Aurelio Pelaez
Mayo 29, 2023
“¿Qué morirá conmigo cuando yo muera, qué forma patética o deleznable perderá el mundo?”: Jorge Luis Borges, El testigo
Es tarde de viernes –apunta, 19 de mayo– nublado todo el día y aun sin sol, el calor hostiga.
Un flashazo, un dejà vu, me llega al pasar por el Zócalo: Lilia Prado, un camión de juguete ascendiendo un cerro en medio de un tormentón. Así de pobre estuvo el presupuesto de Luis Buñuel para filmar Subida al cielo en las costas de Guerrero. Ya. Es el calor y las ganas de que llueva. ¿Por qué esa epifanía?
Mañana en la tarde estaré de regreso en el clima casi fresco de la Ciudad de México. Pero hoy en Acapulco, que lloviera le haría gracia a todos, sobre todo a este piso marmóreo del Zócalo, con costritas de mugre. Un aguacero sería un bien para quienes deambulamos esquivando puestos ambulantes, entre el olor de plátanos fritos. De lejos, pasando por el nuevo kiosko –cuyo sentido arquitectónico no descifro, parece reja de pericos– escucho el inconfundible suspiro de una trompeta en su ensayo. Ya. Era eso.
Es día de la banda de música, del danzón, de veteranos que llegan con su mejor traje y zapatos pachucones –si hay con qué–, día de pulir el piso, según una guaracha cubana (La pulidora): el gozo se asoma (¿son las notas de Nereidas?), e inevitablemente pienso en Gil, en su infaltable presencia en alguna silla –en su zona preferida– alrededor de la improvisada pista de baile, en su respetuoso silencio hacia el trabajo de los músicos, en su, quizá, secreta envidia hacia las parejas que acompasadas, hacían honor a los viejos pasos de un baile ya de pocos, ya añejo, ya de viejos. El viejo Gil Martínez, desde hace años ausente de esas sillas, Lilia Prado, Subida al cielo. ¿Por qué esa epifanía?
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Ya llovió, pero en metáfora de tiempo. Hace 30 años o más. Este muy púber reportero comenzó a ser asiduo del Bar Chico. Calle José María Iglesias. Zócalo. Mesa de periodistas que se reunían sin convocarse, por un lado. Políticos, funcionarios, por allá. Otra mesa recurrente y compacta era la de los veteranos acapulqueños. Ya entrados en calor –otra metáfora, cuando lo que quería uno era enfriarse con jaiboles o cervezas– comenzaban a cantar. Boleros. Este recién egresado universitario sospechó otro sentido de reintrerpretar la vida, más allá del rock y las canciones de protesta aprendidas en las marchas de la UAG. Presidían la voz y la guitarra de Martinique, negrazo ponderado por Ricardo Garibay en su libro-reportaje Acapulco. Y más: Heredia, Laurel, Gil y un tal Leonel. Tocaba escuchar anédotas, canciones con coros in crescendo (pom… pomm… pommm), y a Martinique rematando con Madrigal. “Alguna vez en esta mesa yo fui el más joven”, me dijo H. Medina cuando fui admitido, quizá dolido de mi intrusión. Cierta vez llegó el escritor Rafael Ramírez Heredia, primo de Heredia, quizá cuando escribía el libro de viajes Por los caminos del sur. También cierta vez cantó con ellos el tenor internacional Yordi Ramiro (Lobato), y que se sepa el tal Leonel, apellidado Polanco, no tomó la guitarra ni cantó, a pesar de que todos sabían –menos, durante esas convivencias, el que esto escribe– que tenía como apellido artístico “Gálvez”, que fue la primera voz de Los Tres Caballeros y el primer intérprete de Reloj, de Roberto Cantoral, en ese ya disuelto trío en el que la guitarra principal era Chamín Correa. Martinique falleció y el grupo se comenzó a disgregar. El Bar Chico cerró, Benito, el dueño, desertó de este mundo, y de esa mesa platicábamos con Gil, muchos años después, frente a un pelotón de cervezas, cuando me pidió aguardar, sentados en el bar Meridiano 99 (hotel Colima), y miró su reloj.
