me dijo que no me acercara al Tenderloin. Él encendía un cigarro a mitad de la calle, y cuando me preguntó qué hacía en la ciudad y le dije de dónde era, comenzamos a bromear. Vamos a salir, primos. Ve al Ocean Beach. Nos dimos la mano, volvió a fumar y me confirmó que aquí la policía tiene mejores cosas de qué preocuparse que de la gente que fuma mota. Sus abuelos eran de Guerrero. Al escuchar eso, le mencioné varios sitios. En algún punto yo dejé de enumerar ciudades, o más bien nombres de ciudades, o más bien sonidos, porque él en algún punto dijo, Nunca he ido a México, pero a veces unos primos de allá me mandan mensajes.
“Tenderloin” significa literalmente solomillo, como un corte de carne suave. Pero aquí en San Francisco, es el nombre de un barrio del centro que, desde principios del siglo XX, es una zona con mucha gente sin hogar y consumo de drogas duras en la calle.
La gente con bolsas de plástico deja de aparecer. Desde esta última subida en Mason y Sacramento, ni rastro de ceniza ni olor a orina, y la ciudad tal cual aparecía en mis libros de inglés me presenta un grupo de turistas que se va bajando en el lobby del hotel Fairmont. La camioneta negra y lavada me da el paso. Yo no distingo los ojos de nadie. Hago un gesto de gracias con la mano, sin estar seguro de si alguien se habrá dado cuenta. La última vez que subí caminos tan pronunciados fue, de hecho, en Acapulco. Recuerdo los bochos y los tsurus que han procurado tan bien los cerros de Santa Lucía.
En la siguiente calle, unos visitantes van agarrados de los pasamanos exteriores del tranvía. Seguros y confiados del paseo, toman fotos de los edificios. Yo saldré en una de esas fotos con mi bolsa azul de ropa sucia. La última vez que vi gente agarrada del pasamanos con la mitad del cuerpo fuera del vehículo también fue en la Costera.
Rena-Base.
Subo, con las pantorrillas quemándome los calcetines altos. La luz me dora la parte del rostro que no traigo cubierta por mis lentes de sol. Yo también estoy de visita. La lavandería está justo en frente del Cable Car Museum. Hay personas haciendo fila, ya sea para entrar al museo o ya sea para tomar el cable car.
El cable car, o tranvía de cable, fue inventado en San Francisco por Andrew Smith Hallidie, ingeniero de origen inglés. El ingeniero, que tenía experiencia trabajando con cables de acero en minas, una mañana de lluvia presenció cómo un carro cargado descendía por una calle inclinada. Los caballos que lo tiraban, cinco en total, perdieron el equilibrio. Resbalaron sobre el adoquín mojado. Uno cayó y arrastró a los demás. El conductor gritó, pero no pudo hacer nada. Y los animales, heridos de muerte, quedaron tendidos, jadeando en medio de la calle.
El cable car fue inventado para subir y bajar con seguridad las colinas empinadas de San Francisco. El primer viaje de prueba se realizó el 2 de agosto de 1873, sobre la calle Clay. El pasaje costaba cinco centavos de dólar.
El transporte es tirado gracias a un cable subterráneo en constante movimiento, al que el conductor puede enganchar o desenganchar el vagón manualmente. En casi todas partes este sistema ha desaparecido. La ciudad de San Francisco lo conserva más como parte de su paisaje que por una demanda de transporte público. Cada año, alrededor de siete millones de personas se suben sin mucha prisa de llegar a algún lado, siglo y medio después, por 8 dólares.
Por otra parte, afuera de la lavandería no hay personas esperando. Adentro hay tan solo dos señoras. Ambas sentadas, voltean más bien por reflejo cuando llego. Por la mañana fui al banco a cambiar un billete de 5 dólares por monedas de .25 centavos. El banquero me dio mis monedas en un sobre. Pongo mi bolsa azul cielo y mi sobre en la mesa de la lavandería. La señora al lado mío voltea por reflejo una vez más. Indago en las instrucciones de las máquinas. Están en inglés y en chino. En ambas lenguas se indica que en las máquinas 2, 7 y 11 la puerta debe cerrarse con más fuerza, y que la secadora 17 sí funciona, solo uno tiene que ingresar con más decisión las monedas en la hendidura para que el mecanismo las empiece a contar.
La señora que estaba a mi lado ahora persigue mis movimientos. Ante su atención, y porque en realidad sí necesito la información, le pregunto si sabe cuánto cuesta el detergente. Encima de la mesa, además de mi sobre con monedas y mi bolsa azul celeste, hay un bote rojo de detergente líquido. Ella se llama Connie, sirve un tercio de tapa de su detergente y me lo ofrece. Le extiendo monedas y solo escucho, Come on, please. A pleasure. A su lavadora le faltan 10 minutos. Le doy las gracias. Comenzamos a hablar. Se apellida Gonzales. Hace un comentario sobre los españoles merodeando por todos lados. I’m from Honolulu. Nunca había hablado con alguien de Hawái. Le digo que mi apellido es Valdez y aprendo de su vida.
Connie es una señora de casi 75 años. Nació en Honolulu en 1951, hija de migrantes filipinos originarios de Ilocos. En 1978, cuando tenía 27 años, se mudó a San Francisco. Comenzó trabajando como camarista en un hotel frente al Civic Center. Más tarde fue ascendida a asistente de housekeeping, y finalmente a recepcionista, cargo en el que trabajó durante 26 años.
