EL-SUR

Sábado 13 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

¿Hay remedio contra la pobreza y la desigualdad?

Silvestre Pacheco León

Enero 31, 2022

En la semana pasada la prensa publicó el informe de la Comisión Económica para América Latina (Cepal) correspondiente al año 2021, en el que se destaca que en esta región del mundo que incluye a los países del Caribe, la pobreza creció en poco más del 6 por ciento, acicateada por la pandemia, pasando de 81 a 86 millones de pobres.
El organismo que depende de la ONU es dirigido por la mexicana Alicia Bárcena quien en su informe hace referencia a que el mayor impacto en el crecimiento de la pobreza se produce en el medio rural, área donde se concentra la pobreza extrema, seguida, suponemos, de la urbana en la periferia de las ciudades donde crece la pobreza a secas.
El informe señala que comparada por sexos la pobreza afecta más a las mujeres porque en este sector más del 24 por ciento no percibió ingresos en el año pasado mientras los hombres que vivieron la misma situación fueron el 13 por ciento.
El hecho incontrovertible es que en términos generales la pobreza avanza inexorable y se cierne como amenaza para desestabilizar a cualquier gobierno, por eso no deja de ser curioso que en el discurso se insista en el crecimiento económico como si mecánicamente eso resolviera el problema de la pobreza y la desigualdad.
Por eso para seguir en ese engaño los gobiernos ocultan las políticas redistributivas que son las que van encaminadas a enfrentar la brecha que se quiere angostar y hablan mejor de la promoción de la inversión externa en la falsa idea de que es la solución de esos males.
Existe una gran enajenación en las sociedades de los países dependientes de los que habla la Cepal que ven en la inversión extranjera la panacea de ese mal que parece incurable. Así deja en manos del capital trasnacional algo en lo que muy pocos han pensado, la riqueza de los recursos naturales y la mano de obra de los millones de pobres dispuestos a los mayores sacrificios para ser explotados.
Pero ningún país quiere escapar al destino manifiesto que el uruguayo Eduardo Galeano nos cuenta en su libro Las venas abiertas de América Latina. El saqueo a favor de Norteamérica, después de los europeos ha sido la historia de todos nuestros países, bueno también del capital inglés, del holandés y del español.
Lo hemos visto en el tema del petróleo bajo el esquema de la reforma energética de Enrique Peña Nieto, con el engaño mayúsculo de que se requería de la inversión externa para sacar de las aguas profundas el tesoro enterrado en el golfo de México.
La riqueza petrolera entregada en lotes concesionados a los consorcios que imponen el precio en el mercado mundial sin que a la fecha invirtieran un peso para la extracción, sólo con el propósito de desplazar a Pemex y quedarse como dueños de las reservas petroleras.
Lo mismo que sucedió con la apertura del campo de la energía renovable con lo que se favoreció a las empresas trasnacionales que bajo el argumento de ayudar al medio ambiente, pretendían adueñarse del mercado, desplazando a la CFE.
Con esa manera de sanar su conciencia los países subdesarrollados o dependientes ofrecen las perlas de la virgen al capital trasnacional para radicarse en sus países a sabiendas de que esas inversiones no se darán pensando en favorecerlo sino solo en su provecho particular. El capital no tiene patria ni sentimientos, y si nos atenemos a lo que opinan sus dueños, quienes se han hecho inmensamente ricos aprovechándose de la pandemia del coronavirus, los cuales lejos de hacer algo por nuestro planeta están invirtiendo para irse a poblar Marte porque miran que la tierra no tiene salvación.
En Las venas abiertas, unos de los muchos datos que ilustran lo dicho aquí, el uruguayo Eduardo Galeano lo reseña con la información de que en el período 1950-67 las inversiones norteamericanas en América Latina totalizaron, sin incluir las utilidades reinvertidas, 3 mil 921 millones de dólares y de ellos se remitieron a sus matrices en el exterior durante el mismo período 12 mil 819 millones, más de tres veces lo invertido.
Aunque se sepa, hay que repetirlo, que las inversiones se hacen para obtener utilidades, las cuales se alimentan de la explotación tanto de los recursos naturales como de la fuerza laboral, dos elementos que constituyen la mayor y más valiosa reserva de energía de un país. Así es como se reproduce el modelo capitalista que tiene domesticados a todos los gobiernos de la región.
Por eso resulta un contrasentido, o un doble pecado como diría el obispo de Chilpancingo, que los gobiernos enajenen en beneficio del capital trasnacional los recursos más valiosos que tienen en abundancia, solo porque se les ha secado la sesera para pensar que bien puede ser el Estado el que destine más presupuesto para aprovechar internamente eso que abunda en el país y así comenzar a construir una sociedad de iguales, con empleos decorosos para todos, hechos a la medida del ingenio y de los recursos de cada quien, cuidando entre todos los recursos que la naturaleza nos ha dado, pues solamente así se abatirá la brecha de la pobreza que, de otro modo, se seguirá extendiendo independientemente del crecimiento de la economía sólo en beneficio del capital.
En México como en la mayoría de los países, hasta el gobierno que tiene como lema “Primero los pobres” parece más obsesionado por el crecimiento económico que en la efectividad de su política redistributiva la cual de todos modos se va extendiendo como ejemplo a seguir más allá de nuestras fronteras pero que se debería aprovechar más internamente como modelo en cada estado de la república.
¿Por qué en Guerrero no se toma en cuenta esta realidad y comenzamos a revertir la situación de tanta pobreza atendiendo lo que proponen las organizaciones indígenas y campesinas?
Se deberían manejar como una sola masa de recursos destinados al campo los que llegan de la federación y los generados por el presupuesto estatal para potenciar la inversión atendiendo las demandas de organizaciones sociales y productivas como Tlachinollan y la Coordinadora de Comisariados Ejidales y Comunales.
El detonador del desarrollo interno puede ser la organización comunitaria para la construcción de los caminos en la Montaña anunciados recientemente. Eso impactará a la emigración y fortalecerá el mercado interno en las regiones.
Si se pueden generar empleos para hombres y mujeres construyendo las carreteras, se podría continuar con las pequeñas obras de riego, las redes de agua potable, los edificios escolares y centros de salud, junto con la agricultura que provee de alimentos básicos a la población y el aliento a cultivos como el café, el mango, el coco y la jamaica.
Tenemos en el campo una oportunidad que no se debe perder, una energía emergente representada en la esperanza de cambio que se ha expresado en las recientes elecciones.
Es en el campo donde el Estado tiene que invertir porque allí es donde viven los pobres en extremo y son quienes pueden transformar su realidad y de paso ayudar a los de la periferia en las ciudades.
Está bien atender cotidianamente el problema de la inseguridad en las mesas de concertación de la paz para generar confianza y lograr el apoyo de la sociedad en el combate al crimen organizado, pero al mismo tiempo impulsar a los pobres, acompañarlos en las empresas del cambio que eso es lo más eficaz para combatir la pobreza y la desigualdad.