EL-SUR

Sábado 06 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Fiesta latina

Esthela Damián Peralta

Febrero 10, 2026

El espectáculo de medio tiempo del Super Bowl que vimos este fin de semana no fue solo un show: fue un acto político y cultural de enorme calado. Para algunos, una fiesta latina, para otros, desde la incomodidad y el prejuicio, una provocación.
Es innegable que Bad Bunny es uno de los artistas más representativos de esta generación, por lo que escucharlo mencionar a todos los países del continente, tiene gran impacto en el contexto socio político que vivimos en la región. Puso sobre la mesa algo que a muchos les incomoda aceptar: Estados Unidos es un país plural, mestizo, migrante y profundamente latino. Para millones de jóvenes y, especialmente, para millones de migrantes, su presencia en ese escenario fue una forma de reconocimiento, de existir frente a un mundo que insiste en borrarles.
No es casualidad que una parte del vecino país del norte reprobara el espectáculo. No entienden el furor que causó en los asistentes, porque puede decirnos tanto la letra, el ritmo, la historia que hay detrás de lo que se cantó y bailó. Lo que molesta no es la música; es vernos más unidos que nunca. Es escuchar en español lo que durante años han querido silenciar. Es ver cuerpos, acentos y banderas que rompen con la idea homogénea de la pureza de una sola raza en el territorio de nuestros vecinos. El rechazo nace de aceptar que la identidad nacional no es pura ni estática, sino producto de la migración.
Este contexto cultural se cruza con una realidad económica dura. Las remesas han comenzado a disminuir como consecuencia directa de las acciones migratorias en Estados Unidos. Muchas personas migrantes hoy no trabajan con normalidad; otras están ahorrando cada dólar posible; la mayoría intenta pasar desapercibida para no ser detenida. Mandar menos dinero no es falta de voluntad, sino en muchos casos, una estrategia de supervivencia.
Y así, en medio de ese contexto aparece también en el escenario Lady Gaga cantando salsa, sosteniendo un balón que dice “Together”. Juntos. El mensaje es claro: aún hay personas dentro de Estados Unidos que entienden que la diversidad no debilita, sino que fortalece. Que la unidad no significa uniformidad. Que la cultura latina no es una amenaza, sino una aportación viva. Ese gesto, aparentemente simple, fue una manera de tomar postura: estar del lado de quienes hemos sido históricamente relegados.
También, la icónica interpre-tación de Ricky Martin de Lo que le pasó a Hawaii colocó en el centro del espectáculo una reflexión incómoda pero necesaria. La canción alude al despojo territorial, a la sustitución de comunidades locales por intereses externos y a la pérdida progresiva de control sobre el propio destino. En clave latinoamericana, esa lectura dialoga con experiencias que México y muchos países conocemos bien. La autodeterminación no se negocia y la historia demuestra que cuando se normaliza la intromisión externa, el costo siempre lo pagan las personas más vulnerables.
Por lo que hace a los espec-tadores, las imágenes que vimos dentro y fuera del estadio fueron tan significativas como el show mismo. Latinos profundamente conmovidos frente al espectáculo, no por nostalgia, sino porque a través de la música, el baile y la comunidad, vieron reflejada su dignidad. Porque muchas y muchos de ellos han sentido en carne propia la discriminación, la humillación y el trato inhumano resultado de una sociedad profundamente polariza-da. Porque por unos minutos dejaron de ser invisibles para permitir que la música se convirtiera en refugio y en abrazo colectivo.
Por eso hoy es más importante que nunca la solidaridad con nuestros paisanos y nuestros hermanos y hermanas migrantes. El acompañamiento, aunque sea a distancia, implica apoyar como sea posible: con mensajes, redes sociales, llamadas, recursos, presencia simbólica: que sepan que nadie está solo o sola. Desde aquí, la Presidenta Claudia Sheinbaum ha sostenido una postura firme, serena y profundamente humana: México acompaña a sus migrantes y no los deja solos.
Y en este mismo sentido, cobra una relevancia especial el 5 de febrero, aniversario de nuestra Constitución. Durante la conmemoración de este evento, la Presidenta envió un mensaje poderoso: México tiene una historia de lucha, de derechos conquistados y de soberanía defendida. En tiempos donde la migración se criminaliza y la dignidad humana se pone en duda, reafirmar el valor constitucional de los derechos es un acto de valentía política. La Presidenta ha sabido leer el momento histórico y responder con firmeza, sensibilidad y claridad.
No podemos olvidar que febrero también nos recuerda episodios oscuros de nuestra historia, como la marcha del triunfo que dio pauta a la Decena Trágica. Recordar esos eventos no es anclarse al pasado, es aprender de él. Es entender que la fragilidad democrática comienza cuando se normaliza la violencia, la exclusión y el desprecio por el otro. Hoy, la música, la memoria histórica y la política pública se entrelazan para recordarnos una verdad básica: la dignidad no se negocia.
La fiesta latina del Super Bowl mostró que la cultura también abre conversaciones necesarias sobre derechos y relaciones entre países. En un mundo marcado por la movilidad humana, la desigualdad y las tensiones internacionales, la Presidenta Claudia Sheinbaum hoy representa un liderazgo que entiende que la política exterior y la política de derechos van de la mano, y que la defensa de la dignidad no se limita al territorio, sino que se proyecta en la forma en que un país se relaciona con el resto del mundo.
Nos leemos el próximo martes.

@EsthelaDamian