EL-SUR

Viernes 12 de Julio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Fascinación y ternura por los inocentes

Adán Ramírez Serret

Marzo 23, 2018

Quizá uno de los sueños más altos de un escritor, una de las cosas imposibles de realizar, es llegar a ser útil en algún momento. Que los libros sirvan para algo. Leer y tomar la pluma muchas veces son actos que se hacen para intentar cambiar el mundo. Pero, en general (por no decir siempre), cuando sucede algo terrible, lectores y escritores son prescindibles por no decir que estorban. Cuando un crimen espantoso se lleva acabo, un feminicidio, por ejemplo. Cuando una chica, Laëtetia en específico, “fue simultáneamente golpeada, apuñalada, estrangulada. Fue descuartizada con una sierra para metal y su cuerpo fue almacenado en cubos de basura antes de ser arrojado al agua, carroña para los peces. Laëtitia fue ‘sobrematada’: en el lapso de unas horas, una muchacha llena de vida no es más que un amasijo de carnes, miembros sangrientos, cabeza decapitada, tronco aferrado a un lastre de hormigón. Ese aniquilamiento clausura una secuencia que se abre con la felación interrumpida: Laëtitia fue ejecutada por ser mujer, porque había en ella una mujer a la que someter, a la que destruir. Punición y venganza a la vez, el asesinato de Laëtitia es un crimen misógino”.
Cuando algo así sucede, no se necesita precisamente a alguien que narre y que reflexione. Hace falta un policía, sin duda un patólogo y en el mejor de los casos un forense que haga milagros y encuentre alguna huella del asesino. También, por supuesto, un periodista que reúna los datos y sustituya la ausencia de detectives. Claro que es útil reflexionar sobre un crimen y encontrar y castigar al asesino; pero lo mejor sería poder volver de manera milagrosa en el tiempo y salvar a la niña. Pero como esto no se puede hacer, existe el periodismo, la literatura y la historia. Para sopesar lo que sucedió, y en la medida de lo posible, evitar que vuelva a pasar.
El escritor e historiador Ivan Jablonka (París, 1973) escribió, no para cambiar la historia, pero sí para buscar un poco de justicia, Laétitia o el fin de los hombres. Un libro espectacular e imprescindible para reflexionar sobre un crimen. Es una obra que continúa, aunque en contra corriente, una tradición de libros de autores como Emmanuel Carrère o Truman Capote uno con El adversario y el otro con A sangre fría; escritores que a partir de una nota en el periódico sobre un sangriento asesinato, se meten a codazos y empujones a una historia de un crimen y la transforman en un relato, en una reflexión: en literatura. Jablonka toma algunos de estos elementos y los transforma en un texto diferente, pues a diferencia de Carrère y Capote, aquí el personaje principal no es el asesino, sino a la víctima, Laétitia. No es lo importante por qué la mató un loco, sino quién es una víctima y cómo y por qué llegó a ser asesinada. Comienza, por lo tanto, por conocer la vida de la joven, huérfana, tímida y con un gran impulso vital. Indaga en su vida a partir de la gente que la conoció y los eventos terribles que sufrió. Aquí, como historiador, se separa del periodismo pues en general este género observa los eventos, las tragedias (por su necesidad intrínseca de seguir el día a día), de una manera cíclica: todo ya sucedió y va a volver a suceder. Jablonka como historiador insiste en no ver el asesinato como un feminicidio más, como otro número; sino que crea con esta obra maestra un hito en la historia, para cambiar la forma de ver un crimen –usualmente nos concentramos en el asesino– y busca un poco de justicia pensando en la víctima. Escribe en las páginas finales sobre la obsesión de entender a un asesino: “No existe tal ‘gran criminal’: todo criminal es pequeño, es un desgraciado… Si el siglo XX nos ha dejado algunas lágrimas, guardémoslas para Laëtitia… para todos los masacrados que no tienen túmulo, que no duermen en paz. Que nuestra fascinación y ternura vayan a los inocentes”.

(Ivan Jablonka, Laétitia o el fin de los hombres, Barcelona, Anagrama / Libros del Zorzal, 2017. 424 páginas).