EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Hay ausencias que triunfan

Anituy Rebolledo Ayerdi

Abril 26, 2007

(Segunda de tres partes)

Ayotzinapa

Álvaro Carrillo fue ayotzinapo, adjetivo identificado hoy por algunos sectores con el de
talibán. Estudió únicamente dos años en la heroica escuela Normal guerrerense y esos
bastaron para afianzar su vocación no por la enseñanza sino por la música. Responsables
de ello fueron sus maestros Antonio I Delgado y doña Francisca Astudillo de Delgado.
Nacido en Chilapa, Antonio I. Delgado es uno de los compositores guerrerenses más
genuinos y entre sus obras figuran Guerrero es una cajita, Refresquerita de Iguala (con
letra del maestro Raúl Isidro Burgos), Evocación, Chilpancingueña y el vals Río azul, tan
hermoso como el Danubio.
(El escritor y periodista Jaime López Jiménez adjudica a la profesora Astudillo, ya viuda de
Delgado, una anécdota de su esposo en torno a Carrillo y su canción Sabor a mí. Al
escucharla por primer vez en Chilpancingo, don Antonio habría exclamado: “¡A puro mezcal!
¿ a qué otra cosa? ¡A mezcal olían Álvaro y todos sus compañeros en la clase de solfeo!”).
El maestro Hipólito Cárdenas, director de Ayotzinapa en los años del cardenismo, será otra
influencia poderosa en la vida de Carrillo Alarcón. Ingeniero agrónomo él mismo, le
propone y facilita el estudio de esa carrera en la Escuela Nacional de Agricultura en
Chapingo. El muchacho acepta sin pensarlo dos veces pues está decidido “a ser alguien
en la vida”. Se titula como tal y al dejar la escuela escribe un sentido adiós que será himno
de la institución.
Mientras estudia, el joven veinteañero incursiona en la intensa cuanto peligrosa vida
nocturna de la ciudad de México. Se echa la “paloma” en varios tugurios del centro
capitalino, siempre acompañado por su guitarra. Primero es El Sarape, de las calles del
Carmen y Venezuela, propiedad de su amigo Pedro de la Cruz Salinas, luego en La Metralla
y más tarde sabrá Dios. La última presentación profesional de Álvaro será varias décadas
más tarde en el Cardini Internacional de Ciudad Juárez, Chihuahua.
El propio Pedro de la Cruz y Mateo Aguirre López, de Ometepec, forman parte entonces del
grupo protector del Inge de Cacahuatepec. Antes, en Chapingo, lo habían sido su paisano
el profesor Fidel Gallardo Arellano, asesinado en este puerto siendo director de la escuela
Manuel M. Acosta, y Eleazar Jiménez Jiménez, de Tacubaya, Oaxaca. Este último y Carrillo
habían ingresado juntos a Chapingo.

ENA

La veneración de Álvaro por la Escuela Nacional de Agricultura lo llevará a bautizar a su
primera hija como ENA, las siglas de su alma mater, Ena Marisa. Georgina Lorena, será la
segunda. Los varones, sobrevivientes del accidente, según ya se dijo: Pedro Álvaro y Mario
Alberto.
Alvaro Carrillo muere a los 49 años en la plenitud de su existencia y de una poderosa
capacidad creadora. Apenas trece años atrás había roto con la agronomía por conducto de
la Comisión Nacional del Maíz. Una decisión nada fácil pero que deberá asumir porque así
lo exigían las circunstancias. Y no era por el qué dirán. Si bien nunca sería lo mismo un
“señor ingeniero” que un “humilde cancionero”, pudo más en él sentimiento que la ciencia.
Ganaron así la música mexicana, el bolero particularmente, además de millones de
románticos sobrevivientes de un cataclismo de chabacanería seudomusical.
Luego de Celia, su primer tema nunca comercializado, el compositor oaxaqueño arranca
de lleno su carrera artística con el bolero Amor mío. Lo graba por primera vez el trío Los
Duendes, del que forma parte el joven cantante Pepe Jara, quien será más tarde intérprete
y amigo inseparable del autor.
La estructura original y novedosa de Amor mío, con una cadencia totalmente distinta a los
boleros antiguos, asombra al mundo de la música y entroniza de nuevo al bolero en el
gusto mexicano. La fórmula carrillista será determinante en la guerra de la música nuestra
contra la hegemonía de los ritmos extranjeros. Esto ya muy entrada la segunda mitad del
siglo XX.

