Adán Ramírez Serret
Marzo 28, 2025
Para la Banda Lectora.
Han Kang (Gwangju, Corea del Sur, 1970) fue una gran y hermosa sorpresa cuando el pasado octubre de 2024 le otorgaron el Premio Nobel de Literatura: se abría una ventana a otra literatura y a una maravillosa escritora. Sorprendió por ser muy joven, por supuesto, también por no ser tan conocida y, sin duda, por la calidad de su escritura. Entre sus novelas más importantes están La vegetariana, Imposible decir adiós y Actos humanos, pero, para mí, mi favorita es La clase de griego. Una obra que es al mismo tiempo una profunda crítica al lenguaje, un homenaje a sus posibilidades y carencias. Una serie de tristes acontecimientos que desembocan en una profunda reflexión y respuesta sobre el lenguaje, sobre las posibilidades de comunicarse entre los seres humanos.
La premisa de La vegetariana se parece bastante a la de La clase de griego: en la primera, un buen día una mujer tiene pesadillas relacionadas con la carne y decide no volver a comer nada animal nunca más. En la segunda, una mujer deja de hablar de un momento a otro, ya le había sucedido en la infancia: en algún momento dejó de poder hablar su lengua materna, el coreano, y la recuperó durante una clase de francés; cuando vio escrita la palabra Bibliothèque, pudo recuperar la posibilidad de hablar y escribir. Ahora, durante su edad adulta, le vuelve a ocurrir que pierde la posibilidad del lenguaje, no puede hablar ni escribir, el trauma es fuerte, pierde toda funcionalidad social, por lo que decide estudiar griego clásico.
Su mutismo tiene mucho de particular y de riqueza narrativa, pues nos habla de la imposibilidad de pensar en su idioma, porque entrar en sus palabras, en las del coreano, en las grafías, acústica y significado, le hace daño, por lo que su intuición le dice que busque un idioma muy lejano y que haya muerto hace muchos años. “El lenguaje se fue deteriorando en el transcurso de miles de años, desgastando por el uso de incontables lenguas y plu-mas. Ella misma lo fue dete-riorando a lo largo de su vida, con su propia lengua y su propia plu-ma. Cada vez que empezaba a escribir una oración, notaba su co-razón gastado; su corazón remen-dado, consumido, inexpresivo”. Esto se vuelve aún más interesan-te y estresante, ya que, durante su primera infancia, ella fue una virtuosa de la lengua, aprendió a leer sola además de que amaba las grafías, intuía significados que luego confrontaba con el dic-cionario y la hacía profundamente feliz este ejercicio.
Como dice el título de la novela, un momento importante de la historia es la propia clase de griego, en donde el profesor le explica a un pequeño grupo los pronombres, los tiempos y los sustantivos del griego clásico. En algún momento, el profesor le pide que lea, ella está allí por su mutismo, por lo que se congela y nadie sabe qué hacer, así que decide huir. Resplandece el sentido de extrañeza que se hace cada vez más profundo según avanza la historia del propio profesor de griego, quien es virtuoso en los idiomas, pero que está cada vez más afectado por una corta visión que, tarde o temprano, lo llevará a la ceguera.
Así que la historia va avanzando, brazada a brazada, con la historia de ella que no puede hablar y la de él que casi no puede ver. Metáforas de dos de los elementos más preciosos, o eso pensamos, para la comunicación humana: la vista y la voz. Según avanza la novela el propio lenguaje de ésta se va fragmentando, haciéndose cada vez de más imágenes, más acústico, más poético. La tensión es magnífica, pues ¿cómo se puede comunicar alguien que no ve con alguien que no puede hablar? Es una gran crítica al lenguaje a la vez que una exploración para dar un paso hacia otras posibilidades de la comunicación, que pueden darse en el silencio y la oscuridad, ¿Qué hay? ¿Qué permanece en los humanos para poder expresarse? Son algunas de las preguntas con las que discute esta novela y que, por supuesto, resuelve con imágenes, metáforas y cuerpo.
Han Kang, La clase de griego, Ciudad de México, Random House, 2025. 173 páginas.