EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Fátima y las demás

Jesús Mendoza Zaragoza

Marzo 02, 2020

 

Fátima, Reyna, Lesvy y Aideé se han convertido en nombres emblemáticos de mujeres asesinadas en los últimos años, cuyos casos han detonado una serie de movilizaciones de mujeres y de amplios sectores de la sociedad, en defensa del derecho de las mujeres a una vida sin violencia y a la no discriminación. Asesinadas como ellas, hay miles. Y muchos miles más, víctimas de las más diversas violencias, de manera sistemática y cotidiana. Sólo por ser mujeres. He podido escuchar a cientos de ellas, que buscan consuelo, apoyo y dignidad. Y me consta el inmenso dolor que suelen guardar hasta por muchos años.
Las movilizaciones pasadas y futuras manifiestan, afortunadamente, que los tiempos están cambiando. El tiempo de callar está pasando, para dar lugar al tiempo de gritar, sacando dolor, rabia e indignación. La verdad, es necesaria esta catarsis, que hace bien a las mujeres victimizadas y a la misma sociedad. La visibilización de esta tragedia que pesa sobre las mujeres es necesaria como una condición para reconocer su gravedad y la necesidad de poner remedios proporcionales a esta patología social.
Por ahora quiero llamar la atención hacia una de las violencias básicas, generadora de otras violencias más, que agobian a la sociedad y, en particular, a las mujeres. Es esa violencia que permanece invisible en el seno de la familia. En muchas ocasiones es aterradora. Está ahí oculta, custodiada por la familia misma, por pudor, vergüenza o miedo. Es horrorosa y hace tanto daño a niños y a mujeres. Se trata de una violencia estructural, que tiene sus causas en la misma organización de la sociedad y del Estado. Y está vinculada con el modelo económico y con el sistema político. Hay que decir que esta violencia está incubada en todos los modelos de familia, desde los más tradicionales hasta los más liberales.
Por otra parte, esta violencia intrafamiliar se ha hecho invisible porque está vinculada a la cultura dominante. Es una violencia cultural porque ha llegado a mirarse como normal. Lo normal es, según esta cultura, que el varón mantenga privilegios y mantenga el dominio sobre la mujer. Hay una moral permisiva para el varón mientras que para la mujer hay todas las restricciones del mundo. Violencias y discriminaciones abundan en las familias en las que hay dos medidas diferentes: una para los varones y otra para las mujeres.
Esta violencia invisible está montada sobre una cultura y sobre una estructura social con componentes económicos y políticos. ¿Cómo desmontar esta violencia que genera tantas otras violencias al interior de la misma familia y en la sociedad? ¿Qué puede esperarse de un niño, de una niña o de una mujer que sufren violencia en su casa? Es evidente que tarde o temprano salta hacia la calle, hacia la sociedad. Esa violencia intrafamiliar es algo así como la madre de otras violencias que padecemos. Y las mujeres son sus víctimas preferidas.
Es deseable que las movilizaciones que pugnan por los derechos de las mujeres no sean cooptadas por facciones políticas ni por intereses extraños, ni de derecha ni de izquierda. Estas cooptaciones dañarían la dignidad de estas luchas por recuperar la dignidad de las mujeres, que merecen todo el apoyo de la sociedad y del Estado para hacer efectivo su derecho a vivir sin violencias y sin discriminaciones absurdas. El interés por la dignificación de la mujer es superior a cualquier interés político de cualquier signo que sea.
Tanto las movilizaciones conovocadas para el 8 de marzo como el Paro Nacional #UnDiaSinMujeres programado para el día 9 son solo detonantes de medidas de fondo que han de implementarse para ir erradicando la violencia y la discriminación histórica que pesan sobre las mujeres. Sería trágico que la efervescencia actual en este asunto terminara solo en pronunciamientos de apoyo al Paro Nacional como ya lo han hecho gobiernos, universidades, partidos políticos, iglesias y organizaciones patronales. Parecería que en este momento es lo políticamente correcto. Ahora sí, todos feministas. Salta a la vista la simulación.
Y, también, es deseable el decidido respaldo a la familia como institución social, mediante políticas públicas que disminuyan sustancialmente sus condiciones violentas. Si en algún lugar tiene que ser cuidada la dignidad de la mujer es en la familia. Ahí se realizan los aprendizajes básicos para una vida sin violencia y respetuosa de los derechos humanos.