Me enseña en su celular una foto suya con el uniforme del hotel. Con sus dedos apretados como pájaro, amplía la imagen hacia el hombro derecho. Su anillo de matrimonio refleja mi cara en dorado cuando me acerco a ver la fotografía. En esa foto Connie tiene 33 años. En su hombro tiene un prendedor de ángel. Es plateado y brilla, al igual que los mosaicos del fondo de la recepción donde le tomaron esa foto a Connie. Especifica que lo cargaba en el hombro derecho del uniforme porque ese ángel era el de las buenas ideas. Hago un comentario sobre el lado izquierdo. Ahora amplía la imagen hacia su cabello largo que le tapa por completo esa oreja. Bromeo con ella sobre mi propia suerte, ya que el cabello me tapa ambos lados. Su lavadora termina el ciclo.
A la par que llena la secadora, me pregunta dónde está mi casa. Hace unos minutos, mientras ella me contaba sobre su familia, yo ya le había explicado las fortunas y mi viaje. En vez de volverle a contarle todo, le digo que cerca, que, a unas cuadras, y me presume su cesta con rueditas que le permite subir y bajar su ropa sucia, y luego limpia, por las calles del Barrio Chino.
Se para. Checa el tiempo que le falta a la máquina. Me mira y vuelve a decirme, Hi, my name is Connie. Cornelia. Nos damos la mano por cuarta ocasión, como si hasta antes de ese saludo, ambos nunca nos hubiéramos visto. Después de saludarme, cada una de las veces hace algo distinto con las manos. Esta vez, después del apretón, se acomoda el cabello debajo de su gorra.
That is such a strong name. People don’t have names like that anymore. Like me. Alan. Such a short and simple name. Don’t you think?
Cornelia me vuelve a enseñar la foto de cuando trabajaba de recepcionista. En la foto, Connie sigue teniendo 33 años. Connie, how old were you in that picture? Your hair is gorgeous. Connie me dice, 33, darling, I was 33. Y marca el tono de su edad en la foto, volviendo la mano dominante hacia su cabello delgado y blanco.
Connie, yo voy a cumplir 33, y ella solo dice, Too young, too young. Are you married? Do you have a girlfriend back there in your country? Le digo que no. Me enseña una foto de ella y su marido. Su esposo es muy alto. Ella lo sabe, me lo anota mientras afirma que a su esposo le gustan las mujeres bajitas. Le contesto que quizá más bien a ella le gustan los hombres muy altos.
Después de unos minutos, mi casa vuelve a estar a tres cuadras y Connie me cuenta de su primer día limpiando una habitación de hotel, de la foto con su marido el día de su aniversario, o de su familia en Honolulu. Cada una de las veces yo estoy convencido de que es la primera.
No entiendo muy bien los lapsos, pero no le presto atención porque la señora es más diestra que yo para doblar la ropa. Saluda a una nueva persona que ha llegado a revisar si sus sábanas ya están secas. Cornelia y ella empiezan a hablar de los cestos de ropa. La señora que acaba de llegar le celebra su cesto con rueditas.
Connie extiende una playera negra, está rotulada, y le pregunta a la señora que dobla sábanas si sabe qué dicen los caracteres blancos de su playera.
—Is Japanese?
La otra mujer responde que es chino, que se sabe por un trazo que yo no alcanzo a distinguir.
Connie le pregunta si ella vive cerca de aquí. Cornelia le pregunta de nuevo qué dice su playera. Cornelia le pregunta que por qué ella no tiene un cesto de rueditas.
La señora ha terminado de doblar sus sábanas, llena su saco de ropa y se despide de Cornelia, moviendo la mano al mismo tiempo que mueve los labios en un Zàijiàn.
Connie repite la palabra.
En la foto de Connie de 33 años, su uniforme tiene sobre el lado del corazón bordadas 5 estrellas. Me compartió que cada una eran reconocimientos del hotel por su buen servicio al cliente.
Customers loved my smile, that’s the most important thing.
Connie termina de sonreír y de doblar su ropa. Le pregunto si el uniforme también lo guardó junto con las demás prendas. Yo también amo su sonrisa.
Sale de la lavandería. Nos despedimos una sola vez.
Son las 5 de la tarde. El museo ha cerrado.
Ahora cargo con mi ropa limpia y doblada en una bolsa azul celeste. Las pendientes que subí ahora me jalan precipitado. El sol se asoma, pero los edificios altos vuelven su gesto casi infantil. Aparece y desaparece detrás de cada esquina.
Una persona escupe y después me pide monedas. Cuando estoy a punto de hacer el movimiento del “no traigo cambio”, recuerdo el sobre. Como hace rato creí que no volvería a ocupar monedas, metí el sobre en el fondo de la bolsa azul celeste. Tardo tanto en rebuscar entre mi ropa que el homeless se ha decidido por otra esquina. Mi ropa ahora está arrugada.
Tengo .50 centavos en la mano. El tranvía suena su campana y varios turistas toman fotos. Al darme cuenta, mi mueca de disgusto se dirige mejor hacia una sonrisa de bienvenida. Alguien hoy me otorgará una estrella.