EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Francisco en México

Jesús Mendoza Zaragoza

Febrero 08, 2016

El 11 de marzo de 2013, dos días antes de la elección del papa Francisco como obispo de Roma, escribía yo en este mismo espacio acerca del cónclave que comenzaría un día después, y hacía algunas consideraciones relacionadas con el inminente voto decisivo de los cardenales. Señalé entonces que “lo que debiera contar es la firme determinación de volver a la simplicidad del Evangelio y de renunciar a todo vestigio de poder mundano y de juegos políticos. Que quede un Papa norteamericano, brasileño, sudafricano o italiano es lo de menos. Lo que importa es que se renuncie a cualquier abuso de poder y se oriente a la Iglesia con la sabiduría del Evangelio, que se renuncie a toda la obsoleta parafernalia de las formalidades eclesiásticas y se abrace la sencillez de Jesús, como lo hizo Francisco de Asís en su tiempo”.
Nunca me imaginé que el arzobispo argentino Bergoglio elegiría el nombre de Francisco, ni que definiera su pontificado poniendo a los pobres en el centro de su atención. Señalaba yo en ese momento que “una Iglesia pobre es la que está en las mejores condiciones para anunciar buenas noticias a los pobres y para promover las transformaciones históricas que necesita la humanidad. Una Iglesia pobre sostiene su eficacia histórica en la fuerza del Espíritu y no en el recurso del dinero o en la influencia política”. Y Francisco se ha propuesto moldear una iglesia pobre para los pobres.
A lo largo de estos casi tres años de pontificado, Francisco ha marcado una ruta de reformas que le está costando mucho, pues las inercias y los vicios eclesiásticos han mostrado mucho resistencia. Temas como las finanzas del Vaticano, la pederastia clerical, el lugar de la mujer en la Iglesia, el trato de la situación de los homosexuales, entre otros, han provocado reacciones diversas. En fin, no le está siendo fácil liberar a las estructuras jerárquicas de la Iglesia católica de tradiciones y costumbres mundanas, muy mundanas y de vicios deprimentes.
El estilo que está imponiendo en la Iglesia está definido, a mi juicio, por tres ejes que han sido delineados en tres documentos programáticos. En su conjunto apuntan a una transformación de la Iglesia mediante reformas de fondo, para que esté en condiciones para cumplir su misión en el mundo. Estos tres ejes que Francisco expone en estos documentos le sirven para plantear su discurso, para construir señales simbólicas y para tomar decisiones relacionadas con una Iglesia más cercana al sufrimiento y a las demandas de los pueblos aportando la energía del Evangelio y su fuerza institucional.
El primer eje lo delinea en la exhortación apostólica Evangelii gaudium (La alegría del Evangelio, 2013), en la que plantea un nuevo estilo para la intervención de la Iglesia católica en sus contextos. Pide abandonar la comodidad, el aislamiento, la zona de confort para salir a las calles, a las periferias, al mundo del sufrimiento a encontrarse con personas y pueblos con aspiraciones a la justicia, a la paz y al consuelo y poner el Evangelio en las heridas y en las expectativas de la gente. Su propuesta es la de una Iglesia pobre para los pobres, que confíe en el poder del Evangelio y camine con los pobres y descartados para que consigan su dignidad. Resalta la dimensión social del Evangelio y señala que éste debe tener un impacto en las conciencias y desde ellas, en la transformación social.
En gestos simbólicos y en decisiones pastorales ha mostrado este interés en que los obispos y sacerdotes se pongan a caminar con y para el pueblo sin buscar ni privilegios ni honores, con un estilo de vida austero y cercano a la gente. De manera directa ha señalado las situaciones y conductas eclesiásticas que tienen que ser trasformadas para rescatar la esencia misma de la Iglesia y largar todo lo que estorba a la evangelización. Es claro que Francisco se ha impuesto una empresa colosal que afronta resistencias y detractores. Es seguro que en México hablará fuerte a la jerarquía de la Iglesia que, en su mayoría, ha sido demasiado comodina y lejana a los pobres y ha mantenido su cercanía con los círculos de poder.
El segundo eje que Francisco ha colocado para su misión pastoral está indicado en su reciente encíclica Ludato sí (Alabado seas, 2015), sobre el cuidado de la casa común. En este documento articula de manera muy íntima la crisis ambiental y el proceso de empobrecimiento y creciente desigualdad en el mundo. Señala que el grito de la Tierra y el grito de los pobres tienen las mismas causas y se precisa un cambio de paradigma pues la degradación social y la degradación política han llegado a límites intolerables. La economía mercantilista que todo lo convierte en mercancía, las personas y los recursos naturales y que promueve el consumismo depredador están en las bases mismas de esta gran crisis. Con la asesoría científica requerida y con un interés humanitario fundamental, Francisco lanza un ultimátum: la Tierra no aguanta más, los pobres no aguantan más y propone una ecología integral en la que se vincule estrechamente las crisis ambiental y social.
En México, con las llamadas reformas estructurales se ha afianzado el poder del libre mercado en su rostro más salvaje, el neoliberal para seguir ahondando estas dos crisis. La violencia y sus miles de víctimas, la inseguridad, la migración, la creciente pobreza extrema y el deterioro ambiental son situaciones que han derivado de decisiones políticas que favorecen a las élites económicas, a los cárteles de la droga y perjudican a los pueblos. Con toda seguridad, Francisco hará una lectura de nuestra situación social desde la perspectiva del grito de la Tierra y del grito de los pobres. Es una pena que aún no se haya abierto un espacio para que las víctimas de las violencias sean escuchadas por él, pero con toda seguridad tiene mucho que decir al respecto.
Y el tercer eje lo ha propuesto recientemente al promover el Año de la Misericordia para este 2016 y explicado en la Bula Misericordiae vultus (El rostro de la misericordia), como la actitud amorosa que se despliega ante la miseria moral y la miseria material y que supone y sobrepasa la justicia. Esta misericordia, como actitud espiritual es una llamada universal que impide discriminar, excluir, marginar, humillar a los otros, sean quienes sean, sobre todo a quienes viven en condiciones de sufrimiento y de abandono. Es una actitud que redime, que perdona, que acoge y abre caminos de reconciliación y de paz. Cuánta necesidad hay de misericordia que se exprese como sensibilidad, como compasión, como empeño por acercarnos unos a otros y por escucharnos y dialogar. Nuestros niveles de desconfianza, de indiferencia, de enojo, de frustración nos enferman y nos agobian. La misericordia humaniza las relaciones humanas y sociales y nos hace capaces de relaciones empáticas que pueden contribuir a sanear a la sociedad y, por otra parte, transforma el dolor, vence la indiferencia, genera confianza, orienta el enojo y empuja hacia la reconciliación, la justicia y la paz.
Estos tres ejes conforman el planteamiento pastoral de Francisco, que sabe adaptar a cada contexto, por lo cual es de esperarse que ofrezca este planteamiento en sus gestos y en sus discursos en su conjunto. A él le toca plantear su visión; esa es su tarea. Lo demás nos toca a nosotros, a quienes aceptemos escucharlo y atender sus propuestas. Él no viene a resolver nada, sino a acompañarnos para que nos animemos a hacerlo nosotros.