EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Franciso Figueroa Mata, a propósito de la demanda para que Huitzuco no sea más “de Los Figueroa”

Anituy Rebolledo Ayerdi

Agosto 12, 2021

Se calla una voz que comunicó las buenas y las malas de Acapulco durante más de dos décadas. La voz autorizada y honesta de Carlos Inoriza Pomar, a quien sus amigos le lloramos hoy y lo recordaremos siempre. QEPD

¡Me quieren matar!

¡Y ahora resulta que los salvajes guerrerenses no sólo pretende echarme de la Presidencia sino que me quieren matar!, estalla echando madres el presidente Porfirio Díaz. Llama urgentemente a Carmelita, su esposa, en demanda de su medicina para la presión mientras hace trizas el documento que acaba de leer.
El texto que ha provocado la iracundia del dictador se titula Manifiesto al pueblo suriano, signado por Ambrosio y Rómulo Figueroa, Martín Vicario y Fidel Fuentes, fechado en Huitzuco, Guerrero, el 12 de enero de 1911. Un documento escrito por el joven síndico del Ayuntamiento de nombre Francisco Figueroa Mata, hermano de los dos primeros.
Díaz ha soportado leer reproches sobre la forma despótica y criminal con la que sus gobernadores Arce y Mercenario habrían tratado a los guerrerenses y por su pérfido comportamiento durante los levantamientos de Neri y Castillo Calderón. También por su desprecio para un pueblo que lo había admirado y querido y que hoy le manifestaba desprecio y rencor.
El documento de Huitzuco apelaba a la reflexión del mandatario: “Aún es tiempo, señor Presidente, de que puede usted enmendar los tremendos cargos que os hará la historia cuando os pida cuenta de los derechos ultrajados de los mexicanos y de tanta sangre derramada en su suelo”. Vendrán enseguida líneas que irritan al dictador hasta provocarle un severo acceso de tos:
“… pensad que estáis ya pisando al borde de la tumba donde se desvanecen como el humo las falsas grandezas de la vida y se aquilatan los verdaderos méritos”.
A Porfirio Díaz no le hará falta leer el exhorto del manifiesto de los sureños. Aunque conoce de sobra la opinión de los guerrerenses sobre su persona y gobierno, se obstina en pensar que sólo se trata de un grupo de revoltosos capitaneados por los Figueroa.
“En nombre de la paz, del honor y de la justicia nacionales, os pedimos que renuncie a la Presidencia de la República para poner fin a la sangrienta situación actual que vos obstinadamente habéis creado”.
–“De por sí esos cabrones Figueroa me tienen tirria, no sé por qué pues siempre les he tratado bien” –se queja el hombre con Carmelita como si fuera un chiquillo.

El maestro de Quetzalapa

Originario de Quetzalapa, municipio de Huitzuco, Francisco Figueroa Mata se titula como maestro normalista en el Instituto Literario de Chilpancingo, ligándose más tarde a la conjura encabezada por sus hermanos en contra de la dictadura. El, dada su ilustración, será considerado como el director intelectual del movimiento.
Durante una reunión de los conjurados en Quetzalapa se reitera la subordinación del movimiento al liderazgo de don Francisco I. Madero. Sin embargo se establece que, por la difícil comunicación con él, los guerrerenses buscarían entrevistarse directamente con Porfirio Díaz. Le expondrían los graves problemas sociales de la entidad que justificaban por sí solos el levantamiento.
Estas fueron algunas de las demandas de los guerrerenses:
1.- Que todos los empleados de la administración fueran hijos del estado.
2.- Que el gobierno central no interfiriera en las elecciones locales.
3.-Que los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial fueran verdaderamente independientes.
4.- Que ningún mandatario se reeligiera.
5.- Que los municipios fueran independientes, dispusieran con libertad de sus propios recursos y tuvieran iniciativa política.
6.- La supresión, por tiránicas, de las jefaturas políticas.

