EL-SUR

Viernes 21 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

¡Hundan el Río de la Plata!; el crucero argentino que zozobró en la bahía de Acapulco

Anituy Rebolledo Ayerdi

Agosto 31, 2023

Campanas a rebato

Nunca tan apropiado el símil de anfiteatro dado a los cerros que rodean a Acapulco –la bahía como escenario maravilloso–, cuando los acapulqueños fueron espectadores angustiados del incendio de un barco en la rada. Arde el crucero argentino Río de la Plata, cubriendo la ruta Argentina-Los Angeles, California, con escala en este puerto. Drama enigmático y milonguero cuyo misterio permanece intacto a distancia de tantos años.
Aquel 18 de agosto de 1944, las campanas de la parroquia de La Soledad tocaron a rebato, tal como lo han hecho históricamente para alertar a la población ante peligros graves sobre la ciudad. Los porteños, como siempre, se ponen de pie dispuestos y solidarios para enfrentar una nueva calamidad. Desde cualquier punto de la ciudad es posible ver la gruesa columna de humo a partir de la bahía. Se eleva verticalmente por no correr en aquel momento un soplo de brisa, mientras que el crepitar de las maderas estremece a los testigos cercanos. Hombres, mujeres, jóvenes y niños bajan en tropel de los cerros. Todos portan recipientes de todos tamaños y formas con agua destinada a sofocar el fuego. Decisión finalmente frustrada, al comprobar que la nave arde muy lejos del muelle.

La ciudad y puerto

Acapulco, de acuerdo con el censo oficial de población de cuatro años atrás, tenía una población estimada en 29 mil habitantes, todos profundamente conmovidas ante el siniestro que ponía en peligro a tantas vidas humanas. Oteando unos desde las alturas y otros ya en torno a la bahía, elevaron preces por la integridad de pasajeros y tripulantes de la nave en llamas. Temores muy pronto superados cuando se haga público que todos los ocupantes del Río de la Plata se encontraban sanos y salvos Habían desembarcado antes de iniciado el fuego en el muelle fiscal y albergados en casas particulares y hoteles de la ciudad.
El presidente municipal Enrique Lobato, de oficio orfebre, hará lo único a su alcance frente a las características peculiares del siniestro. Lo notifica telegráficamente al gobernador Rafael Catalán Calvo, quien a su vez lo hace del conocimiento del presidente de la República, Manuel Ávila Camacho, así como del secretario de Marina, el general Heriberto Jara. Lobato recibe la encomienda de tener listo el hospedaje para el personal de auxilio que viajaría de inmediato al puerto. Por estar Acapulco totalmente ocupado por vacaciones, deberá acudir a sus amistades para lograr albergues en casas particulares, así como la promesa de cuartos extras en los hoteles La Marina, en la plaza Álvarez (donde se ubica hoy una sucursal del BBVA), Acapulco, Dos de Abril (luego Colonial), Miramar, La Colimense, El Paraíso y Monterrey.

La embarcación

El crucero Río de la Plata –de eslora 180 metros, manga 45 metros, desplazamiento 18 mil toneladas y capacidad para 400 pasajeros, 258 en primera clase y 146 en tercera–, había formado parte de un lote de embarcaciones compradas a Italia cuando, surtas en puertos rioplatenses, estalle la Segunda Guerra Mundial. Su botadura databa de 1923, con el nombre de Principessa María.

México en guerra

México mantenía entonces una estado de guerra contra las naciones del Eje –Roma-Berlín-Tokio. Lo había declarado el presidente Manuel Ávila Camacho el 7 de junio de 1942, respondiendo al hundimiento de tres petroleros mexicanos por submarinos alemanes (por lo menos ese fue el informe de la CIA).