–Ya va a llegar…
Miré a los lados, nada.
–El viento de las 6.
Y una brisa fresca olorosa a mar, proveniente de La Quebrada, nos envolvió.
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Bajaba del barrio de La Candelaria a los quehaceres propios de los jubilados que viven solos. Camisa medio abotonada, pecho descubierto, bermudas, mocasines. Las manos detrás de la espalda. Era saludado por medio vecindario. Un malestar le revolvía secretamente su ánimo. “El barrio se está echando a perder”. No le gustaban los nuevos negocios de los sanababiches. A sus ochenta y tantos años hacía el conteo de sus contemporáneos. Se estaba quedando solo. Con uno de ellos, Enrique González Pedrero, el de la primaria Altamirano, se hablaba por teléfono. Contaba incluso que al autor de País de un solo hombre, el México de Santa Ana, ya le incomodaban los acapulqueños con quienes creció en su infancia (“circunscríbete a tu pareja”, le espetó a uno que coqueteaba con su acompañante, años ha). Desayunos largos en el aire acondicionado de Woolworth (julbor), comida, ahora, en el restaurant de Gerry, Meridiano. Ya casi anocheciendo, regreso a su casa. Ya no estaban Leonel, Pintos, un largo etecé etecé de acapulqueños idos. “Ya se cayó el arbolito donde dormía el pavorreal…”, canturreaba y se lamentaba.
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Gil fue lanchero en sus primeros años. Vendió la lancha y dejó el oficio. Fue luego mesero en el mítico bar El Zorro, en los tiempos de los dólares, cuando se amarraban los perros con chorizo, y después administrador del restaurante Pipo’s. De joven fue extra en Tarzán y las sirenas, filmada en Acapulco (1948). Medio pueblo fue extra en esa película de Johnny Weissmüller. Prestó servicio en otras. En un traslado, en algún servicio con su lancha para una película –no recuerdo cuál me dijo– tuvo en sus piernas a Lilia Prado. Me lo contó remeciendo, o relamiendo los bigotes, ya parecidos a los de Fernando Soler en La oveja negra. Sus ojos ambarinos se escapan hacia noches ya idas.
Gil sería el confidente en El Zorro (¿o Guitarra Bar?) del Mantequilla Nápoles, quien después de ser apaleado por Carlos Monzón en París (1974) decidió gastar unos cuantos cientos de dólares tomando cubas –of course– en Acapulco. “Chico, daba unos piñazos”. Y cómo no, fue una pelea desigual en la que el welter mexicano cubano cedió casi una ventaja de seis kilos al argentino, peso mediano.
En El Zorro (los 70) fue testigo de la pléyade de artistas que tenían a Acapulco como lugar inevitable para el despliegue de sus carreras (Celia Cruz, Toña la Negra, Bienvenido Granda, Marco Antonio Solís, Los Diamantes y Los Tres Ases). Pero ahora Gil está enojado porque el mesero –ya no hay respeto– le cuenta que un cliente le dijo: “Salúdame a La Pulga”.
–Que chingue a su madre.
–¿Qué no a usted le dicen La Pulga?
–No.
–¿Entonces a quién le dicen La Pulga?
–A Messi.
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En la televisión los estertores de los comentaristas de algún partido de futbol pasado. ESPN o Fox, los que dice Gil que le acompañan en sus largas noches. Dos amigas del me-dio entran al restaurante, que conforme va la noche se hace bar. A falta de mesa las invito a la nuestra. Gil se reanima. Acaricia la punta de sus bigotes. Se acuerda que alguna vez tuvo 20 años, que fue galán, casi yígolo, lanchero de gringas, un Andrés García que no fue actor.
