EL-SUR

Viernes 12 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

POZOLE VERDE

Gustavo Díaz Ordaz, El terrorismo de Estado

José Gómez Sandoval

Diciembre 16, 2015

El narrador de este episodio dice llamarse Winston Mackinley y haber sido jefe de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en México de 1956 a 1969. “Mis instrucciones –apunta–consistían en generar las condiciones para que el ejército asumiera el poder en México sin que se descubrieran manos extrañas en la conjura. Mi gestión, por la cual fui condecorado por la Casa Blanca, abarcó parte del gobierno de Ruiz Cortines, la administración de López Mateos y casi la totalidad de la de Díaz Ordaz, mi gran amigo y confidente”… Presume que él diseñó el sistema de información y espionaje (LITEMPO) que la agencia mantenía con jerarcas mexicanos que luego sería implantada en todo el mundo, y, como no se anda por las ramas, entre los jerarcas etiquetados menciona, además de a Díaz Ordaz, a Luis Echeverría, al “capitán (Fernando) Gutiérrez Barrios, mi adorado pollo”, a Emilio Bolaños, sobrino de Díaz Ordaz y su contacto para relacionarse con quien quisiera, sin “olvidar al general Alfonso Corona del Rosal, jefe del Departamento del Distrito Federal, mi querido Poncho, Ponchitou”, ni ignorar… “al general Luis Oropeza, jefe del estado Mayor Presidencial, ni al comandante Nazar Haro (de la DFS)…, ni al canciller Tony Carrillo, siempre dispuesto a servir a Washington”… De pilón, en el tono lapidario y socarrón que empleará cuando se refiera a las cosas de México, advierte que sacará al sol trapitos de “muchos otros políticos mexicanos, agentes de mi central, mis informantes secretos, todos ellos con el rostro de santitos sonrientes, peinados y trajeados por sastres ingleses, dueños de carísimas propiedades en cualquier parte del mundo, titulares de cuentas de cheques secretas de ocho o más dígitos, registradas en instituciones de crédito europeas o en paraísos fiscales, en todo caso patrimonio mal habido, producto del peculado, que disfrutan impunemente…, en tanto dicen defender las causas populares…”

Los tenochquitas de ahora y los omnipoderosos Estados Unidos

Winston cubrirá varias páginas para explicar lo mucho que le costó tragar mole, “la famosa barbacoa que sabe a perro” y “otras cochinadas que comen, ¿comen?, tragan los technoquitas de nuestros días”, y enseguida repasará varias costumbres mexicanas que de inmediato comparará con las de la sociedad estadounidense. Dice, por ejemplo, que “las gringas son intolerantes hasta delirio, fijan reglas y condiciones, en tanto las mexicanas son sumisas, mansas y maleables”. Para él, “dos hechos cambiaron la manera de ser de mis paisanas: una, la explosión de la bomba atómica en Japón…, y dos, el descubrimiento de la pastillas anticonceptiva”.
En su crítica acerva Winston pone episodios de la historia de México como el sustento del presente temeroso, mentiroso (Voy viviendo ya de tus mentiras, es por eso que te quiero tanto…) y lleno de calamidades sociales y políticas. Los Estados Unidos, en cambio… “Nos anexamos todo México…, porque ¿a dónde íbamos con millones de desnalgados si queríamos ser una potencia mundial en términos de las leyes del Destino Manifiesto?… Por eso nosotros matamos a los sioux, a los comanches, a los navajos y a los apaches…, por inútiles, incapaces, borrachos y resignados. Nos convino mucho más quedarnos con millones de kilómetros cuadrados deshabitados y que desde entonces aprendieran a temernos para después manipularnos a nuestro antojo”. Anuncia así el grado de indiscreción y el tono irónico y agrio con que nos contará los alcances de su función dentro del primer círculo político mexicano. Si agradecemos su franqueza desfachatada es porque aparenta representar la opinión de buena parte de los gringos respecto a México y su gente y por la información “reservada” (por Francisco Martín Moreno) que proporciona respecto a los intereses e intenciones imperialistas.