Frente a frente

Comisionados por el movimiento para entrevistarse con el presidente Díaz y plantearle de viva voz los acuerdos de los beligerantes del sur, el profesor Francisco Figueroa Mata y don José Soto se trasladan a la Ciudad de México. Se hospedan en el Hotel Centenario para esperar ahí el aviso de que el mandatario les concedería la audiencia solicitada.
La excitante espera se tornará angustiosa cuando hasta el cuarto de los enviados llegue un sujeto desconocido para ambos. Se dice enviado del licenciado Matías Chávez, paisano recluido en la penitenciaría en calidad de preso político. Les alerta del grave peligro que corren pues el dictador no perdona a quienes lo desafían, utilizando para ello el conocido recurso de la “desaparición forzada”. Demasiado tarde. Un militar llega por ellos para llevarlos ante el señor presidente.
Falso. Los recibe el hombre fuerte del gabinete, José Ives Limantour, quien disculpa a su jefe a quien ubica atendiendo a un embajador europeo. En realidad Díaz ha ordenado a Limantour que reciba a aquellos ingratos pues teme no poder controlarse frente a ellos y agarrarlos a fuetazos.
La oratoria pulcra y explícita del maestro Figueroa impresiona al franchute genio de las finanzas y entonces no dudará en llevarlos ante el presidente pidiéndole escucharlos. Es muy importante el mensaje que portan, le dice.
Durante la entrevista campearon circunspección y templanza por ambos bandos, revelará don Francisco de P. Castrejón Cerezo, amigo de Figueroa, invitado de última hora al encuentro. Todo parecía miel sobre hojuelas hasta que Díaz condiciona:
–El estado de Guerrero resolverá sus problemas sin menoscabo de su soberanía ni de sus relaciones con el gobierno central. Ello siempre y cuando sea aceptado como su gobernador el licenciado Faustino Estrada, persona por demás talentosa y de honestos antecedentes.
–Todo ha sido un engaño –piensa el maestro Figueroa–, ¡este pinche viejo nos está tomando el pelo!
Sin manifestar en su rostro ninguna emoción, Figueroa ofrece a Díaz y a Limantour tener una respuesta tan luego que se haga una consulta con don Francisco I. Madero. El es nuestro único y querido jefe, subraya.

Renuncia o no habrá paz

El encuentro de los enviados de la revolución del Sur con el dictador ha dejado al descubierto que Díaz no está dispuesto a renunciar y que solo está dando largas al movimiento. Por ello, durante nuevas reuniones en Buenavista y Tepecuacuilco, la Junta Revolucionaria Directora del Ejército Maderista en Guerrero, endurece sus acciones.
Resuelve, entre otras cosas, “que el primer requisito que se imponga a la federación para firmar la paz sea la renuncia inmediata del general Díaz, porque de otro modo jamás podrá este señor dar una garantía eficaz de sus ofertas”. Se acuerda, también, una nueva entrevista con el presidente comisionándose para ello nuevamente al profesor Figueroa.

En el hogar de Díaz

Otra vez, por mediación del ministro Ives Limantour, Porfirio Díaz recibe al profesor Francisco Figueroa, esta vez en su domicilio familiar en la calle de La Cadena número 8 (hoy Venustiano Carranza). Va solo.
Cuando Figueroa penetra a la sala de la residencia presidencial se encontrará con una escena familiar: el general, su esposa Carmen Romero Rubio y Porfirito, el hijo de él. Ninguno de ellos se inmuta ante la presencia del extraño. Ella lucha con su esposo para hacerlo tomar su medicina que el rechaza haciendo pucheros como si fuera un bebé. La dama ruega:
–¡Porfirio no seas remolón y toma tu sedante para los nervios; mira que últimamente has estado muy alterado. ¿Verdad, señor, que debe tomarla ?, pregunta Carmelita al recién llegado sin saber quién es y qué hace en su casa.
El maestro Figueroa, por mera corrección y deferencia interviene balbuceando un tímido “sí, debe tomarla, es por su bien”, dando pie a que el enfermo gruña airado:
–¡Ya me siento bien, mujer, no necesito tomar ninguna medicina!. ¡Déjenme solo con el señor!

