EL-SUR

Sábado 13 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Hidalgo

Florencio Salazar

Septiembre 22, 2025

A Guadalupe e Hidalgo Alejandro,
A la memoria de Smerzlina.

Te avisó de su partida, no lo creíste. Hablaron con la cadencia de una conversación primera, entrecortada por la sonrisa amistosa. “Yo, como Neruda: confieso que he vivido”. Recordaste las memorias del poeta chileno. Luego siguiendo el tren de la plática: “Lo que venga es bueno”. Clara su voz, sereno su semblante, recordaron momentos familiares de pozole y vino verdejo portugués o tinto español –¡qué sibaritas!–, y de paisajes recorridos. Para despedirte, le besaste la frente. Te miró con la tranquilidad de una hoja sin viento.
Y hoy, domingo 21 de septiembre, 17:00 horas, aproximadamente, me llama mi hijo. Veo su nombre en la pantalla del celular, no escucho bien, apago la bocina. ¿Qué dices? Comprendo que sí nos estábamos despidiendo. El viento arrancó la hoja.
Hace unos meses nos encontramos en un centro comercial, la charla fue breve. Hace unos días le llamé. Tres, cinco, ocho timbrazos. “Buenooo”. Oye –dije– ya sal de tu agujero, ¿cuándo nos vemos? En mis oídos todavía está rebotando su risa: “Cuando quieras, tú eres el ocupado”. Quedamos para este sábado. Nos vimos antes. Fue hospitalizado de urgencia; lo visité el viernes. Comentó que lo trasladarían a la Ciudad de México.
Se piensa tanto sobre la vida que se vuelve incomprensible. Nacer, vivir y morir son los tres grandes misterios de la existencia. Origen, destino, el ser en la nada… ¿Cómo saber que aquellos eran los últimos minutos contigo, las últimas horas antes de que abandonaras tu cuerpo? Tu cuerpo que será cenizas, cenizas que volverán a la tierra, nutrientes para la savia, árboles, frutos, semillas para seguir el ciclo infinito en el vientre insondable.
“Lo que venga es bueno”, repetiste. A ti, que te ponía como mar arisco la sola idea de ser inyectado, me negué a reconocer, por la tranquilidad de tus palabras, el grave estado de tu salud.
Parientes políticos, compadres, por encima de todo, amigos. Amigos de frecuente trato y pausas prolongadas. Advierto que la edad no se mide por años, sino por los amigos que parten. Las emociones se sacuden por las pérdidas. Sabemos que estamos en el deslizamiento de la curva, pero fingimos ignorar. Cada lapso de lo que fuimos y podamos ser tiene propósitos determinados. Imposible repetir el pasado. Podemos tener nuevos sueños, pero no repetirlos.
Al volver la mirada a tu serenidad, pienso que esa debe ser la sabiduría: partir sin temor y sin prisa. Esperar con el corazón en paz. Las peripecias, los ideales, los desafíos, los esfuerzos, los errores, los aciertos, las pasiones, el amor… ¿La vida está hecha de otros materiales?
Antes de que lo «infinitamente pequeño» perezca en tu cuerpo mortecino, se habrá evaporado tu sangre y bocanadas de un humo, intensamente negro, saldrá de los blancos huesos.
Terminó para ti el tráfago cotidiano; impecable, cerraste la jornada. Toda la agitación en el trabajo, los raudos viajes del negocio, las travesías –como travesuras– de trenes y aviones, terminaron.
Tu alma ya estará en el mullido sillón de tu espacio de libros, discos, colecciones de postales, timbres, figuras diminutas, álbumes, del cual dije que era más que una biblioteca y tú, con humor sorpresivo, pusiste una placa: Mugroteca Hidalgo.
Y tu espíritu –junto con los de quienes siempre te han querido– Hidalgo Mondragón Castañón, vivirá en la asombrosa mirada del Ojo Divino.