Sale la versión del Gil que no conozco: galán, atentísimo, disparador. Las compañeras se retiran tras una hora. En los días por venir, me pregunta por ellas. Por una de ellas, B. La encuentro después. Me dice que le gustó el lugar. Ella, B, regresa y Gil ahí está, esperando. Pasa tres veces más a lo largo de algunos meses. Después ya no. Gil me pide el teléfono de B. Le digo que no lo tengo, que le mando mensajes por Facebook, que así me comunico. De alguna manera lo desanimo, aprovechando su analfabetismo digital, y me siento culpable de algo. Un día me ofrece buscar ciertos mapas en unos archivos que dejó su padre. Encuentro a B, le cuento, le interesa. Vamos a la casa de Gil. No encontramos ningún mapa. Sí una botella de Beefeater que tenía como 20 años bajo papeles. Nos ofrece unos pequeños vasos para la ginebra. Lo veo tranquilo, ya sin ese resorte juvenil que se le soltó de algún lado, hacia B, que podría ser su nieta. Se disuelve la culpa.
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El padre de Gil, Constancio Martínez, fue líder del sindicato de los estibadores, años 40 del siglo pasado. Creció bajo la impronta que dejó la lucha de Juan R. Escudero. Como dirigente promovió la construcción del edificio de la CROM, allá sobre El Malecón. Y de la estatua de Juan R. Escudero, cuyo modelo, la réplica original, tamaño trofeo de futbol, encontré arrinconada entre el viejo papelerío sindical en su casa del barrio de La Candelaria. Don Constancio quedó lisiado, en un extraño accidente, una carga de cajas se le vino encima. “Fue un hombre valiente”, recuerda.
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–¡Me cago en Dios! –blasfemaba ante las conversaciones o las situaciones fastidiosas. Y hasta los amigos mal hablados, los de las verguerías a flor de lengua, guardaban silencio. “Me choca que pongan el ‘Dios’ por delante”, contaba a los que creía de su bando. Su congruencia lo llevó a recitar su credo en lo que creyó su día del juicio final, cuando aquél avión que lo regresaba a Acapulco tuvo una caída prolongada en un pozo de aire. En el clímax de los rezos y el rosario de demanda de absoluciones de los viajantes, emergió su grito, su auto de fe:
–¡De una vez se los digo antes de que nos cargue la chingada, me cago en Dios!
Si no le llegó el día de dar cuentas al creador porque el avión finalmente se estabilizó, casi lo tuvo con los creyentes que lo acosaron hasta tomar el taxi que lo llevara al barrio.
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Mis pasos de ese viernes por la tarde me llevan al restaurante de Esteban –una de las últimas cocinas del Bar Chico– que por la tarde se hace bar, sin llegar a ser tal: el Mary’s. Pido caldo de camarón, una necedad, con esos treinta y tantos de calor. El dejà vu me revolotea.
–¿Y cómo está Gil?
Ya van tres años que aceptó recluirse en un asilo. Ya con problemas para bajar caminando desde su casa hacia el Zócalo –caminar lento, una espalda traicionera– sobre todo en los esperados viernes, el día del danzón en ese Zócalo poblado de varios kioscos fantasmas.
–Pues está –me contesta M. en los valores entendidos de a quien sabemos ya retirado de los cabrones vaivenes cotidianos. Además, aislado de visitas casi tres años por la pandemia del Covid. Acá en los momentos en que se interrumpe parcialmente el tránsito de autos, se llega a oir la música. Desde una de estas mesas de este restaurante de la calle Juárez fue la última vez que lo vi pasar, hace cuatro años. Ese día, cuando llegué, B. estaba en una mesa sola, terminando de comer. Yo había pasado antes por el Zócalo –era viernes– la banda comenzaba a tocar y me acerqué al lugar donde sabía que estaba Gil. Lo saludé, lo abracé levemente. No se levantó. Fui por un ceviche donde Esteban. Le conté a B lo de Gil cuando se iba y le pedí:
–Pasa a saludarlo.
Media hora después vi pasar a Gil hacia su casa. Lento, ya apoyado en un bastón. La suya era una sonrisa amplia, como congelada, y unos ojos luminosos. Supe entonces que B había hecho lo suyo. No lo saludé, no lo importuné. ¿Quién era yo para echar a perder su momento?
De Gil Martínez supe de su partida este viernes 26 de mayo, día de la banda de música y del danzón. Me dicen que tenía recién 90 años.