Dios es aliado de EU y la CIA es el ojo de Dios

Consciente de que Estados Unidos tiene intereses, pero no amigos, el Superagente Winston remarca que su prioridad “consistía en purgar del sistema político… a cualquier comunista incrustado en organizaciones políticas de izquierda o francamente guerrilleras, en movimientos de liberación nacional, en el Partido Comunista o…” En todo momento soltará el dato del poder de EU sobre cualquier nación latinoamericana y su explicación en el ámbito económico y político. La fortaleza de EU “en buena parte dependen de la rentabilidad de nuestras compañías en el exterior; de ahí que tengamos que acabar con los nacionalismos que amenazan nuestro bienestar”.
El primer tentenpie que se les impone a presidentes con inquietudes sociales o mínimas posturas revolucionarias o expropiacionistas es el rumor… y el miedo. Si sigues impulsando políticas nacionalistas, haremos correr el rumor que provocará la quiebra de tus finanzas en un plazo no mayor de treinta días, y el presidentito se afloja… Si no, los gringos “dejan de vender llantas a líneas aéreas latinoamericanas, con lo cual dejaríamos en tierra a toda la aviación civil y militar”, o pueden “alegar contaminación química de algún producto agrícola importado… o cerrar la frontera a la venta de atún por simples razones ecológicas, inventadas, desde luego”.
En su empresa imperial, “Dios es nuestro aliado” y “más lo es el clero católico latinoamericano que exhibe… un odio feroz, igualmente implacables, en contra del comunismo… Entre los confesionarios y nuestras centrales logramos tener a muchos países controlados en el puño”.
Winston se ufana de haber nacido en Alabama, “hermosa tierra de racistas, lo mejor del género humano”, de profesar el macartismo como una religión y de reconocer a los comunistas a primera vista, pues de hecho podía “olerlos” con facilidad. A partir de ahí, empezaba a “husmearlos como perro de caza”. De “lo demás” se hacían cargo los marines o “mi equipo de espías con el Instituto de Verano a la cabeza… ¿Cacería de brujas? En efecto”…
Ya vamos en la página 27 y muchos lectores aún no sabemos si se trata de revelar el imperialismo voraz y su intromisión en la política mexicana, de llegar a las Olimpiadas y a la matanza de Tlatelolco o cómo le hizo el presidente para llevarse a La Tigresa a la cama. Winston no va avanzar sin cumplir cada tema de su agenda narrativa. Uno de éstos es la ruda disciplina a que fue sometido durante su aprendizaje “cazacomunistas” en la CIA. De ahí salió “un agente frío, calculador, suspicaz, incrédulo… y absolutamente desconfiado”… Como la CIA era “el ojo de Dios”, los agentes estaban exceptos de culpas, reproches, arrepentimientos… “Estábamos benditos por el Señor, quien nos había autorizado a investigar, a hacernos de documentación confidencial, a robar, secuestrar, extraer confesiones por medio de la tortura sin menoscabo de llegar al asesinato y a la desaparición del cadáver y el cuerpo del delito, siempre y cuando no fuéramos descubiertos”…
Cuenta que en la US Army School of the Américas, “mejor conocida por los propios estudiantes como la ‘escuela de los golpes de Estado’”, conoció al coronel Carlos Manuel Abelardo Díaz Escobar Figueroa, pariente Porfirio Díaz, entre otros alumnos que aprendieron a “sofocar” o, en su caso, a “promover un movimiento armado”. Ya en plan de espejo negro de la astuta y bélica conciencia gringa, asume que “no queremos democracia, porque ello implica una mayor adversidad en las negociaciones y un fortalecimiento estructural de las instituciones estatales: el Estado, allí, debe ser perpetuamente fallido. En los discursos públicos –asienta- exigimos… una mayor y más acelerada evolución política, respeto… a los derechos del hombre y civiles…, pero en la realidad… saboteamos cualquier progreso en ese orden”.

Los dos Adolfos, el tapado

Como ejemplo de lo anterior Winston se refería a Adolfo Ruiz Cortines, “un viejito al que nadie respetaba”, quien “no sólo denunció desde su toma de posesión la corrupción del mandato que le antecedió, todo un escándalo, sino que inició el descongelamiento de los vínculos diplomáticos con la URSS, a pesar de las presiones de la Casa Blanca”. Si el “viejo” era terco, dice Winston, “nosotros lo éramos mucho más”.
En 1958, el futuro presidente de México, Adolfo López Mateos, que sabía que era un “experto en comunismo” y del importante labor que desarrollaba en México, con ganas de saber “a qué clase bicho se enfrentaría”, lo invitó a desayunar, y a partir de ahí los desayunos se hicieron frecuentes. El superespía recuerda que llegó al país para espiar al tapado, “ese gran embuste antidemocrático de los mexicanos”, ya que, dice, “en México se vota copiosamente, sin embargo nada más existe un elector y ese… es el presidente de la República”…
Winston no dejará de advertir en López Mateos el carisma, la generosidad, la sensibilidad y la elocuencia fácil con que éste era capaz de convencer y seducir a las personas y las masas… Aunque dijera que era de izquierda (“pero dentro de la Constitución”), Winston sabía que López Mateos “no expropiaría ni un solo tornillo propiedad de los norteamericanos”…

