EL-SUR

Viernes 14 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Gustavo Rodríguez y el clímax geriátrico

Adán Ramírez Serret

Septiembre 08, 2023

Cien cuyes, de Gustavo Rodríguez (Lima, 1968) es el Premio Alfaguara 2023. Cuye, “conocido como cuy, cuyi, cuye, cuyo, cuis, cobaya, curiel, acure, o conejillo de indias”, Wikipedia dixit; Cavia porcellus es su nombre en latín. “Cerdo de jaula”. Una especie que no existe en vida silvestre y que fue y es utilizado como ganado y fuente de alimento en algunos países de Sudamérica.
Gustavo Rodríguez elige el nombre de este roedor, porque funciona como moneda de cambio metafórica en esta novela, pues se utiliza de manera simbólica –a manera de emergencia– para pagar lo impagable. Cuando no se puede decir cuánto cuesta algo, es mejor una analogía. Aquello que me pide, cuesta diez cuyes.
Cien cuyes sitúa la acción de una manera muy original, pues no son las aventuras de una expedición, una revolución, un primer amor o un descubrimiento de la vida. Se trata de un grupo de personas que habitan la tercera edad, y cuyo momento más tangible, inevitable y lleno de acción, y sobre todo de valor, será la muerte.
El eje de la novela es Eufrasia, una mujer de clase trabajadora que en la Lima contemporánea se dedica a cuidar a personas de la tercera edad de clase acomodada. En un principio está con dos señoras, doña Carmen y Pollo. La primera que se pasa el día entero en cama viendo tan sólo el techo, dentro del cual, como si fuera un cine, se dedica a rememorar su vida y ya sin ganas de estar en este mundo; y Pollo, quien decide mejor irse a un asilo al que en poco tiempo se lleva a Eufrasia a trabajar.
La novela tiene, sin duda, una perspectiva social. Personas privilegiadas, solas, en la última parte de su vida cuya preocupación latente es la muerte, la oportunidad última de partir con dignidad. Y Eufrasia, cuya familia, hijo y hermana, se encargan, arriesgando su libertad, de dar esta última dignidad a las personas para quienes trabajan.
Gustavo Rodríguez tiene el tino y el talento para contar con humor estas historias invadidas por la tristeza de morir de unas y la necesidad de trabajar de otras. No es nada solemne, tiene la fuerza, la gracia y el desencanto de la cotidianeidad.
Pues Cien cuyes no es una historia precisamente o, más bien, particularmente triste. Porque es vital. Eufrosina habita Lima con su busto y trasero abultados llena de vida. Cuidando, entendiendo y disfrutando de esas personas solitarias que, aunque ya no quieren vivir más, sí que tienen mucho aún que dar. No solamente dinero, cuyes, sino también sabiduría, humor, dignidad…
Porque las aventuras de la vida no suceden nada más en el mar, las montañas o en las calles. También en la vida doméstica, cuando se está cocinando una sopa en la estufa y se habla sin tapujos de la muerte; o mientras se sirve un whisky, se entienden el amor o la amistad sin los remolinos de la pasión.
Aquello que normalmente se esconde en el bullicio y el ajetreo, adquiere plena vida en el silencio de una sala o en la tranquilidad de una habitación con personas que desean el silencio y la paz, luego de haber vivido, y saben lo que nadie. O lo que ninguna persona quiere ver: que en la muerte se concreta una vida. Que el clímax no vendrá con el sexo, el amor, la procreación o la economía, sino con el último respiro que pocas personas se atreven a dar con dignidad. Momento que los seres humanos compartimos con todos los mamíferos. Como los cuyes, por ejemplo.
Gustavo Rodríguez, Cien cuyes, Ciudad de México, Alfaguara, 2023. 254 páginas.