EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Gloria Guinness en Acapulco

Anituy Rebolledo Ayerdi

Abril 29, 2021

 

Una casa única para una mujer única: Loel Guinness

Sólo nos falta casa en Acapulco para ser una pareja, además de muy feliz, totalmente internacional, susurra Gloria Rubio Alatorre al oído de su más reciente marido. Este, no obstante ser un “pinche viejo tacaño” –como ella lo llega a pensar a veces–, se dispone solícito a complacerla.
“Una casa única para una mujer única”, demanda Loel Guinness y lo envían con el arquitecto mexicano Luis Barragán. Este lamenta no poder complacerlo, pero le recomienda a un alumno aventajado, el arquitecto Antonio Aldaco Gómez (Guadalajara, Jalisco, 1933-2013), quien acepta el desafío y para afrontarlo se inspira en las formas escultóricas de su maestro Barragán y en las cabañas de palapa características de Acapulco.
“Construye la más fabulosa de las villas nunca antes vista, logrando con ella una merecida fama internacional. La reforzará con otra casa en Costa Careyes, Jalisco, misma que da el nombre de Careyes a tal estilo arquitectónico” (El Informador de Guadalajara). El también pintor, escultor y diseñador recibirá en 2008 el premio honorario Architectural Digest por el diseño de las casas de playa, siendo considerado el “creador de la arquitectura de playa de México”.

Residencias, yate y aviones

Los otros domicilios de los Guinness se ubicaban en Nueva York (departamento en Waldorf Towers, Manhattan); residencia de siete pisos en París; granja del siglo XVIII cerca de Lausana, Suiza; residencia y criadero de caballos en Normandía y mansión con campo de golf en Lake Worth, Florida. La pareja surcaba el Mediterráneo en un yate de 350 toneladas e iban y venían en su flota aérea compuesta por dos aviones y un helicóptero. La señora nunca viajó con maletas pues en cada domicilio guardaba la ropa apropiada para la temporada en curso.

Gloria y Loel

Veracruzana, Gloria Rubio de Guinness (1912-1980) se encargará de decorar y amueblar su casa de Acapulco. “Todo auténticamente mexicano excepto el marido inglés”, declaraba sonriente. A partir de aquella su cuarta unión matrimonial, en 1951, la mujer será simplemente Gloria Guinness.
El, Thomas Loel Guinness, era un ex parlamentario de la Gran Bretaña dedicado a los bienes raíces y a la banca. Pertenecía a la dinastía de nobles irlandeses famosos creadores de la cerveza negra Guinness, con más de dos siglos de existencia. Entre sus obras filantrópicas figuraba la compra del yate Calypso para “rentarlo”, a razón de una libra al año, a Jacques Ives Cousteau, el famoso explorador oceanográfico que visitó alguna vez Acapulco. También costeó la película El mundo del silencio del propio Cousteau.

Así era ella

Morena, alta, delgada y hermosa, Gloria Guinness se dejaba vestir únicamente por Dior, Chanel, Saint-Laurent, Valentino, Halston y Givenchy, aunque sus preferidos eran los españoles Antonio del Castillo y Cristóbal Balenciaga. “La mujer –aconsejaba a propósito–, no siempre debe vestirse para levantar envidias en otras mujeres, debe hacerlo para sostener la atracción de su marido”. Y remataba: “El trabajo de la mujer es complacer a su hombre”.
La señora Guinnes no estaba reñida con el vestido casual y lo demostrará usando los pantalones Capri de Emilio Pucci. Será intransigente en cuanto a los hot pants: “Odio esas malditas cosas, excepto en Brigitte Bardot”
Mujer de su época, Gloria fue editora y columnista de varias publicaciones internacionales y entre ellas la revista Harper’s Bazaar. Su pluma, siempre con actitud liberal y de avanzada, tocó temas como el de la mariguana, la guerra de Vietnam y la demonizada reunión juvenil de Woodstock. Sabía diferenciar muy bien lo elegante de lo chic. “La elegancia –escribió– es un regalo de la naturaleza, lo chic es una moda, una actitud bien estudiada, un arraigado sentido del exhibicionismo. Ambas cosas soy yo”. Su rostro sereno será portada frecuente de revistas femeninas, particularmente de Vogue.
Su amigo el novelista Truman Capote –“soy alcohólico, soy drogadicto. soy homosexual, soy un genio”– la consideraba uno de sus tres cisnes: “por su cabello negro como la seda, sus cejas bien delineadas y su largo y esbelto cuello”. Los otros dos eran la estadunidense Babe Paley y la italiana Marella Agnelli. El autor de A sangre fría y Desayuno en Tiffany’s reunirá a sus tres cisnes en su famosa fiesta anual en el Black & White Ball del hotel Plaza de Nueva York. Convocaba a la crema y nata de la high society neoyorkina y particularmente a su refinada jotería. La grand entree de Gloria al recinto enmudece a la concurrencia: luce un vestido muy sencillo, pero de su cuello de cisne cuelga un collar cuajado de diamantes y esmeraldas mientras que sus ojos están escondidos tras un antifaz negro. Será la reina indiscutida de la noche.

