EL-SUR

Miércoles 17 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Heleodoro

Silvestre Pacheco León

Agosto 11, 2025

Lo conocí cuando tuve necesidad de un plomero para resolver el problema de una fuga de agua en mi casa. Me lo recomendó una señora que tenía buena opinión de él y de su trabajo, por eso lo busqué, lo encontré, me atendió y nos entendimos en el precio y en el plazo para hacer el trabajo.
Esta es la historia de mi amigo Heleodoro que nació en un pueblo muy pequeño pegado al Filo mayor, en la sierra de Zihuatanejo, cerca de Vallecitos. “Hasta el nombre de mi pueblo se me olvidó”, me dijo cuando le pregunté su origen y después entendí a lo que se refería con el “olvido”.
Procedía de una familia muy arraigada al trabajo del campo y nunca pensó, como los jóvenes de su pueblo, buscar la vida en Estados Unidos cruzando ilegalmente la frontera en cuanto cumplían la mayoría de edad.
En su pueblo no tuvo tiempo de terminar la primaria con un maestro del INEA porque su mamá lo mandó a Zihuatanejo en la primera oportunidad que tuvo para evitarle el triste final que habían tenido su esposo y el hijo mayor. Al papá de Heleodoro lo habían matado hacía pocos años y su hermano mayor andaba huyendo porque se dedicó a cobrar venganza de esa muerte.
En Zihuatanejo Heleodoro se alojó con unos parientes que le ofrecieron techo, comida y hasta un trabajo como chalán en el que aprendió el manejo de las herramientas y luego se convirtió en oficial de electricidad y plomería, al grado que en poco tiempo se pudo independizar montando su propio negocio de mantenimiento de casas.
Después se casó, construyó su propia casa y tuvo dos hijos y una hija. Nunca le dio por regresar a su pueblo porque decía que le traía “puros malos recuerdos”, que el ambiente no era agradable para sus hijos porque allá desde niños aprendían el manejo de las armas, y andar armados era la forma de vivir. “En un rato la gente se mata por cualquier cosa”, decía recordando que su padre murió asesinado después de una discusión que se originó en un juego de pelota.
Cuando recibía la visita de su mamá Heleodoro no se cansaba de agradecerle la oportunidad que le había dado para dejar el pueblo porque “puras malas noticias” le llevaba. “Bueno, también me trae comidas y antojos de allá”, me decía presumiendo.
Comentaba que a sus hijos les hacía gracia cuando les recordaba la suerte de que la mayoría de los jóvenes pensaran que su futuro estaba en Estados Unidos, “porque así nos dejan a nosotros todo el trabajo que hay aquí”, decía riéndose.
“Yo desde niños les hice ver a mis hijos que si querían escuela les ayudaría para que estudiaran pero si no, conmigo nunca sufrirían de falta de trabajo y que les iba a enseñar todo lo que yo sabía para que aprendieran a ganarse la vida, como yo lo hice desde jovencito. Por eso dos crecieron aprendiendo el oficio, “y mire, aquí están chambeando y ganando bien conmigo” platicaba orgulloso.
Heleodoro y yo platicábamos muy a gusto cada vez que nos veíamos, a lo mejor por el origen campesino de ambos. Era buen conversador, con el estilo muy propio de la gente del campo, dicharachero y amable, con un ingenio propio de quienes han vivido del campo, entre burlista y presumido, pero muy responsable para el trabajo, muy hecho ya a la vida costeña, pero sin ningún vicio, siempre dedicado al trabajo. Lo que más le atraía era la pesca como pasatiempo en sus días de descanso.
