Silvestre Pacheco León
Diciembre 08, 2025
El sábado 29 de noviembre no realicé mi caminata matutina de costumbre de costumbre a la bahía, porque ese día el equipo de divulgación científica que hemos creado en Zihuatanejo nos correspondía acompañar, dentro del espacio cultural del Ecotianguis, a la bióloga especialista en geología, Lizbeth García quien abordaría el tema de la importancia que tienen las rocas.
Yo tenía interés particular de escuchar a Lizbeth porque en mis paseos a las playas de la bahía de Zihuatanejo tengo preferencia por esa parte del cerro de la Ropa desprendida por la fuerza de las olas que ahora yace despedazada dentro de la bahía formando una pedreguera.
Por eso cuando escuché a la bióloga explicar la importancia de conocer las rocas para entender cómo se fue conformando nuestro entorno entendí que más allá de la apariencia superficial de tamaños, colores, texturas y figuras, estas son como parte de un rompecabezas que los estudiosos tienen la tarea de armar para interpretar el origen del mundo.
Dice Lizbeth García que en México existen varios campos o terrenos diferentes de rocas en el litoral, como el Maya, el de la Mixteca y el de Guerrero. Éste último comprende desde Bahía de Banderas en Nayarit hasta Tecpan de Galeana, y que se llama terreno compuesto o subcampo el formado por Zihuatanejo donde dice que hace 145 millones de años la actividad tectónica provocó que un “arco” de islas alejadas de la costa se unieran al continente por efecto del movimiento de las placas tectónicas. Explicó que la placa de Cocos en ese movimiento tectónico cuando tiembla se hunde bajo la Continental, eso explica el tono oscuro de las rocas en la bahía que antes fueron lava volcánica.
En la Pedreguera he visto rocas de capas verdes que ahora sé que se trata de la ceniza volcánica, lo cual amplía mi imaginación sobre el origen de esta formación geológica que conocemos como bahía de Zihuatanejo y también me incita a participar en la formación de esa colección de rocas propias de nuestro campo que se pretende exhibir para el mayor conocimiento de la población local, y desde ahora veo con otros ojos mi entorno pues, como dice Eric Rams, si las rocas hablaran, cuántas historias nos podrían platicar.
En la playa de la Pedreguera cualquier observador interesado en conocer la diferencia entre rocas y piedras puede aprenderlo a simple vista a partir de la definición de que las primeras son las que aún se encuentran ancladas o enterradas, y las segundas son sus fragmentos que ya han sido pulidas.
En la playa de la Pedreguera, cuando la marea baja, emergen a la superficie rocas y piedras como si se tratara de un campo después de la batalla, dejando al descubierto rocas y piedras de todos tamaños, a las que les encuentro figuras de tanques, cañones y carros de guerra, abandonados entre los cuerpos diseminados de un ejército derrotado, y es que, en sentido estricto, ha sido una lucha de millones de años la del mar por abrirse paso en tierra firme.
En esta Pedreguera se han formado pozas como albercas naturales que constituyen un atractivo inapreciable al final del Paseo del pescador. La última vez que estuve en el lugar tomé nota de lo que veía en el entorno para enriquecer el tema de la plática, y entre los atractivos que tiene conté la “reliquia” (relicto dicen los especialistas) de selva tropical originaria, crecida con gran paciencia en ese rincón donde prácticamente no hay suelo pero existen, como milagro de la naturaleza, dos añosos árboles de Flor de Mayo, bastante gruesos, con sus características hojas largas y delgadas y unas flores delicadas que se abren como estrellas, de un pálido y perfumado color amarillo que las muchachas suelen lucir prendidas en la oreja.
