Gaspard Estrada
Diciembre 10, 2025
La precandidatura presidencial de Flávio Bolsonaro para 2026, anunciada el viernes pasado vía X, marca un giro inesperado en la política brasileña y abre una disputa profunda dentro del campo de la derecha y la extrema derecha. Aunque el apellido Bolsonaro conserva enorme fuerza simbólica entre sectores que rechazan el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, la figura de Flávio no tiene el mismo magnetismo político que su padre, lo que plantea interrogantes sobre su capacidad para unir un electorado fragmentado y encarar una elección polarizada contra el Presidente Lula, quien busca la reelección.
La decisión de Flávio ocurre en un momento en que el bolsonarismo atraviesa una fase de transición, todavía incierta. La inhabilitación política de Jair Bolsonaro —sumada a las investigaciones judiciales que lo rodean— dejó un vacío de liderazgo en un movimiento que se construyó alrededor de su figura personalista. El encarcelamiento de este último, hace algunas semanas, aceleró su desgaste ante la clase política y la élite empresarial. Ante este escenario, Flávio intenta posicionarse como heredero natural, con la clara voluntad de evitar que el poder asociado al nombre de su padre se diluya en favor de otros actores políticos. Sin embargo, esta iniciativa se enfrenta a dos desafíos simultáneos: consolidar a la base radical que exige continuidad ideológica y atraer a los sectores moderados que buscan una alternativa conservadora sin la toxicidad política asociada al expresidente.
El primer impacto de su precandidatura es la fragmentación interna de la oposición. El gobernador de São Paulo, Tarcísio de Freitas, considerado por muchos como el sucesor más viable del bolsonarismo, observa con cautela el avance de Flávio. Tarcísio intenta encarnar un perfil más institucional, lo que lo vuelve atractivo para el empresariado y para el centro-derecha tradicional. La competencia entre ambos puede dividir financieramente, territorialmente y emocionalmente al electorado de oposición a Lula.
En paralelo, la extrema derecha más ideológica no está unificada detrás de Flávio. Si bien respetan el apellido Bolsonaro, dudan de su estilo más moderado y temen que diluya las banderas del movimiento. Esta fisura puede abrir espacio para candidaturas ultras alternativas, que restarían votos decisivos en primera vuelta.
La fragmentación también afecta al Partido Liberal (PL), aún incapaz de definir si apoyará a Flávio, a Tarcísio o si buscará una tercera vía que preserve su influencia en el Congreso. La disputa por el control de la maquinaria partidaria se intensifica y amenaza con un desgaste que puede debilitar al bloque opositor de cara al proceso electoral.
Para el presidente Lula, la precandidatura de Flávio tiene consecuencias ambivalentes. Por un lado, la división de la derecha puede favorecerlo, especialmente si llega a la segunda vuelta enfrentando a un adversario debilitado por conflictos internos. La izquierda interpreta este escenario como una reedición del fenómeno de 2018, pero invertido: un campo conservador desordenado y un liderazgo progresista consolidado. Lula, además, cuenta con un nivel de aprobación relativamente estable y buenos resultados a nivel económico y social.
Sin embargo, la candidatura de Flávio también presenta riesgos para el oficialismo. Consciente de que no posee el carisma de su padre, el senador puede optar por una estrategia más agresiva para compensar esa falta de magnetismo. Esto puede revivir el discurso de polarización extrema, reforzando la narrativa antipetista que sigue teniendo arraigo en amplios sectores urbanos, religiosos y empresariales. Un bolsonarismo reorganizado en torno a la victimización jurídica de Jair Bolsonaro podría volver a movilizar a votantes que en 2022 se abstuvieron o optaron por alternativas menores.
La precandidatura de Flávio, por tanto, no solo reconfigura a la derecha: fuerza a Lula a reconsiderar su estrategia. La gobernabilidad dependerá de su capacidad para entregar resultados tangibles no solamente a nivel del empleo y de la agenda social –sus puntos fuertes–, pero también a nivel de una percepción de una mejora en materia de seguridad pública – que es, sin embargo, una prerrogativa de los gobernadores, no del gobierno federal.
Lo que está claro es que la política brasileña entra en una nueva fase de incertidumbre, donde el bolsonarismo ya no cuenta con su líder original y el lulismo tiene el desafío de presentar una alternativa de futuro para un eventual cuarto gobierno Lula. En ese escenario, Flávio Bolsonaro deberá demostrar si es simplemente el heredero del apellido o si tiene la habilidad política necesaria para ocupar un espacio que nadie más ha logrado llenar desde 2018.
* Miembro de la Unidad del Sur Global de la London School of Economics (LSE)
X: @Gaspard_Estrada