Adán Ramírez Serret
Mayo 02, 2025
Los momentos del arte, por no decir de la humanidad o del mundo, responden a una extraña circularidad. Muchas veces, los acontecimientos se suceden de manera cíclica, como si la historia, el azar, o lo que sea que rija el mundo, funcionaran más que linealmente, como una circularidad. Pienso en esto por la historia reciente de la narrativa, por ciertas repeticiones que nos ayudan a dimensionar, valorar y acomodar muchas obras literarias que, no necesariamente, comenzaron desde el canon literario, desde aquello que se entiende como literatura y que pretende trascender como fin estético.
Pienso ahora en la historieta, novela gráfica o cómic –estoy seguro que me equivoco en alguna de las formas de referirme a la obra, pero lo hago con el fin de enriquecer su contenido, por darle la posibilidad de ser muchas cosas, porque es una forma pertinente de tratar una obra de arte– El Eternauta publicada en el suplemento semanal Hora Cero entre 1957 y 1959; ilustrada por Solano López y escrita por H. G. Oesterheld, pues esta obra tuvo un origen no necesariamente literario, no precisamente canónico ni obligatoriamente trascendente y que es uno de los momentos más importantes en la narrativa latinoamericana del siglo XX y uno de los más deslumbrantes para quienes consumen ficción en este 2025.
El ciclo del que hablaba arriba viene en relación con el nacimiento de la propia novela, la cual alcanzó su gran popularidad durante el siglo XIX al estar pensada para complacer a los grandes públicos, en específico a las mujeres y que su pretensión estaba lejísimos de ser ni literaria, ni canónica ni trascendente; pero, la cual –la novela– con el paso de los años, y por la cantidad y sobre todo calidad de obras que fueron emergiendo, se convirtió en el Gran Género en el que se manifestaba la literatura, haciendo, de manera categórica e –sí, muy, muy– injusta a la poesía a un lado. De igual forma, el cómic y la historieta han comenzado de manera humilde y exitosa siendo para grandes públicos. Al igual que la novela que durante el siglo XX se publicó primero en los periódicos y era devorada por quienes leían con la tinta aún fresca, así nació lo que ahora podemos leer en bellísimos libros como Novela Gráfica.
El Eternauta –de argonauta, griego a cosmonauta soviético, Juan Sasturain dixit– se publica a finales de los sesenta en Buenos Aires. Cuenta la historia de un guionista de cómics argentino a quien, una noche, luego de mucho trabajo, se le materializa frente a él, de buenas a primeras en la silla de enfrente, un hombre que viene de otro tiempo, y, quien comienza a contarle su historia, que sucede en la capital de Argentina. El aparecido-narrador es un porteño que se encuentra jugando cartas con amigos cuando escuchan que ha habido una explosión desencadenada por un ataque nuclear. Poco tiempo después, comienza a caer una fina nieve que va provocando un profundo y terrible silencio en la ciudad. En poco tiempo, el narrador y sus amigos descubren que en la ciudad hay muchísima gente muerta, que aquello que cae es altamente tóxico; entonces, uno de los personajes dice: “somos robinsones que, en lugar de una isla, hemos quedado recluidos en su casa”. La historia es fascinante, adictiva, y gracias a su éxito y a la Novela Gráfica, ahora la podemos leer en una bellísima edición sin esperar las entregas del suplemento semanal. Y, por cierto, a manera de posdata, el día de ayer salió en México la adaptación de la obra en una serie de televisión de Netflix y el personaje principal es Ricardo Darín.
Así pues, la ficción que comenzó como un anexo en un suplemente semanal, es ahora una de las muestras más potentes y electrizantes de la narrativa contemporánea.
H. G. Oesterheld y Solano López, El Eternauta, Ciudad de México, Planeta, 2022. 376 páginas.