EL-SUR

Miércoles 01 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Gonzalo Celorio: un Cervantes sorpresa

Adán Ramírez Serret

Noviembre 07, 2025

Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 1948) es un nombre, un personaje en el mundo de las letras muy conocido desde finales de los años setenta. Director de la Academia de la Lengua Española, académico de toda la vida de la UNAM en donde fue profesor de generaciones y más generaciones durante 50 años. Formando alumnos, cultivando anécdotas, lecturas; leyendo fervientemente y siendo un profesor icónico de esta universidad que, por supuesto, trasciende fronteras y Celorio es conocido en casi todas las universidades que estudian literatura en México.
Sus libros, sobre todo algunos, como Tres lindas cubanas y Amor propio también forman parte de la cultura literaria de la segunda parte del siglo XX en México. Sin embargo, con todo esto, fue una sorpresa para mí, muy grata, debo decirlo, enterarme que le habían otorgado el premio Cervantes 2025. Fue inesperado porque este galardón se lo han llevado los “más grandes”, por decirlo de alguna manera y muchos muy célebres mexicanos, como Arreola, Rulfo o Garro, nunca lo recibieron. Cuando hablo de los más grandes no solamente me refiero a talento o prestigio literario, también hablo de lo reconocidos que son fuera de México. En la lista del Cervantes están Paz, Fuentes, Del Paso, Poniatowska, Pacheco y Pitol, estos dos últimos parecidos a Celorio en cuanto a ser autores de culto o sobre todo conocidos en los círculos literarios y, Pitol sobre todo, por tener una exitosa carrera en el medio literario de España. En fin, pues, que este Cervantes a Celorio resultó una sorpresa, y ahora contaré por qué particularmente grata.
Hace unos cinco años, que siento como si fueran veinte, por lo mucho y acelerado que se ha vuelto el tiempo después del Covid, cayó a mis manos Los apóstatas de Gonzalo Celorio. Me llamó la atención el título, esa palabra culta que aún antes de saber su significado, ya dice mucho. Algo como una especie de cofradía que se dedica a mantener secretos durante las noches bajo la sombría luz de las velas en antiguos conventos. Antes de entrar a las primeras páginas, Celorio devela en el epígrafe lo que significa apóstata, más aún, el verbo: “apostatar 1. Dicho de una persona: abandonar públicamente su religión. 2. Dicho de un religioso: Romper con la orden o instituto a que pertenece”, RAE dixit. La novela, que abre con la oración en cursiva que parece una sentencia: “maldita sea la hora en que se me ocurrió escribir esta novela”, cuenta al principio la primera infancia del narrador. Unos primeros años en los que fue criado junto a su numerosa familia, más de diez hermanos, en una Ciudad de México bastante lejana en geografías y temperamento, más que en años. Aquella ciudad de los años cincuenta que era muy segura y los niños se iban solos a la escuela en tranvía y las que ahora son avenidas inmensas eran calles pequeñas, campos baldíos, riachuelos o bosques. Me gustó el tono, el tema y el estilo, pero es un libro de cuatrocientas páginas por lo que con la llegada de libros y más libros y con la entrega de premios y más premios a autores y autoras Los apóstatas fue acomodado, no abandonado, en el estand de literatura mexicana hasta el pasado lunes que le fue concedido el Cervantes a Celorio. Y entonces, desde este lunes, he estado leyendo Amor propio, novela de descubrimiento de la vida, El metal y la escoria, novela en donde cuenta su ascendencia, la migración de su abuelo, Mentideros de la memoria, en donde entre crónica, ensayo literario y homenaje habla de autores con los que ha convivido o admirado como Jaime Sabines, Juan José Arreola o Julio Cortázar.
Con bastante gusto, con mucha fascinación descubro que Celorio repite y repite la autobiografía que se mezcla con la historia de su familia y la Ciudad de México; como decía, más o menos, Paz sobre Sade cuando un autor es monotemático no es repetitivo, sino que ya está en el terreno de la obsesión. Así, cualquier libro de Celorio de narrativa es una entrada a un universo que incluye el exilio, el amor, los secretos, el erotismo y todo aquello que significa una familia, sus relatos, al menos en México y en España. En Los apóstatas se encuentra furiosamente esta obsesión de contar los relatos familiares, los secretos de sus libros anteriores. Con la honestidad de preguntar a quienes están involucrados y con la furia de indagar en el pasado, aunque signifique desgarrar el presente, hurga en las heridas que ha dejado el pasado como si fueran el pan de cada día. La comunión que exige ser excomulgada.
Gonzalo Celorio, Los apóstatas, Ciudad de México, Tusquets, 2020. 413 páginas.