EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Hacia un nuevo caudillaje

Humberto Musacchio

Noviembre 23, 2017

Todos los partidos se manejan dentro de ciertos rituales definidos por su origen y por el desarrollo mismo de las formaciones políticas. En el PRI, por ejemplo, la quema de incienso para el Presidente de la República en turno tiene tintes casi religiosos, en Acción Nacional no faltan los que se persignan antes de sus asambleas y otros actos y en el PRD los líderes cuentan el dinero y las propiedades que han acumulado.
El Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) no podía ser menos y por supuesto cuenta también con sus ritos, los que tienen en el centro la adoración hacia su líder, sumo sacerdote del culto a sí mismo, dador de vida y tirador de línea, centro de todas las esperanzas y venero de netas irrefutables, como se mostró en el IV Congreso Nacional de ese partido, donde miles de asistentes, emocionados hasta las lágrimas, siguieron atentamente el video de Epigmenio Ibarra sobre Andrés Manuel López Obrador.
Parece cosa de broma, pero por ridículo que resulte, es algo muy serio en tanto que corresponde a la ausencia de tradición democrática que marca la vida nacional, lo que en diferentes momentos ha propiciado el surgimiento de poderosos caciques que llegan a poner orden –o sólo a intentarlo– en medio del habitual caos republicano, hijo a su vez de las tendencia centrífugas que generan los poderes locales y producto también de una evidente falta de acuerdo nacional para la convivencia.
Los caudillos –o caciques, si se quiere– son construcciones sociales. Antonio López de Santa Anna se convirtió en un santón militarista al que se recurría siempre que hacía falta un milagro; Benito Juárez, de modo mucho más civilizado, se convirtió en el eje en torno al cual se alinearon los patriotas para combatir la invasión francesa; Porfirio Díaz emergió de la anarquía posjuarista y se quedó en la silla más de treinta años.
En el México posrevolucionario los cacicazgos fueron de corta duración: el de Venustiano Carranza se inició en 1913 y culminó con su asesinato en 1920; el de Álvaro Obregón fue de un cuatrienio que el sonorense quiso revivir sólo para encontrar la muerte; el de Plutarco Elías Calles, sucesor de Obregón, cobró un gran poder gracias al revólver de León Toral, lo que permitió unificar bajo un solo mando los infinitos cacicazgos generadas por la guerra civil, baste decir que a la fundación del PNR acudieron los representantes de tres mil partidos políticos, que reales o ficticios mostraban la atomización de las fuerzas revolucionarias.
Lázaro Cárdenas fue también, a su modo, un caudillo que acabó con el cacicazgo callista y construyó todo un entramado de organizaciones sociales sometido al PNR-PRM-PRI, lo que generó cacicazgos sexenales y permitió  gobernar con holgura y hasta irresponsabilidad, para lo cual se contó también con factores de legitimación como las políticas nacionalistas, las instituciones sociales y hasta ciertos jirones ciertamente históricos que, como la expropiación petrolera, aportaron el cemento ideológico que necesitaba aquella sociedad.
Pero todo por servir se acaba. La CNOP no existe, la CTM es un cadáver y la CNC menos que un zombie. Las instituciones simplemente no funcionan, como puede verse en el desastre educativo, la inseguridad, la quiebra de los membretes de salud (por más que Mikel Arriola parece ser un funcionario eficiente), una economía que desde hace siete lustros crece menos que la población y…
El país necesita ser reorganizado, se requiere revitalizar las instituciones que hoy no funcionan o de plano sustituirlas por algo nuevo capaz de llevar al país por un camino en el que se vayan resolviendo las grandes necesidades de la gente común, en el que sea paliada la desigualdad y la nación se encamine hacia un mayor crecimiento económico.
Hay dos vías para transitar hacia esos objetivos: una es la democracia, que en México carece de arraigo y hasta de pasado. Lo que tenemos no ha mostrado eficacia para ganar las conciencias y poner al país en una ruta de progreso. El otro camino es el surgimiento de un nuevo caudillo que imponga orden, que en la clase gobernante termine con el derroche comprador de opositores, que garantice la aplicación de la ley y el castigo de los corruptos, que impulse una nueva economía, despliegue las necesarias políticas sociales y haga renacer la esperanza de que las cosas pueden ser menos malas que hoy. El caudillismo es una alternativa horrorosa, pero está planteada por la realidad.