Amor mío

El compositor y musicólogo chileno- mexicano Juan S. Garrido (Noche de luna en Jalapa y
las rondas En el agua clara y Juan Pirulero) analiza el caso de Amor mío. Sólo para
músicos, se entiende.
“Carrillo usó la misma forma tradicional del bolero correspondiente a la fórmula de la
canción europea occidental: 32 compases divididos en cuatro secciones. En Amor mío la
construcción es A-A-B-A, utilizando ocho compases para cada sección. Los primeros ocho
compases están divididos en dos frases o expresiones que podríamos llamar el leit-motiv,
y se repite en las siguientes ocho compases sin más modificación que su terminación en
tónica, en este caso Si bemol. La forma B es rica en modulaciones armónicas
descendentes que, con talento intuitivo, hace enlazar con la sexta de Mi bemol mayor que
inicia el primer tema y termina en la tónica, un procedimiento lógico”.

Amor mío, tu rostro querido
no sabe guardar secretos de amor;
ya me dijo que estoy en la gloria
de tu intimidad

No hace falta decir que me quieres,
no me vuelvas loco con esa verdad
no lo digas, no hagas que llore
de felicidad

Cuánta envidia se va a despertar,
cuántos ojos nos van a mirar:
la alegría de todas mis horas
prefiero pasarlas en la intimidad…

Olvidaba decir que te amo
con todas las fuerzas que el alma me da;
quien no ha amado, que no diga nunca
que vivió jamás.

Al tú por tú

No obstante su introversión, su franca timidez, Álvaro Carrillo se hablará entonces de tú con
las vacas sagradas de la intelectualidad musical. No le sacará al parche cuando Roberto
Cantoral avasalle en 1957 con El reloj, La barca y Tu condena. Tampoco cuando el maese
Vicente Garrido (¡me pongo de pie!) publique Te me olvidas y Todo y nada. El responderá
con balas de oro: Eso, Sabrá Dios, Un minuto de amor, Cancionero y Ya vivimos.
El lanzamiento artístico del hombre de Cacahuatepec coincide con la desaparición de
Pedro Infante. Es seguro que la obra del Andariego hubieran alcanzado en su voz del ídolo
una más rápida consolidación. Otro fenómeno de aquél momento fue el malogrado Javier
Solís, cantando el bolero acompañado con mariachi. La fórmula será bautizada como
bolero ranchero, dando al señor Augusto Turrubiates Aguado (verdadero nombre del
cantante) una impresionante idolatría posmortem.
Vendrán en 1958 las canciones rancheras Gallo corriente, grabada por el Charro Avitia, y
Eso merece un trago, por Miguel Aceves Mejía. Carrillo entabla con Cuco Sánchez un duelo
desigual pues este lo arrasa con No soy monedita de oro. Los boleros Allá tú y De qué
sirvió quererte, nada tendrán que hacer frente a La Puerta, de Luis Demetrio; Una semana
sin ti, de Vicente Garrido; Cuatro palabras, de Federico Baena; Regálame esta noche, de
Roberto Cantoral y Gema, de Guicho Cisneros.
Álvaro cierra espectacularmente los años cincuenta con Sabor a mí, una de sus cumbres
más elevadas, y Luz de luna, el vals peruano más hermoso jamás escuchado incluso en
Perú. También los boleros No te vayas, no y Mi camino.
La competencia es rudísima y sin concesiones. El magister Agustín Lara da señales de
vida con Tengo ganas de un beso; Enrique Fabregat planta su Jacaranda, todavía
reverdeciente. Consuelo Velázquez declara su Tenaz obsesión y Guicho Cisneros mata
con una tercia: Alma de cristal, Como un duende y Tres regalos.

Los extranjeros

La guerra en el cuadrante radiofónico y en las sinfonolas no es menos feroz. Ya entrados
los años sesenta se escuchan a toda hora a Los Rolling Stones y a Los Beatles. Resultan
imprescindibles Aznavour, Vilard, Beacaud, Mondugno y Algueró entre muchos otros.
La Sociedad de Autores y Compositores responde a la invasión extranjera con estímulos a
la producción nacional. Uno de ellos es el Primer Gran Festival Mexicano de la Canción,
con jugosa bolsa económica. El gran triunfador resulta Federico Baena con su canción ¡Ay
cariño!, dejando a atrás a creadores como Armando Domínguez, Chucho Monge, Armando
Manzanero, Roberto Cantoral y Miguel Pous. Álvaro Carrillo negó haber inscrito ninguna
canción.