EL-SUR

Viernes 21 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Gasolinazo, una reacción de pánico

Jorge Zepeda Patterson

Octubre 07, 2007


La promoción del gasolinazo para mejorar sus finanzas, y su inmediato congelamiento para sostener su popularidad, tiene todos
los visos de ser una reacción de pánico de parte de la Presidencia. Y ciertamente hay razones para preocuparse. Si Bill Clinton
tenía razón (autor de la ya célebre frase “es la economía, imbécil”), la administración de Calderón está a punto de entrar en aguas
profundas y amenazadoras. Durante los 10 meses de la gestión del gobierno del michoacano, los precios de la canasta básica se
han incrementado 34 por ciento, aunque la inflación en su conjunto sea inferior a 4 por ciento.
En plata pura esta enorme desproporción entre un ritmo y el otro significa que la situación del conjunto del país sigue siendo
aceptable, mientras que la de las clases populares comienza a hacerse insostenible. En términos políticos las consecuencias
podrían ser devastadoras: un verdadero reto para el hábil equilibrista que ha resultado el inquilino de Los Pinos. Primero
revisemos la naturaleza económica del fenómeno, luego las implicaciones políticas.
Hace unos días el economista José Luis Calva publicó un sesudo artículo en El Universal, en el que establece el origen externo del
incremento en los precios de la canasta básica. Como los huracanes, los efectos pueden ser devastadores en estas tierras, pero
se originan en otras latitudes. En resumen, Calva argumenta que el encarecimiento de los alimentos es el principal responsable
de la inflación explosiva de la canasta (aunque las colegiaturas también hicieron su parte). Y a su vez, casi dos tercios del
componente inflacionario de los alimentos es el resultado de fenómenos que tienen lugar en el extranjero, debido
fundamentalmente a dos razones: 1) el incremento de la demanda de alimentos en las superpobladas y superdinámicas
economías emergentes de Asia; 2) la creciente utilización del maíz en la producción de etanol.
Desde luego, el gobierno federal tiene responsabilidad en última instancia. Pero esta deriva de la negligencia casi criminal a lo
largo de varias décadas durante las cuales México terminó perdiendo autosuficiencia alimentaria. Las importaciones de granos
básicos alcanzaron el 29% del consumo nacional en el trienio 2004-2006; las importaciones de oleaginosas, el 91%; las de carnes
rojas, el 26%. Esta dependencia, aunada a la espiral internacional de precios del maíz, carnes y oleaginosas, se ha convertido en
un factor desestabilizador con mucho más alcances de los que pueda tener cualquier ataque del EPR o similares.
Así pues habría que reconocer que esta escalada de precios no es producto de las medidas adoptadas por el gobierno
calderonista. El gasolinazo decretado hace unos días y congelado hasta enero podrá incrementar la espiral, pero todavía no ha
sido factor (al menos hasta hace unos días). Esto entraña una buena noticia y otra mala. La buena, es que políticamente el equipo
del presidente puede clamar su inocencia respecto a la inflación; la mala es que, no siendo responsable del incremento de
precios, tampoco puede hacer mucho para detenerlo. Puede empeorarlo, pero no subsanarlo.
En términos políticos, Los Pinos todavía no termina de cuajar una estrategia coherente para gestionar la crisis social que la
carestía podría desencadenar. Hasta ahora el comportamiento ha sido errático, y en ocasiones con ribetes de desesperación
histérica. El anuncio de Felipe Calderón en el que se deslinda de los aumentos para hacerlos recaer en los hombros de las
Cámaras, bajo el argumento de que él congela los incrementos que los legisladores alegremente aprobaron, fue una puñalada
por la espalda a su propio partido, el PAN, y a su gabinete económico. Ambos habían trabajado afanosamente con los
legisladores de otros partidos para lograr la aprobación de tales incrementos, en beneficio de las finanzas públicas del gobierno
de Calderón.
El congelamiento del gasolinaza tiene todos los visos de ser una reacción de pánico de parte del Presidente, atemorizado por la
posibilidad de perder popularidad. Al gestionar un incremento en los combustibles en el Congreso, y luego pararlo por un
decreto, lo único que consiguió es lo peor de los dos mundos: por una parte, su gobierno no obtuvo la derrama económica que le
proporcionarían las gasolinas más caras, y en cambio en los próximos meses la especulación incrementará los precios de todos
los artículos, anticipándose al encarecimiento de los combustibles anunciando para enero. Habría sido mejor evitar todo anuncio
de incrementos energéticos este año, y aplicarlos hasta el siguiente, para no dar más argumentos a la inflación.
No será fácil para Felipe Calderón mantener los equilibrios si persiste en la búsqueda de otros actores políticos a los cuales
echarles la culpa. Mal haría el presidente en comprar el falso argumento que paralizó a Vicente Fox, de que altos índices de
popularidad equivalen a un buen gobierno. No es así. El respaldo de la opinión pública es un recurso, un capital político, que
debe ser invertido para generar los cambios y las acciones que el país requiere. Atesorar raitings de aprobación, como un fin en
sí mismo, equivale a guardar el capital bajo la almohada; es decir, significa actuar como si no existiera.
Si como en el caso de los huracanes, la actual espiral inflacionaria viene de afuera, las únicas soluciones posibles son también las
que se exigen ante un meteoro devastador: solidaridad y acción conjunta. Lo peor que puede hacer la Presidencia frente a la
inflación es recurrir a la estrategia irresponsable del “sálvese quien pueda”. Aumentar los precios de los servicios y productos del
sector público para defender al gobierno de la inflación, simplemente hará más crítica la presión sobre los sectores populares.
Frente a la escala de precios que se ceba en la canasta básica, el gobierno deberá encabezar a todas las fuerzas sociales para
encarar la difícil tarea de acotar daños, sin desencadenar aumentos indiscriminados de precios y salarios. Pero ningún pacto
social será respetado si el gobierno opera bajo la lógica de que ante los botes de salvamento el presidente lleva mano antes que
niños, mujeres y ancianos. Justamente eso es el gasolinazo, sea ahora o en enero.

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