Adán Ramírez Serret
Septiembre 19, 2025
Las cosas más bellas, las más contundentes y divertidas, son un secreto. Están frente a nuestras narices, bocas y ojos, pero ni las olemos, probamos o vemos. En el mundo, por ejemplo: el olor de la madera, del viento; el sabor del agua, del frío y la propia visión de la transparencia del aire, de toda esa luz que choca con lo que toca, los árboles, el cielo o la tierra; y si hablamos de la noche, se puede decir la otra cara, acaso la real, del universo; ese momento mágico en donde el mundo, nuestra mentes y miedos y absolutamente todo cambia porque se ha ido la luz y nace una nueva evidente y secreta belleza. Ya decía Rainer Maria Rilke en sus Cartas a un joven poeta que, si te paras en medio de la noche, y te dan ganas de escribir, eres poeta. Y ya que salió en la página este fenómeno del mundo que lo crea y lo finaliza, la poesía, por supuesto y sobre todo también es uno de los más grandes secretos del mundo. Todos hemos escuchado hablar de Octavio Paz, por ejemplo, de sus premios, de sus ensayos, de sus guerras pasionales y culturales, pero pocos se acercan a ese secreto, a ese murmullo que casi nadie conoce, pero que cuando se entra en sus vericuetos y ritmos, se vuelve el centro del universo, de México, del mundo y la humanidad. No exagero, los secretos, los del mundo y los poéticos, son el hallazgo más feliz de este mundo. Como lo es Nomenclatura secreta, de Fátima López (Ciudad de México, 1981) un conjunto de viajes, de confesiones, de recuerdos y deseos que resuenan en los poemas que habitan este libro.
La primera sección se titula Poriomanía, un término que un principio es puro sonido y que va tomando carne según se avanza en el libro, luego de los epígrafes, viene el primer poema, el fragmento en prosa en donde se lanza hacia el gran problema, hacia ese reto monumental que es la palabra, va: “Digo PALABRA, mientras nace dentro de mí un lenguaje que se precipita desde el asombro. Vagabundos somos, buscando, entre los escombros, nuestro verdadero nombre, aquella copia fiel que coincida exactamente con nuestro reflejo”. Y sí, entonces se abre el mapa, el laberinto en donde se van descubriendo las búsquedas, las confusiones/confesiones de la poeta en busca de su nombre, de su lenguaje a lo largo de la ciudad. Se mezclan algunos personajes de la mitología helénica con la avenida Montevideo en la colonia Lindavista. Entra el paseo, el caminar sin rumbo fijo del flâneur intrínseco a la poesía que busca perderse, adentrarse desde la extrañeza en la ciudad, en donde el vago, luego de su etimología, viaja con la poeta por sus sinónimos hasta aterrizar en “El que anda suelto y libre, andar por un sitio sin hallar camino o lo que busca, andar libre, andar vacío. / Estar vacío”. Se erra por la ciudad hasta que se vuelve personaje, y luego: “PORIOMANÍA: etimológicamente: poreia, marcha, viaje; manía, locura. / Extraña afición donde la persona que la padece (pathos) siente una inclinación irresistible a la marcha errante”.
La segunda sección es Amrita, ya afloraba el deseo, el cáliz erótico en algunos de los poemas de la primera parte, pero aquí, se derraman, son el centro de la búsqueda: “Caudal amable a lengua revuelta. En sus hábitos, la plétora se desvanece. Del sánscrito, amrita: inmortalidad, pero frecuentemente asociado con el néctar que expulsaban las diosas durante el acto sexual”. La humedad habita las páginas cada vez más, es el clima, el hábitat que va suavizando esas palabras dibujadas, lejanas en halos amorosos: “ME SUAVIZAS, me ablandas, me aletargas, tu voz me guía entre la bruma”. La mitología hindi se mezcla con Hamlet y Ofelia. “TE HAS COMIDO mi carne como un higo / mientras contemplabas mi muerte, a lo lejos”.
La última sección del libro es “Nomenclatura secreta”. Dice, “[UNA NOMENCLATURA invisible, una escritura secreta que se revela plena, solo para su poseedor”. El poema abre en la prosa en corchetes, es un aparte esta nomenclatura que busca detonarse de manera ruidosa de manera privada en quien lee, en quien ama con la pasión del alquimista. Así, en este universo privado vienen, también, los recuerdos; la charla en presente con quienes ya no están, pasado continuo, dice en Diálogos con el más allá: “Enséñame a tejer, Abuela, / que quiero crear una cobija / y ver pasar las tardes desde la ventana / para distraerme de tanta muerte”.
Fátima López, Nomenclatura secreta, Guadalajara, Mantis Editores, 2024. 91 páginas.