Las revelaciones

Conforme pasen las horas y el fuego de la embarcación empiece a formar nubarrones negros tapiando el cielo azul acapulqueño, se conocerán revelaciones estremecedoras, como la que aseguraba que el incendio había sido ordenado por el propio capitán de la embarcación, Julio Alonso Ball, cumpliendo una orden transmitida por su gobierno a través del embajador de Argentina en nuestro país, Manuel M. Candioti. Ello, luego de que el propio capitán Ball haya informado a los suyos que el Río de la Plata era perseguido por dos buques de guerra y un submarino estadunidenses y que tales unidades permanecían amenazantes frente a la bahía de Acapulco. ¿Qué hago?
Cumpliendo las órdenes recibidas, el Río de la Plata se dirige al muelle para ordenar el desembarco de pasajeros y marineros, todo bajo el pretexto de una fumigación de la nave. Se informa que por la propia urgencia del procedimiento los pasajeros no podrán bajar ningún equipaje y la promesa de que al día siguiente podrán volver a embarcarse en el mismo lugar. A nombre del capitán, se les sugiere disfrutar de las bellezas y la gastronomía del puerto, todo con cargo a la compañía naviera. Y así, finalmente, sin faltar algunas oposiciones femeninas, desembarcan los 400 pasajeros de la nave y su tripulación… No faltarán los jóvenes que prefieran dormir en la playa y serán ellos los primeros en observar al amanecer la columna de humo surgida de la nave.

Las recompensas

Agolpados en el muelle de madera, los azorados pasajeros del Río de la Plata contemplaron con horror la violenta hoguera devorando la nave. Tan incrédulos como indignados, observaron cómo ni el capitán ni ninguno de sus marineros hacían nada por sofocar el siniestro. Y por ello a no pocos hombres y mujeres les acogotó el pánico, la angustia y la desesperación, por lo que recurrieron al auxilio de los lancheros del puerto quienes, solidarios, se habían reunido en torno a ellos.
No faltó entonces quien demandó el alquiler de una lancha o canoa para llegar al barco: “¡Ta’ cabrón!, ¿y si explota?”, fue la respuesta unánime. ¿Explosión? Así nació uno de los mitos sobre un cargamento bélico del crucero, que hará crecer la exasperación de los pasajeros. Histéricos, no faltaron quienes ofrecieron recompensas económicas para quien lograra salvar sus pertenencias. Así, mientras los familiares de un general brasileño estaban dispuestos a pagar ¡cincuenta mil dólares! a quien lograra rescatar un cofre metálico conteniendo las cenizas y condecoraciones del prócer, una dama bonaerense ofrecerá el doble (¡cien mil dólares!) por su pesado alhajero. A esa hora seguramente en el fondo del mar o en poder de algún marinero.
Fue en aquellos momentos cuando, ante la indignación de los presentes, arribó al muelle el capitán Ball y algunos tripulantes. Ya lo esperaba el embajador Candioti, a quien entregó la vajilla de plata del barco y doscientos dólares en efectivo. La presencia del diplomático hizo volver el alma al cuerpo de los forzados náufragos, a quienes aseguró un retorno rápido a la patria así como el apoyo para el cobro de los seguros. Todos ellos agradecieron vivamente a México el auxilio inmediato otorgado por el personal de la Secretaría de Relaciones Exteriores, a cargo del guerrerense Ezequiel Padilla Peñalosa.

La Casa Rosada

La Casa Rosada de Buenos Aires, Argentina, sede del Poder Ejecutivo, era ocupada por el general Edelmiro J. Farrel, relevo del mandatario anterior, depuesto por el pecado enorme de haber roto relaciones con el Eje Berlín-Roma-Japón. El general Juan Domingo Perón ocupaba la vicepresidencia, a cargo de la Secretaría de Guerra.

Rechazan el salvamento

Rechazada en un primer momento la versión pirómana del evento, esta fue confirmada plenamente por los mandos navales locales. El comandante de la Zona Naval reveló que el capitán del Río de la Plata había rechazado su oferta de remolcar la nave a Icacos, para allá combatir mejor el fuego. También que el propio capitán Ball ordenó el lanzamiento de una nueva ancla, luego de que su segundo, el capitán Carlos Margain, había conseguido romper los candados que ataban la nave frente a Punta Guitarrón.

¿Martin Bormann en Acapulco?

Una de las muchas interrogantes formuladas a lo largo de los años en torno al Río de la Plata se refiere a las cargas extrañas y misteriosas del barco… Se hablaba, por ejemplo, de 13 mil toneladas de lingotes de cobre, así como de un enorme cargamento de mercurio, metal estratégico cuya exportación estaba prohibida por la guerra. También de documentos secretos relacionados con los nexos del gobierno argentino con la Alemania nazi.
Sobre esto último circularon versiones histéricas y fantasiosas. Hablaban de la presencia en Acapulco de altos funcionarios argentinos negociando salvoconductos para Martin Bormann, quien viajaba en la propia embarcación. De acuerdo con la misma, el ex secretario personal de Adolfo Hitler sería llevado sano y salvo a Buenos Aires.

