EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Hacia un sistema de salud saludable

Jesús Mendoza Zaragoza

Diciembre 14, 2020

En las últimas semanas se han dado situaciones críticas que han obligado a buscar formas para detener la pandemia, que ha ido al alza en muchos países, tanto en Europa como en Estados Unidos y América Latina. En México también enfrentamos un elevado número de contagios, decesos que no bajan y saturación de la capacidad hospitalaria. Los gobiernos encabezan estrategias orientadas a obtener la colaboración de la población para lograr el control del problema. Tal parece que ese control no llega y el escenario se muestra incierto y de muy alto riesgo. Ni los gobiernos aciertan en sus decisiones relacionadas con la salud pública ni la población está colaborando lo suficiente para superar la crisis sanitaria. Solo basta ver las aglomeraciones que día a día se forman en las calles y en los mercados, sobre todo.
La alta dificultad para la colaboración de la población está pesando mucho, no solo en México sino en muchos otros países. Ante los llamados de las autoridades a asumir las medidas de prevención sanitaria hay oídos sordos de una buena parte de la población. No hay argumento que les convenza sobre la necesidad de cuidarse y de cuidar a los demás. La necesidad de la salud no se ha asimilado de manera decisiva, mientras que otras necesidades están siendo más poderosas para orientar las conductas y para tomar las decisiones, tales como la necesidad de la socialización, la del trabajo, la del esparcimiento y otras más. Gran parte de la población no está colaborando porque carece del sentido de la solidaridad, del cuidado y de la participación. Si las personas no piensan en los demás o no tienen capacidades empáticas, no saben tomar buenas decisiones y no saben hacer un uso constructivo de su libertad. Habrá que seguir lidiando con esta situación tan problemática para la contención de la crisis sanitaria.
Otro asunto complementario está en los difíciles dilemas que enfrentan los gobiernos que, en algunos casos, no muestran la capacidad para enfrentarlos, sobre todo con habilidades humanitarias. Una crisis requiere de habilidades propias, más allá de las estrictamente políticas. Habilidades para mantener el contacto con la realidad, para detectar el potencial de colaboración de la población, para afrontar dilemas éticos como el que se refiere a la contradicción entre economía y salud o, de manera más precisa, entre el sistema de salud y el modelo económico excluyente que tenemos. El modo tradicional de hacer política, desligado del bien común de la gente y encarrilado a obtener y mantener el poder, ha sido más una dificultad que un apoyo para la población en todo sentido. Y se hace más visible en tiempos de crisis.
Tenemos, en este contexto, dos grandes actores: los gobiernos y los ciudadanos. Cuando hablamos de gobiernos hablamos de los tres poderes y hablamos también de todos sus ámbitos. Los gobiernos necesitan estar alineados en una misma dirección y para ello se requiere un buen nivel de madurez política para que haya coordinación, subsidiariedad y colaboración. Se necesitan políticas de Estado y no decisiones arbitrarias para favorecer a facciones o a grupos de poder. Y cuando hablamos de los ciudadanos, estamos refiriéndonos a eso, a personas que se reconocen responsables de lo público en el horizonte del bien común, a personas que han desarrollado su capacidad de participación en la comunidad y aportan su parte correspondiente en la solución de los problemas que aquejan a la sociedad.
Un sistema de salud eficaz requiere de la conjunción de ambos, de gobiernos y de ciudadanos. De esta manera se van colocando todas las condiciones objetivas y subjetivas que, de ordinario, confluyen en soluciones de fondo. Las condiciones objetivas se refieren a los programas de prevención y de curación, a la infraestructura hospitalaria, al personal médico y de enfermería, al acceso universal a la salud, a los procesos educativos de la población, a las campañas y a la atención a situaciones críticas. Es evidente que al Estado le toca establecer todas estas condiciones objetivas para que todo el mundo tenga acceso a la salud.
Pero esto no es suficiente. Hay que añadir las condiciones subjetivas para la salud, que se refieren a las relacionadas con las personas. Podemos tener todas las condiciones objetivas, como un magnífico hospital equipado con la más alta tecnología y con personal médico altamente capacitado, pero si las personas no colaboran, de nada sirve. Nos encontramos ante lo que se suele llamar desarrollo humano, en cuanto que las personas cuenten con las capacidades y habilidades para cultivar la salud y para tomar buenas decisiones ante sus enfermedades. En este sentido, todo lo que se llama prevención, tendría que estar ya en la conciencia personal. Por ejemplo, ¿cómo prevenir las adicciones desde las familias, desde las escuelas y desde la vida de comunidad? Estamos ante una gran tarea educativa y ante la necesidad de saneamiento de las relaciones humanas y comunitarias. De esta forma, cada persona se convierte en responsable de su propia salud y la de su comunidad. Y, de esa manera, estaríamos ante una ciudadanía para la salud, que tanta falta nos hace. Los ciudadanos podremos tomar buenas decisiones relacionadas con la salud, en torno a la alimentación, al deporte, a las buenas relaciones familiares y al desarrollo del espíritu.
Solo quiero terminar señalando que cuando hablamos de la salud nos referimos a la salud integral que vincula de manera íntima la salud del cuerpo, de la mente y del espíritu. Por eso, el desarrollo de las personas sanas va a redundar en mejores condiciones de vida para todos, en un desarrollo integral y sostenible en la economía y en avances para la democracia, para la paz y para el bien común.
¿Por qué no poner las bases de un sistema de salud eficaz, como condición para la justicia y para la paz? Con personas saludables e instituciones de salud saludables, es posible.