Florencio Salazar
Febrero 09, 2026
Los políticos están muertos, cuando están muertos. Cicerón.
El senador Alejandro Cervantes Delgado, para alcanzar la gubernatura de Guerrero, vivió “el poder de la suerte y el destino”.
Días después de que el presidente de la República le anunciara la candidatura del PRI a gobernador de Guerrero, el corazón traicionó a su cabeza. El evento se mantuvo con discreción, pero en el IMSS quedó el registro del suceso.
Cervantes Delgado seguirá un proceso orbital en su aspiración política. En torno al poder de las decisiones se irán desplazando uno tras otro los posibles candidatos hasta que, atraído por el efecto de la gravedad, vuelve a ocupar el lugar inicial.
Descartado Cervantes Delgado, el secretario de Gobernación, Enrique Olivares Santana, comunicó a Miguel Osorio Marbán, director de Almacenes Nacionales de Depósito, que había sido el escogido para gobernar el sur.
Al ser informado el gobernador Rubén Figueroa Figueroa, arde Troya. Don Rubén se traslada al Palacio de Cobián. Lleva consigo dos libros del Registro Civil. Los coloca con energía en el escritorio del secretario Olivares Santana.
“A ver Enrique, dime en dónde está el acta de nacimiento de Osorio Marbán. Un libro es del ayuntamiento de Huitzuco y el otro del Registro Civil del Estado. Él no es guerrerense y nuestra Constitución establece como requisito ser guerrerense por nacimiento. Él nació en Tlaxcala”.
Luego advierte: “Ustedes podrán tomar la decisión que quieran, pero cuando Osorio Marbán rinda protesta como candidato, yo presentaré mi renuncia al cargo de gobernador porque estoy comprometido a respetar la ley”.
Osorio Marbán se vuelve estrella fugaz.
El ingeniero Figueroa piensa en el sucesor posible. Invita a desayunar al rector de la UNAM, Dr. Guillermo Soberón Acevedo, y le propone la candidatura. El Dr. Soberón rechaza el ofrecimiento; dice al gobernador que sería muy grave para la Universidad la participación del rector en política partidista.
“Aquí está mi hermano Jorge –señala el rector–, es senador de la República y fue diputado federal. Y él si quiere”.
“Al que queremos es a usted, no a su hermano”, le respondió Figueroa señalando a Jorge de manera despectiva.
Jorge y yo –nuestras abuelas fueron hermanas– desayunábamos los domingos en el Sanborns de San Jerónimo en la actual Ciudad de México. Me comenta el hecho y veo su fácil sonrisa transformarse en mueca, en un gesto agrio.
Empieza a sonar el nombre del general Eduardo Aponte Cardoso, comandante militar en Morelos. Un avance noticioso de 24 Horas informa de la inminente candidatura del militar.
La memoria colectiva está agitada por el secuestro del ingeniero Figueroa, las guerrillas de Genaro y Lucio y la llamada guerra sucia. Los muros del estado se llenan de “pintas”: No a la militarización de Guerrero, No más represión…
Las águilas no lograron elevar al general y cae como Ícaro.
El 20 de agosto de 1980, la licenciada Inés Solís –originaria de Tecpan–, colaboradora cercana del presidente José López Portillo, llama por teléfono al senador Soberón Acevedo: “Jorge, hay buenas noticias para ti. Mañana, a las doce, te recibe el presidente”.
Esa misma noche, el senador Soberón invita a cenar al también cardiólogo doctor Limón y esposa, en su domicilio en San Ángel. Está eufórico. En los postres comenta que siente un ligero entumecimiento en el brazo izquierdo. Sigue la conversación y el doctor Limón le pregunta cómo se siente.
–Más entumido, pero nada serio.
–Sabes lo que puede implicar. Es mejor hospitalizarte.
–No es necesario, voy a estar bien.
A la mañana siguiente, 21 de agosto –8 de la mañana–, recibo la llamada del licenciado Eduardo Neri Acevedo:
–Hace una hora falleció Jorge, le dio un infarto cerebral.
–¡¿Cómo?! Anoche hablé con él.
–Nos vemos a las diez y vamos juntos a Gayosso.
La deslealtad del cerebro precipita a Jorge Soberón en el más profundo de los sueños.
La fortuna toca otra vez a don Alejandro. Lo vuelve a ungir la poderosa mano.
Gobernador –y buen gober-nador– del 1º de abril de 1981 al 31 de mayo de 1987.