Gaspard Estrada
Enero 21, 2026
Las declaraciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, realizadas el 17 de enero de 2026, en las que advirtió sobre una posible elevación de aranceles contra países europeos que respalden la soberanía de Groenlandia, marcan un punto de inflexión en la relación transatlántica. Más allá de su tono provocador, el mensaje revela una estrategia de coerción económica que reconfigura los equilibrios de poder entre Estados Unidos y la Unión Europea, y plantea interrogantes profundas sobre el orden internacional basado en normas.
Groenlandia, territorio autónomo bajo soberanía danesa, ha adquirido en los últimos años una centralidad estratégica creciente. Su posición geográfica en el Ártico, su papel en las rutas marítimas emergentes y su potencial en minerales críticos, la convierten en un activo clave en la competencia global entre potencias. Al condicionar el comercio con Europa a la postura política sobre Groenlandia, Washington introduce un vínculo explícito entre seguridad, soberanía y comercio, erosionando la separación tradicional entre estas esferas.
Desde la perspectiva europea, la amenaza arancelaria coloca a los estados miembros ante un dilema estratégico. Defender la soberanía de un territorio europeo –y, por extensión, el principio de integridad territorial– implica asumir costos económicos potenciales en un contexto de crecimiento débil y tensiones industriales. Ceder, en cambio, sentaría un precedente peligroso, al normalizar el hecho que una potencia utilice el acceso a su mercado para forzar alineamientos políticos dentro de Europa.
Para Estados Unidos, la maniobra responde a una lógica conocida del trumpismo: redefinir alianzas en términos transaccionales. Al presentar los aranceles como instrumento legítimo de presión, la Casa Blanca busca maximizar su margen de maniobra en el Ártico y disuadir a Europa de articular una postura autónoma. Sin embargo, esta estrategia entra en fricción con los compromisos históricos de Washington con la OTAN y con la idea de un bloque occidental cohesionado frente a desafíos sistémicos.
Las implicaciones geopolíticas trascienden el eje Washington-Bruselas. Rusia y China observan el episodio como una oportunidad estratégica. Moscú, actor clave en el Ártico, puede explotar las divisiones transatlánticas para reforzar su presencia regional. Pekín, por su parte, encuentra margen para presentarse como socio económico alternativo para Europa, en un momento en que la politización del comercio por parte de Estados Unidos debilita la previsibilidad del sistema global.
El uso de aranceles como arma política también debilita el multilateralismo comercial. Al subordinar el comercio a disputas de soberanía, se erosionan las reglas de la OMC y se acelera la fragmentación del comercio internacional en bloques rivales. Para Europa, cuya identidad geopolítica se apoya en normas y derecho internacional, el desafío es existencial: aceptar la lógica de la coerción o apostar por una autonomía estratégica que, por ahora, sigue incompleta.
En el plano interno europeo, las declaraciones de Trump reavivan el debate sobre la dependencia económica y de seguridad respecto a Estados Unidos. Países más expuestos al mercado estadunidense podrían inclinarse por posiciones pragmáticas, mientras otros defenderán una respuesta coordinada. La cohesión europea será puesta a prueba, no sólo en términos comerciales, sino en su capacidad para defender principios sin fragmentarse.
Finalmente, el episodio de Groenlandia ilustra una tendencia más amplia del sistema internacional contemporáneo: la normalización de la presión económica como sustituto de la diplomacia. En un mundo marcado por la guerra en Ucrania y la rivalidad entre grandes potencias, la frontera entre aliados y adversarios se vuelve más difusa. Si Estados Unidos utiliza aranceles para condicionar la soberanía europea, el mensaje al resto del mundo es inequívoco: la fuerza económica reemplaza a la negociación.
Más que una disputa puntual, las declaraciones del 17 de enero de 2026 abren un nuevo capítulo de incertidumbre transatlántica. Su desenlace no solo definirá el futuro de Groenlandia, sino la credibilidad de un orden internacional que, cada vez más, parece regirse por la lógica del poder antes que por la del derecho.
* Miembro de la unidad del Sur Global de la London School of Economics (LSE).
X: @Gaspard_Estrada