EL-SUR

Lunes 27 de Mayo de 2024

Guerrero, México

Opinión

Gente que escribe sin adjetivos

Federico Vite

Octubre 09, 2018

El asesino dentro de mí (Traducción de Galvarino Plaza. RBA, España, 2010, 213 páginas), de Jim Thompson, es un clásico de la literatura criminal. Originalmente se publicó en 1952 por la editorial Fawcett Publications y en 2010 tuvo un relanzamiento gracias al remake del filme homónimo, dirigido por Michael Winterbottom. Este volumen forma parte de las trece novelas que Jim hizo por pedido. Se encargó de mover la pluma para cobrar un poco de dinero, pero aparte de llenar la plana, este escritor requería de la aceptación del público, necesitaba lectores y los tuvo; los sigue teniendo. De hecho, creo que le dio al gordo con esta novela.
En este libro, Thompson refiere el daño psicológico de un hombre que trabaja para la ley y el orden. Sugiere al lector las características de la enfermedad de Lou Ford, el sheriff adjunto de un pueblito de Texas, Central City. Se trata de alguien tranquilo, cordial y muy educado. La gente piensa que es un tonto. Lou ha construido la normalidad en su vida,  hace que todo mundo olvidé que él cometió un crimen cuando era muy joven. A pesar de eso, una aparente calma, la enfermedad, como la llama Lou, comienza a salir a flote, se apodera de él. La pulsión ya ha cobrado más de una vida y seguirá en ascenso hasta desatar toda la maldad que anima a este policía.
El narrador protagonista, hijo de quien fuera el único médico de la población, tiene un respeto heredado por sus padres y mantiene una relación con Amy Stanton, una chica de buena familia, pero no la quiere, solo está con ella por inercia, para mantener la fachada de su aparente normalidad. El problema es cuando el magnate Chester Conway le pide a los policías que echen del pueblo a Joyce Lakeland, una prostituta que mantiene un amorío con Elmer Conway, el hijo del millonario.
Lou se enreda con Joyce y todo arde. Aparece la enfermedad que imaginaba erradicada de su cuerpo desde hace tiempo. Se reaviva el mal en él. Comienza a relajar su ética y a matar con muchísima facilidad. El lado salvaje gana, así que Lou engaña a su prometida con una prostituta y debe tomar una decisión que le ayude a recuperar la normalidad de su vida en Central City.
Todas las personas cercanas a Lou se dan cuenta que algo pasa con ese muchacho, incluso empiezan a sentirse amenazadas por él y lo asombroso del libro es la manera en la que Thompson retrata la normalidad de la violencia. A pesar de sentir peligro, la gente no hace algo por mantenerse a salvo. ¿No le parece familiar ese hecho?
Vista como si se tratara de un malestar fácil de curar, la enfermedad de Lou es algo mucho más que el simple anhelo de matar. Lo sabemos gracias a que el lector conoce de primera mano los pensamiento del protagonista. No hay un filtro entre el asesino y el espectador. Aparte de todo lo mencionado, el hallazgo en esta inmersión a la psique de un asesino es justamente la percepción de la inteligencia, la forma en la que ese hombre manipula a todas las personas para lograr su meta, aunque al final cometerá un error. La soberbia, digamos, terminará aniquilándolo. Pero insisto en un hecho: la inteligencia seduce.
La muerte de Elmer Conway obliga que su padre, Chester, inicie una investigación para saber qué ocurrió realmente con su hijo y la prostituta Joyce, así que contrata a Lou y eso, en cierta forma, facilita las cosas, pero la soberbia, como les contaba, evitará que el asesino siga portando una placa de sheriff.
Los recursos que utiliza Thompson para sondear las posibilidades estéticas de la literatura criminal son varios, basta con echar un ojo a otras de las novelas de Jim como Noche salvaje, La sangre de los King, 1280 almas, Hijo de la ira o Una mujer endemoniada; pero en el caso de The killer inside me enfrenta su empresa con una trama de aparente simpleza: un policía corrupto que asesina por dinero y trata de huir con su novia. El resultado es enorme si pensamos que para desnudar la mente de un psicópata solo utiliza párrafos cortos, un narrador en primera persona (inteligente y de mucho conocimiento del lenguaje porque debe señalarse que Lou es un gran lector, lo refiere más de una vez en la novela), digresiones y analepsis, un escenario desértico, y posee el motivo perfecto para que un asesino sea feliz haciendo lo que más le gusta. Noto que el verdadero hallazgo de Thompson, así como lo hizo Tennessee Williams en A streetcar named desire, es mostrar la dualidad que cohabita la psique de un ser humano.
Lou cuenta, antes del cierre de la novela, una verdad literaria enorme: “En muchos libros que he leído, el autor parece descarrilar, enloquece en cuanto llega al momento culminante. Empieza a olvidarse de los signos de puntuación, suelta todas las palabras de una vez y divaga acerca de las estrellas que parpadean y que se sumergen en un profundo océano opaco. Y no hay forma de enterarse si el protagonista está encima de la chica o de una piedra. Creo que este tipo de manía pasa por tener un gran valor intelectual”. Seguramente gracias a esas palabras, Thompson termina el libro con una delicadeza inaudita para un escritor de narrativa criminal. Eso es un mérito para un autor que hacía su trabajo con prisa, por encargo, sin pensar en la gloria o la posteridad; mucho menos en el arte. Escribía, nada más, sin adjetivos, escribía. Que tengan un martes coqueto.