La CIA no perdona

Otro tema agendado por Winston, como para que los lectores le sigamos buscando la cola a la serpiente, es la vida personalísima de él mismo: advierte que a Betsy, su primera esposa, no quisiera dedicarle “ni un renglón”, ya que se casó con ella por despecho: él amaba a Paula, con quien se matrimoniaría en 1950. El hecho de no poder hijos deprimió a Paula, en 1956, mientras Winston era designado jefe de la estación de la CIS en México, la pareja adoptó a Michel, pero el encanto amoroso ya había muerto. Enseguida, Winston se ligó con Janet Leddy, “esposa de Raymond Leddy, un alto funcionario de la embajada de Estados Unidos en México”, quien, al descubrirlos, pidió su cambio…, no sin exigir la patria potestad de sus hijos y acusar a Janet de adulterio”. Mientras tanto, Paula caía “absolutamente destruida hasta sepultarse en el alcohol”.
Winston reveló a la CIA que a Paula le había contado secretos de Estado y cuando quiso divorciarse le contestaron “que el divorcio no era procedente… porque mi esposa conocía muchos secretos… Tiempo después Paula… amaneció muerta como consecuencia de un ‘ataque al corazón’. La agencia –revela- la envenenó con una sustancia tóxica, el VX, que no es detectable en las necropsias. La CIA no perdona, se trata de pactos con el diablo”.
En 1962 pudo casarse con Janet. Como testigos de su boda firmaron el presidente López Mateos y el secretario de Gobernación Gustavo Díaz Ordaz.

Irma Serrano en escena

Winston afirma que el servicio informativo que prestaban a Díaz Ordaz y a su secretario Echeverría superaban los servicios de inteligencia mexicanos, y que gracias a su simpatía y conocimientos pudo enterarse de “amasiatos, conversaciones inconfesables, la identidad de porros, de agentes paramilitares, pleitos familiares, concursos hípicos… donde podían presentarse personajes novedosos, dignos de investigación”. Y cuando los lectores ya estamos creyendo que Winston nos va a seguir exhibiendo las formas de control estadounidense, hasta llegar al olímpico y fatídico 1968, el superespía cuenta cómo, desde que la conoció en el domicilio de Fernando Casas Alemán, Gustavo Díaz Ordaz se la pasó repasando a la cantante Irma Serrano (de unos treinta años de edad) con la vista. Para que lo sepamos de una vez, Casas Alemán “raptó” a la que luego sería conocida como La Tigresa en 1946, “cuando ésta contaba tan solo trece años de edad”.
No pasaron muchos días para que el enamoradisco Díaz Ordaz invitara a la cantante a Puerto Vallarta, donde cerraría su gira por el estado de Jalisco. Irma fue instalada en un “cuartito” del Hotel Posada Vallarta, que pronto descubrió que la “indigna habitación” tenía una puerta que daba a la merita suite presidencial. Lo supo porque por ahí llegó el mero futuro presidente explicándole que había escogido “esta habitación para que no tuvieras que caminar mucho”.
Cerramos esta sesión con la joven Irma contemplando tras “los inmensos ventanales… la inmensidad del mar” y de su propio destino: “hacía yo mis primeros pininos como cantante y actriz y carecía de recursos económicos”, declara sabiendo desde ya que “sería rica, muy rica…, muy poderosa (y) muy popular. Esa tarde, bien lo intuía, se dispararía mi carrera al estrellato”.
En el próximo Pozole la Tigresa enseñará a su disque tímido y católico pretendiente los pechos florecientes (que los lectores pueden comprobar en La Martina y en El monasterio de los buitres), al tiempo que ablanda la tiesez orgánica del Preciso con canciones cachondas y albures sexuales al por mayor.