La conversación

Figueroa: Señor, los revolucionarios de Guerrero le expresan por mi conducto su firme decisión de no deponer las armas mientras usted permanezca en la presidencia de la República.
Díaz: Le advierto, profesor, que yo estoy ocupando este puesto por voluntad de la nación y sólo la nación puede exigirme la renuncia. ¡Y óigame bien: ni usted ni sus hermanos no son la nación!
Figueroa: Está usted equivocado, señor general, su renuncia no sólo la piden los Figueroa de Guerrero. Es un clamor nacional de obreros, estudiantes, campesinos y todas las fuerzas armadas de la revolución, que representan al pueblo. ¡Todos exigen que usted abandone el poder!
Díaz: No es capricho o vanidad personal el que yo permanezca en la presidencia. Me retiraré cuando mi conciencia me diga que al dejarla no entrego al país a la anarquía y al hacerlo será en forma decorosa. Al hacerlo ahora dejaría la nación abandonada a todos los azares y peligros de unas elecciones, según prescribe la ley, que se harían en plena efervescencia de pasiones.
Figueroa: Permítame decirle, señor…
Díaz: ¡No, déjeme usted terminar ! Grandes esfuerzos he hecho para tener en las arcas nacionales 60 millones de pesos, mismos que desaparecerán al hacerse cargo los revolucionarios del poder público. El poder, ahora más que nunca, no tiene más que sinsabores e inmensas responsabilidades. Confieso que he cometido errores, pero también he sabido defender a la Patria y servirla con lealtad.
Figueroa: Señor general, debo recordarle que su renuncia, como único requisito para firmar la paz, no está a discusión…
Díaz: Las pretensiones de sus hermanos son inaceptables y es necesario que usted los convenza de su error. He convenido con la revolución en permanecer por algún tiempo en el poder, bajo ciertas condiciones. Daré cabida en el gobierno a varios ministros revolucionarios y cambiaré a un buen número de gobernadores de los estados, siempre de acuerdo con el señor Madero. Algunos jefes revolucionarios, honrados, competentes y con buenas intenciones tendrán cabida en mi gobierno. He pensado por ello en su hermano Ambrosio para la Secretaría de Guerra y Marina. ¿Cree usted que podrá aceptar?
El profesor de Quetzalapa no da crédito a lo que escucha. ¿Con quiénes habrá —convenido el sátrapa?, ¿o es que sólo está blofeando?, piensa para sus adentros.
Figueroa: Señor general, yo no soy más que un humilde comisionado y mi labor terminará cuando informe sobre el resultado de esta entrevista.
Para suavizar la tensión que han provocado sus afirmaciones en su interlocutor, Díaz evoca: Quizás usted no lo sepa o no lo recuerde pero yo estuve muchas veces en Huitzuco, hermosa región. Fue cuando inspeccionaba la mina de mi señora esposa Carmelita, localizada en ese municipio. Desde Jojutla, última estación del tren, tenía que cubrir una dura jornada a caballo llegando molido a Quetzalapa. Allí, don Braulio Figueroa, tío suyo, por cierto, me atendía a cuerpo de rey. ¡Ah, que tiempos aquellos, mi amigo!

Figueroa, gobernador

Don Francisco será el primer gobernador de la revolución triunfante en Guerrero (del 17 de mayo al 30 de noviembre de 1911); provisional más tarde, nombrado por el Senado de la República para sustituir al defenestrado Silvestre G. Mariscal (del 16 de diciembre de 1918 al 6 de mayo de 1919). Cubrirá un nuevo interinato a partir de esta última fecha y hasta 1921 en que entrega el poder a don Eduardo Neri.
El gobernador Figueroa Mata desaparecerá las odiosas prefecturas políticas, ordenará la administración pública, eliminará las alcabalas y hará el primer reparto de tierras en Tepecoacuilco. Será más tarde diputado por Iguala al Constituyente de Querétaro, secretario general del gobierno de Zacatecas y subsecretario de Educación Pública en el gobierno del general Obregón. Muere en un accidente en la Ciudad de México en 1936.
Arturo Figueroa Uriza, Ciudadanos en armas.