EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Ganó Trump, ¿y ahora?

Humberto Musacchio

Noviembre 10, 2016

Mal hará el gobierno mexicano en celebrar el triunfo de Donald Trump. Más allá de que tradicionalmente nos va peor con los gobiernos demócratas (Obama ha expulsado a más mexicanos que cualquier otro gobernante de Estados Unidos), lo cierto es que el discurso del candidato republicano tuvo a México y los mexicanos como blanco de su racismo y su xenofobia.
Por supuesto, se dirá que ese extremismo es propio de una campaña electoral, pero que ya en el gobierno Trump deberá hacer frente a compromisos y condiciones que le impedirán concretar amenazas. Pues sí, pero igualmente se puede decir que nada le impedirá desatar más guerras y hasta apretar el botón nuclear porque esa locura criminal está en sus genes. Dicho de otra manera, está por verse hasta dónde llegará el ahora candidato ganador una vez que se haga cargo de los controles.
Para México, el triunfo republicano no parece ofrecer nada bueno. La descocada idea de levantar un muro entre ambos países sirvió para ganar votos entre los sectores más derechistas, pero nada garantiza que una vez llegado al gobierno, el tipo ese no quiera cumplir su promesa, sobre todo con la mira puesta en la reelección en 2020.
La idea del muro no es original del candidato republicano. El actual presidente, demócrata para más señas, ha gastado una fortuna para levantar una alta barda con la pretensión de impedir el paso de mexicanos. Si Trump continúa la construcción de esa valla no será algo novedoso. Lo que sí representa una nueva agresión es su promesa electoral de que el malhadado muro tendremos que pagarlo los mexicanos.
La mera pretensión de pasarnos la factura por algo que lesiona nuestra dignidad, es una ofensa que merece una respuesta cauta pero contundente. Nada de eso hemos visto. Si Washington insiste en que paguemos, es muy probable que no exista en las autoridades mexicanas la firmeza para negarse totalmente y hacerle frente a las consecuencias. En ese punto, preocupa más la eventual posición del gobierno de este lado que la locura fascista del vecino.
Otro punto que debe preocupar hondamente al gobierno mexicano es la idea de deportar a los mexicanos ilegales, que suman varios millones. En su mayoría se trata de adultos que marcharon en busca de un empleo que aquí se les negó. Si regresan esas legiones de mexicanos, el desempleo local, de por sí enorme, se convertirá en un asunto explosivo.
Alguien dirá que a Estados Unidos no le conviene deshacerse de la mano de obra barata que representan los indocumentados, lo que es cierto, pero el fascismo y las fuerzas sociales que lo respaldan no se caracterizan por su racionalidad. De modo que no será extraño que veamos deportaciones masivas, sin más fin que satisfacer la xenofobia de amplios sectores de la sociedad estadunidense.
Otro tema preocupante para las autoridades y los empresarios mexicanos es la posible ruptura del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Para los ciudadanos del país vecino, el TLC es culpable de la emigración de numerosas empresas, especialmente las automotrices, y del consecuente desempleo, lo que también es cierto. Sin embargo, las trasnacionales no verán con buenos ojos una medida tan radical, pues atentaría contra el libre mercado, que en su lenguaje implica aprovechar ventajas como el mísero costo de la mano de obra mexicana y los bajos precios de diversos insumos.
Romper con el TLC implicaría serios daños para nuestra economía, pero también para la de Estados Unidos, donde hay grandes inversiones mexicanas. Por otra parte, no puede omitirse que la existencia del TLC no ha significado para México la bonanza prometida, pues el crecimiento del producto interno bruto ha sido reiteradamente inferior al crecimiento de la población y la más estrecha dependencia del dólar no ha dado estabilidad al peso.
El abandono del TLC por lo menos obligaría a replantearse una política económica comodina, conformista. Si le va bien a un pequeño sector social, con eso basta, según la visión de nuestra clase política, que ha entregado al extranjero, sin recato alguno, los bienes nacionales.
En suma, el triunfo de Donald Trump seguramente traerá a los mexicanos muchas desgracias, pero es también la oportunidad de reasumir principios básicos que mantuvo nuestra política exterior y fórmulas económicas que funcionaron aceptablemente. Pensar que aceptándolo todo nos tratarán mejor es condenar a México a las mayores desgracias.