Ana Cecilia Terrazas
Marzo 29, 2025
Como cada año, desde 2012 –no hace tanto tiempo, por cierto, si la especie llamada Homo sapiens existe, según se estima, desde hace unos 300 mil años–, el 20 de marzo se celebró el Día Internacional de la Felicidad. Esta efeméride fue propuesta por la Organización de las Naciones Unidas, que desde su fundación, a mediados de los años cuarenta, propone a los países integrantes temas que deben ser de avanzada, de civilidad, de progreso, para mejorar como humanidad.
Como antecedente de esa fecha, cabe recordar que uno de los países más pequeños del planeta, Bután, diseñó desde los setenta el índice llamado Felicidad Nacional Bruta (el FNB, en contraposición al Producto Interno Bruto o PIB) que mide la calidad de vida en términos menos económico-financieros y más socio-psicológicos. Ese concepto fue propuesto por el rey de entonces, Jigme Singye Wangchuck, quien quiso contrastar lo feliz que era su población a pesar de no gozar de un PIB particularmente ejemplar. El monarca argumentaba que los butaneses, siendo tradicionalmente budistas, eran muy felices.
Quizá los motivos para la existencia de ese indicador –como ocurre con muchos de los verdaderos pasos adelante dados por las sociedades– no eran los mejores, pero el resultado fue la inserción en el imaginario mundial de una forma distinta de medir el desarrollo y el progreso, mediante algo más etéreo y muy importante: la felicidad.
Entre las dimensiones que se medían en ese incipiente FNB estaban: el bienestar psicológico, el uso del tiempo, la vitalidad de la comunidad, la cultura, la salud, la educación, la diversidad medioambiental, el nivel de vida y el gobierno. Años después, dos estudiosos –uno incluso fue acreedor del Premio Nobel, el psicólogo israelí, Daniel Kahneman– diseñaron un nuevo indicador, el “método de la reconstrucción del día”, que agregaba a las mediciones económicas tradicionales, elementos psicológicos que influyen en las decisiones y juicio de los seres humanos. Como su nombre lo indica, el método de la reconstrucción del día tiene que ver con lo que se puede recuperar de las acciones cotidianas registradas en un diario.
El Reporte Mundial de la Felicidad 2025 colocó a México en el décimo lugar entre los países más felices del mundo. Esta ubicación en el ranking mundial puede contrastar con las noticias en los medios y las perspectivas económicas para el país este año y, sin embargo, hace algo de sentido si se consideran estos tres elementos también relevantes para medir la felicidad de una sociedad: uno, si se tiene a alguien que nos acompañe en momentos de crisis, difíciles, o de gran celebración; dos, si no se siente la persona señalada o discriminada por su comunidad; y tres, si las decisiones que se toman se hacen de manera individual y libremente.
Es posible que cuando se transite de un grupo, gremio o ubicación socioeconómica y geográfica a otra, el país no sea tan amable con las y los individuos. No obstante, en términos generales, en México siempre hay un familiar, comadre o amistad que apoye con toda pasión y el cuerpo entero en casos de ser necesario. También solemos no ser necesariamente señalados o juzgados –se reitera, mientras no salgamos de ciertos meridianos y latitudes geopolíticas y sociales. Finalmente, en el caso de la toma de decisiones, las y los mexicanos no solemos vernos demasiado arrinconados para hacer o deshacer a voluntad –laboral, familiar o amistosamente. Nada de esto obvia nuestras limitaciones, fobias, clasismos, racismos ni cultura discriminatoria; solamente nos ayuda a entender por qué vivimos presuntamente más felices que las poblaciones de otros países. Por cierto, el listado del reporte en cuestión* está encabezado por Finlandia (1°), Dinamarca (2°), Islandia (3°) y Suecia (4°).
Químicamente hablando, se sabe que la gente puede producir las hormonas (que son sustancias químicas en el organismo) llamadas de la felicidad: serotonina, dopamina, endorfina y oxitocina. Y lo anterior, puede lograrse asoleándose, con la práctica regular de ejercicio, con una sana vida sexual, con disfrutar algunas actividades, juegos o hobbies, mediante la risa, la meditación y aunque suene cursi, amando a alguien. De ahí también, que los animales de compañía sean fundamentales para la vida cotidiana moderna de muchas personas, porque la caricia perpetua y el amor incondicional que recibimos y damos, nos inyecta contentura y felicidad. Es por eso por lo que quizá la fórmula para la felicidad no ha cambiado tanto con el paso de los siglos: bailar, comer, vestir, reír, amar, correr, jugar, compartir.
* https://worldhappiness-report.translate.goog/?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc
@anterrazas