Entre las piedras de la ladera del cerro crecen variedades de cactus y atractivos nopales silvestres espinosos que cuelgan de las rocas enracimados. Más arriba sobresalen tres largas palmeras añosas de melenas despeinadas que por su tamaño deben ser centenarias, y crecen allí, como si no padecieran de agua, unas hermosas higueras rodeadas de matorrales que son los que en la época de estiaje le dan el tono plomizo a la selva seca caducifolia que es una de sus características. Ese relicto o reliquia de selva donde hay también árboles de madera dura como el frijolillo y el iguanero, se beneficia de la sombra que le proporciona el cerro durante buena parte del día, ayudándole a mantener la humedad, y ese ambiente armonioso convierte al lugar en un refugio de gran variedad de aves y animales.
En la mañana se escuchan los ruidosos cantos de las chachalacas que vuelan siempre en par y hacen sus nidos en los árboles más altos. Allí anidan también las golondrinas que son las primeras en aparecer con la luz del día sobre la superficie marina, hay ardillas luciendo sus colas pachonas volando de rama en rama en busca de las frutas que las alimentan. Las iguanas nunca faltan, y mi hija asegura que ha visto una verde, socarrona, de las conocidas como “panchas” que parece disfrutar asustando a los paseantes desbarrancando a su paso las piedras fáciles de remover.
Los zanates llegan en parvada. Los he visto pelearse o jugar, saltando de piedra en piedra disputándose un trozo de cuerda de pescar, olvidándose de la comida para descanso de los caracoles pegados en las piedras.
De vez en cuando desfilan en formación los pelícanos volando parsimoniosamente disimulando su interés por la pesca, sin embargo, ante la presencia de un cardumen, las que no guardan el secreto son las gaviotas que atraen con su graznido a los pescadores de atarraya.
Casi todos los días en la glorieta con la que termina el Paseo del pescador, se reúnen grupos de mujeres que practican yoga mientras hombres y mujeres de todas las edades se ejercitan camniando y trotando.
La Pedreguera es también el lugar de trabajo de los buzos que cotidianamente se sumergen para extraer los ostiones que crecen pegados a las rocas, y al verlos me figuro que las piedras, además de hablarnos de su edad geológica, ocultan un tesoro al que solo los iniciados en el buceo pueden acceder.
Pero precisamente en este lugar único que describo, ha sucedido un hecho indignante que quizá ocurrió el fin de semana durante nuestra plática. Desmontaron un área de la delgada línea de selva de la zona federal que afectó varios árboles endémicos que quedaron hechos leña a escasos pasos del andador. Todo parece indicar que fueron los dueños de un hotel concesionarios de esa zona federal, cercada con una malla ciclónica. Me imagino que se les hizo fácil y necesario cortar esa parte de selva para permitirle a sus huéspedes mirar sin obstáculos la bahía. Un crimen ambiental que espero sea castigado porque hice la denuncia respectiva en la oficina municipal de Ecología donde me aseguraron que los inspectores harían la investigación correspondiente.
Debo agregar que fue una odisea levantar la denuncia y que si las autoridades no facilitan esa tarea de vigilancia por parte de la sociedad civil, las consecuencias serán el menoscabo de nuestra riqueza natural, tan valiosa para el desarrollo turístico.
Primero hice varias llamadas para saber dónde podía presentar mi denuncia, porque ni siquiera los empleados de la Zona Federal sabían el procedimiento, y se concretaron a darme el número telefónico de la Profepa en Acapulco, cuyo titular se molestó porque la llamada entró cuando almorzaba. Le volví a marcar después de las 9 y me contestó que había una delegación de su oficina en Zihuatanejo a la que me vi obligado a ir personalmente porque la telefonista me informó que no tenía línea telefónica, pero en ella me dijeron que allí solamente se encargaban de cobrar, y me recomendaron que fuera a la oficina municipal de Atención Ciudadana con un oficio a la presidenta pidiéndole su intervención, y fue en ese lugar donde me dijeron que quizá en la oficina de Ecología Municipal pudieran recibir mi denuncia y fue allí, donde finalmente la presenté ante el titular del departamento jurídico, el abogado Miguel Ángel Pérez quien me aseguró que se haría cargo y yo permanezco atento al resultado.
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