Nada que ponerse

Los Guinness están invitados a cenar con amigos. El hombre apresura a la esposa porque están citados a las 9 y ya son pasadas.
–¡Si no estás lista ahora mismo me voy solo!, –amenaza Loel.
–Paciencia, Lo, le responde. Y es que por más que busco no tengo materialmente nada que ponerme.
El banquero inglés lanza un sonoro ¡joder!, escuchado seguramente en Acapulco, para echarle en cara a la mujer que los closets de sus cinco residencias están repletos. ¿Por qué todas las mujeres dicen que no tienen nada que ponerse?, ¡Vas o no vas!, lanza desde la puerta de la casa un ultimátum. Ella lo alcanza cuando el auto ya está en marcha. Va envuelta totalmente en un abrigo de mink. El farfulla algo ininteligible.
Llegan a su destino donde el criado de la casa procede a tomar el abrigo de la dama. Pero ¡oh, Dios!, ella vista únicamente ropa interior, lencería finísima por supuesto. El marido está a punto del soponcio mientras que los anfitriones e invitados festejan ruidosamente la puntada, una más a las que Gloria los tiene acostumbrados.
–¿¡Pero es que te has vuelto loca, mujer!?. La flema del inglés lo atraganta y en aquel momento lo único que desea es ponerle, además del abrigo, la mano encima. El se contiene mientras ella insiste en su reproche, ya desde entonces universal.
–¿No te dije que no tenía nada que ponerme?

La más elegante

La estadunidense Eleanor Lambert, árbitro de la moda y creadora de “la lista de las mejores vestidas”, incluirá a Gloria en ellas entre 1959 y 1963. La llamará, incluso, “la mujer más elegante del mundo”. La propia señora Guinness integrará más tarde, con la duquesa de Windsor y Jacqueline de Onassis, el trío de socialités declaradas por la revista Time como “las tres mujeres más elegantes del mundo”. En rigor, la mexicana estará ubicada atrás de la señora de Onassis.
En Acapulco, vistiendo batas confeccionadas por las amuzgas de la Costa Chica, Gloria se dará tiempo para preparar algunas donaciones para los museos de Arte de Nueva York y el londinense Victoria Alberto, dedicados a las bellas artes decorativas. Para el primero selecciona trajes de Balenciaga y Elsa Schiapirelli, mientras que para el segundo una colección en la que figura un vestido de noche de Marcelle Chaumont, la diseñadora francesa que tuvo como cortador a Pierre Cardin. Más tarde genio de la costura.

El vestido

El vestido de noche Chaumont es de organza blanca y de cuerpo entero. La falda de cintura completa ha sido pintada a mano por la propia creadora, con un diseño dorado de cintas y lazos. El corpiño está finamente arropado, es sin tirantes y está deshuesado en las costuras y tiene un volante recogido en la parte superior. Hay un cierre de cremallera lateral. Con una enagua de organdí blanco unida al vestido en la punta del corpiño, también deshuesado. Cinturón de organza blanca. Sus medidas en centímetros: busto, 88; cintura, 69; circunferencia con dobladillo, 250 centímetros Longitud del vestido, 142 centímetros.

