EL-SUR

Martes 07 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Fundamentalismo criminal

Humberto Musacchio

Noviembre 05, 2020

Antonio Helguera, caricaturista de excepción, es un artista egresado de La Esmeralda y uno de los grandes dibujantes mexicanos de todos los tiempos. Es hombre de ideas y de realizaciones, gente de trabajo y de principios. En sus cartones, ejemplo de valentía cívica, está una crítica profunda de las realidades políticas y de sus actores, una visión que lo ha hecho merecedor del Premio Nacional de Periodismo y del Premio La Catrina de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (2017).
Hace unos días se montó en el Instituto de Cultura de Aguascalientes una exposición de obras de arte. Ahí figura –¿o figuraba?– una obra de Helguera en la cual, del cuello para abajo, aparece una figura con la vestimenta y atributos de la virgen de Guadalupe con la cabeza de la calavera catrina de José Guadalupe Posada.
La estampa reúne dos objetos de veneración para muchos mexicanos: la Virgen de Guadalupe y la catrina, la vida eterna y la inevitable muerte, la devoción y el gozo, la búsqueda del perdón y la representación del pecado, la solemnidad y el ánimo festivo de nuestro pueblo. Por eso, más allá de la intención del artista, el hecho es que plasmó esa contradictoria y vigente dualidad en una obra de arte, y por eso mismo es respetable estética y socialmente.
No piensa así el señor Francisco Javier López Rivera, coordinador general del consejo de laicos de la diócesis de Aguascalientes, pues en un texto aparecido en El Sol del Centro, copia de una carta enviada a la directora del Instituto de Cultura de Aguascalientes, el firmante exige eliminar la imagen de Helguera de la “Expoventa” de obra gráfica que realiza esa institución.
Para el señor López Rivera, la obra de Helguera pretende “ridiculizar aquello que es objeto de devoción” y, por lo tanto, demanda en forma terminante que se retire la estampa de “cualquier elemento publicitario que haya publicado con la misma de manera impresa o en cualquier medio de comunicación”.
Dicho de otra manera, inadmisible e ilegalmente don Francisco Javier se arroga facultades de censor, pero no se detiene ahí y pasa al terreno de las amenazas, pues “no estaría mal que recordáramos que, hace no mucho tiempo, por mucho menos que eso, algunos creyentes agredieron, con resultados fatales al autor de un insulto en materia religiosa, en Francia”. Y remata: “bastantes problemas tenemos en nuestra entidad (Aguascalientes) como para generar un conflicto religioso”. ¿Tanto así por una obra artística?
Luego dice que “en un Estado laico la única manera de mantener la paz es reconocer el derecho que tiene cada persona a practicar su fe”, lo que por supuesto reconocen las leyes, pero no siempre acatan los practicantes de una u otra religión, pues recordemos que en el sur del país se han producido choques y hasta asesinatos motivados por la competencia entre religiones y en Guadalajara no son pocas las agresiones de católicos contra los creyentes de la Luz del Mundo.
Por supuesto, todo habitante de la República Mexicana tiene derecho a practicar la religión que le acomode, siempre y cuando no perjudique a la comunidad o a sus integrantes. Cada persona puede creer en el dios que le guste, pero también se puede no tener religión alguna ni creer en seres sobrenaturales. En suma, nadie puede ser molestado por sus creencias o su falta de ellas.
El problema empieza cuando las preferencias religiosas de un grupo, así sea mayoritario, se pretende imponerlas al conjunto de los ciudadanos. Lo que es sagrado para unos no lo es para otros, pero la defensa fanática de lo indemostrable se ha llevado repetidamente hasta la muerte de quien piensa distinto.
Las palabras de López Rivera resultan especialmente peligrosas, pues justifica a priori el delito. Y no es cosa de juego, cuando en París se asesina a un profesor por mostrar –solamente mostrar—imágenes publicadas por la revista Charlie Hebdo; cuando un musulmán ejecuta a tres personas en un templo cristiano de Niza; cuando criminales de ISIS irrumpen la Universidad de Kabul (lo que sucedió apenas antier) y matan a 22 seres humanos; o, en fin, cuando en Viena un pistolero del llamado Estado Islámico mata a cinco personas y hiere a una veintena.
¿Eso quiere don Francisco Javier López Rivera? ¡Por favor!