Misterio indescifrable

El Río de la Plata ardió en la bahía de Acapulco durante tres días y tres noches del mes de agosto de 1944, para luego depositar en el lecho marino, suavemente, sus 18 mil toneladas, a 40 metros de profundidad, exactamente frente a Punta Guitarrón (Lat. 15° 5.2’ Norte; Long. 99° .52.2’ Oeste). A partir de entonces, buzos de todo el mundo lo desnudarán hasta dejarlo como un herrumbroso esqueleto, guarida de la fauna y jardín de la flora marinas.

El misterioso personaje
del Río de la Plata

Según relata Edwin Corona y Cepeda, “esta historia no termina aquí ya que, quince años más tarde, el actor jolibudense Errol Flynn consiguió el desguace del Río de la Plata, cuya localización en ese tiempo era muy fácil, pues su chimenea principal sobresalía en el mar. El aventurero contrató los servicios de un buzo industrial de escafandra clásica, Jim Kelly, quien se sirvió de los hermanos Reginaldo y Alfonso Arnold como sus ayudantes. Ambos lo apoyaron utilizando los primitivos equipos de aqualón y los reguladores de doble manguera.
“Desde que aparecieron los primeros equipos de respiración autónoma bajo el agua, allá por 1958, incluso antes, se llegó a bucear en el pecio del Río de la Plata utilizando los equipo Drager de circuito cerrado. A partir de entonces miles de objetos se han recuperado de los interiores de la embarcación: ensaladeras, charolas y juegos de café de plata, cuchillos, cucharas, tenedores, todos de ese mismo metal. Platos y tazas de finísima porcelana francesa, adornos de bronce y otros objetos de gran valía como condecoraciones nazis de algo rango. Una pistola PPK con la suástica impresa en el cañón, encontrada por el buzo Alfonso Bárcenas. Espuelas de plata probablemente pertenecientes al equipo ecuestre argentino y un sinfín de chucherías entre las que destacan un reloj con chapa de oro y maquinaria de rubíes con las iniciales SB y que seguramente perteneció al capitán de la nave. Mucho se habló entonces de los lingotes de oro de los alemanes cargados en Los Angeles, California.
“Pasados muchos años fui invitado junto con Alfonso Arnold y otros amigos buzos a una cena de fin de año a la casa de un prestigiado médico alemán, radicado desde tres décadas atrás en Acapulco. Tras una cena estupenda en la que no faltaron las doce uvas, los abrazos y los deseos para el año venidero, al calor de las libaciones y hablando sobre el tesoro del Río de la Plata, el anfitrión nos invitó a subir a su recámara. Apenas entramos, el médico alemán se agachó bajo su cama y no sin gran esfuerzo extrajo un cajón que parecía a simple vista un ataúd .
“Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando al ver el contenido observamos que estaba repleto de lingotes de oro, en los que claramente destacaba la suástica nazi. Desde entonces nadie me quitará de la cabeza que el famoso médico alemán era ni más ni menos que Martin Bormann, el segundo hombre del Tercer Reich, misteriosamente desaparecido al final de la II Guerra Mundial y que nunca fue encontrado”. (Tomado de internet).

El autor

Jesús Edwin Corona y Cepeda (Ciudad de México, 5 de noviembre de 1940) participó en numerosas expediciones científicas e históricas entre las que destacan el redescubrimiento y localización del pueblo sumergido de San Juan Bautista, en el lago de Tequesquitengo, en el estado de Morelos.
Fue columnista de un diario de Veracruz, con Reflexión matutina de un Viejo Lobo de Mar. Vicepresidente técnico de la Confederación Mundial de Actividades subacuáticas, con sede en París, Francia. Hizo una monografía sobre técnicas de buceo en altitud y los hallazgos de vestigios arqueológicos del barco El Vita, en Acapulco. La monografía Mitos, misterios y leyendas de la laguna de Alchichica, Puebla.
Jefe de la primera expedición a la selva amazónica y el primer buzo del mundo que se sumergió en la laguna Taracoa, para observar a las pirañas en su estado natural.
Y más.