Recuerdo una mala experiencia que vivió en su trabajo. Me platicó que un día que estaba instalando un ventilador, el dueño de la casa le dijo que lo habían ido a buscar de una dirección en el mismo fraccionamiento porque querían sus servicios, y que si podía fuera allá cuando se hubiera desocupado, y así lo hizo. Llegó a la casa y le abrió la puerta un muchacho con finta ajena al vecindario, quien le explicó que le urgía que arreglara la conexión eléctrica y el cambio de un foco en la recámara. Pero cuando se puso a trabajar descubrió que había un arsenal de armas, y no quiso saber más porque el descubrimiento lo puso nervioso. Hizo a prisa el trabajo para irse pero el muchacho que lo recibió le dijo que tenía que esperar a su jefe para que le pagara y a pesar de que él le insistió que tenía prisa y que después podía ir por la paga, fue obligado a esperar hasta casi al anochecer cuando llegaron cuatro personas en una camioneta y con ellos venía el jefe, quien luego de verificar el trabajo le pagó mil pesos, advirtiéndole con la pistola en la mano que tuviera discreción sobre lo que había visto si no quería meterse en problemas. “Era una casa de seguridad que la “maña” dejó cuando la Semar se hizo cargo de la seguridad en Zihuatanejo.
Recuerdo que cuando me lo platicó me dijo que él tenía mucho cuidado con sus hijos para evitar que anduvieran en malos pasos, orientándolos y aconsejándolos siempre para que no dejaran el buen camino.
Como a Heleodoro le iba bien con su negocio, aparte de construir su casa compró un coche y una motocicleta. El coche lo usaba para transportar su material y la herramienta a sus lugares de trabajo. La moto era para mandados rápidos y sobre todo para llevar a su hija a la escuela todas las mañanas.
Dejé de verlo a finales del año pasado, hasta que después de un paseo largo tuve necesidad de su servicio. Supe que su hijo mayor había muerto en un accidente de motocicleta en una competencia de carreras y pensé que aprovecharía para darle el pésame, por eso recurriendo a nuestro método para comunicarnos se me hizo fácil dejarle un mensaje de voz para que fuera a la casa a revisar el estado de una bomba eléctrica, pero se me hizo raro que se tardara en contestar. Al otro día vi un mensaje en el que decía que no era Heleodoro sino su hijo quien contestaba porque su papá no podía, que si me urgía el trabajo él podía hacerse cargo.
Como no tuve inconveniente, al otro día que llegó el hijo a la casa le pregunté por su papá y fue así como me platicó de la tragedia por la que había pasado la familia meses atrás.
Me dijo que su papá seguía con su rutina de llevar todos los días a su hija temprano a la escuela hasta que un día se le juntaron los compromisos, porque precisamente cuando debía llevar refacciones y su herramienta para el trabajo, su mujer le pidió que la llevara al mercado, por eso preparó el carro con anticipación, y luego de dejar a la hija en la escuela tomó el camino al centro del puerto pero no alcanzó a pasar el canal de aguas pluviales, porque justo al llegar al puente el semáforo se puso en rojo y en cuanto él se detuvo, un sujeto se le acercó y le apuntó a la cabeza con una pistola urgiéndole que se bajara y le entregara las llaves del carro porque se lo iba a llevar.
Con su calma habitual Heleodoro obedeció, bajó del carro con las manos arriba y le dijo que no había problema, que sólo le pedía que le permitiera a su mujer bajar la bolsa de mandado, que venía en el asiento trasero. Así que la señora asustada y nerviosa bajó del carro, pero no hizo los movimientos con la rapidez que ordenaba el malhechor quien ante la tardanza y el semáforo en verde comenzó a gritarle improperios para que se apurara. Eso fue lo que detonó el coraje de Heleodoro quien no soportó el maltrato a su mujer e indignado confrontó al asaltante con la idea de desarmarlo, recibiendo como respuesta toda la descarga de la pistola que lo dejó tirado junto a la puerta del carro, moribundo, sin poder llegar con vida al hospital mientras el homicida huía corriendo en sentido contrario frente al azoro de los transeúntes que hasta entonces se percataron del asalto.
Después de escuchar lo sucedido de la voz del hijo con la misma entereza que le conocí a su padre, le di el pésame no sin cierto consuelo de que su mamá haya muerto antes que él para no sufrir la pena de vivir el triste y dramático fin de su familia.