Los matrimonios

Gloria Rubio se casa a los 20 años con el holandés Jacob Hendrik Scholtens, de 47, superintendente de un ingenio azucarero en Veracruz. El divorcio será casi inmediato. Pasados dos años contrae matrimonio con el príncipe Franz Egon Von Furstenberg-Hedringer, con quien procrea a sus dos únicos hijos, Franz y Dolores. Se divorcia para casarse con el príncipe Ahmad -Abu-El- Fotouh Farky Bey, nieto del rey Fuad de Egipto y sobrino de la princesa Fawzá, primera esposa del Sha de Irán. Vendrá el cuarto al bat y pegará jonrón. Su nombre, Thomas Loel Guinness, banquero inglés, a quien se une en Antibes, Francia, en 1951. Con ellos vivirán los dos hijos de ella y uno de él.

Morir antes de
envejecer y engordar

Poco antes de morir, Gloria Guinness concede una entrevista a la revista Woman Wear Daily y en ella se declara ajena al mundo que vive. Se manifiesta, además de cansada, desencantada de esta vida. Sus querellas: “Esta vida ya no es como la de antes… nadie hace grandes entradas a un baile o a un restaurante…todo mundo grita y no platica…en las discotecas todo es oscuro… ya nadie practica el arte del flirteo… de ver y ser vistos… ya nadie nota siquiera qué diseñador de alta costura realizó tu vestido…esta ya no es la vida que yo deseo seguir viviendo”.
La señora Guinness muere infartada a los 68 años, el 9 de noviembre de 1980, en la villa Zanroc en Epalinges, Suiza. Loel, su esposo, fallece también por falla cardíaca a los 82 en Houston, Texas. Ambos descansan en el cementerio de Bois de Vauz de Lausana, Suiza. No faltarán, en el caso de ella, quienes hablen de suicidio, habida cuenta de que la mujer declaraba insistentemente no estar dispuesta a soportar tres cosas: “envejecer, engordar y perder al tacaño de su marido”.

Hugo Arizmendi y los pelícanos

El ingeniero acapulqueño Hugo Arizmendi Dorantes, del Politécnico, es recomendado para un trabajo especial urgido por los Guinness. Se trata de evitar que una banda de pelícanos siga saqueando una pileta que aloja exóticos peces de colores. La solución momentánea para contener a los voraces pajarracos ha sido la dotación de bates beisboleros a la servidumbre de la casa.
Hugo investiga que los pelícanos poseen, además de su gran pico, un saco yugular que utilizan para la captura de sus presas y el drenaje del agua recogida antes de tragárselos. Nada sobre algún elemento natural que los ahuyente. Propone entonces la colocación de una malla metálica que resista los embates de las aves que, como aviones de caza en picada, se lanzan sobre el estanque para tragarse a un buen número de pececitos Al inglés le parece magnífica la solución, pero pide al ingeniero que se atenga al diseño que hará la propia señora Guinness. Y así sucederá.
El empresario inglés estará pendiente de los trabajos y todos los días bajará a la obra cargando una dotación generosa de la cerveza familiar, Guinnes, por su puesto, misma que el ingeniero y sus trabadores consumen con singular alegría.
Más tarde, Arizmendi recibirá una queja de su personal:
–Pinche cerveza tan fea esa, finix, o como se llame. Será muy inglesa pero la cabrona parece chocolate y sabe a purititos miados. La bebíamos nomás porque hacía mucha calor –dirá uno de aquellos convencido de que para chelas no hay como la Corona.
Hugo reprime a sus operarios. “Qué bueno que no comentaron eso delante del dueño porque capaz que nos quita la chamba. ¡Sépanse, cabrones, que su familia es la dueña de la cerveza Guinnes que se bebieron!”.