EL-SUR

Sábado 27 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Ifigenia, La Señora

Humberto Musacchio

Octubre 07, 2021

En la UNAM, meses después de la huelga estudiantil de 1966, Ifigenia Martínez Hernández fue nombrada directora de la Escuela Nacional de Economía, un plantel donde varios grupos considerados marxistas se hundían en interminables controversias. En ese clima, surgió desde luego la resistencia ante la nueva directora, a la que se impidió tomar posesión. Otra persona hubiera aceptado su derrota y se hubiera retirado sin mayor trámite. Ella no.
Lo siguiente fue el ataque de un grupo de porros del PRI contra los que tenían tomada la escuela. Volaron sillas y hubo botellazos y bombas molotov, pero el grupo de choque no pudo apoderarse de la escuela. Por fortuna se procedió a negociar y al fin tomó posesión la flamante directora, bajo la promesa de que planes y programas de estudio serían reformados por una comisión mixta –así le llamaron– en la que estarían representados paritariamente profesores y estudiantes. Y así fue.
Para cubrir el flanco académico y garantizar la buena marcha de los asuntos escolares, la maestra designó a Raúl González Avelar y Gildardo López Tijerina como secretarios, académico uno y técnico el otro. Cumplieron con entrega y eficiencia, lo que permitió a la directora desarrollar el proyecto de transformación.
La comisión se instaló y, en efecto, alumnos y docentes entraron a debatir lo que debía enseñarse en la escuela. La mayoría llamaba a doña Ifigenia Navarrete (apellido de su entonces marido) “La Señora”, aunque algunos preferíamos llamarla “maestra”, pues había obtenido ese grado por la prestigiosa Universidad de Harvard, cuando eran pocos los mexicanos y menos aún las mujeres con posgrados, no sólo de instituciones como la citada, sino incluso de las universidades mexicanas.
La Señora solía asistir a las asambleas de la Comisión Mixta acompañada de dos economistas que ya entonces eran muy reconocidos: David Ibarra Muñoz y Gustavo Romero Kolbeck, quienes, estoicos, soportaban el vendaval de calificativos que soltábamos los alumnos más radicales. Sin embargo, alguna vez, ella no pudo controlar el llanto.
Finalmente se aprobó un nuevo plan de estudios, se introdujeron marxismo y otras materias inspiradas por el barbón de Tréveris y se instauró el seminario de El Capital, promovido tenazmente por el inolvidable profesor Ramón Ramírez Gó-mez, autor del mejor libro sobre el movimiento de 1968.
La Comisión Mixta tenía varias tareas pendientes y siguió sesionando hasta que llegó el huracán de 1968 y todas las energías estudiantiles derivaron hacia el movimiento. Otra vez estábamos en huelga, pero el trato entre estudiantes, profesores y autoridades se había modificado drásticamente, gracias a la multicitada comisión.
Por supuesto, las autoridades universitarias, con el inmenso Javier Barros Sierra a la cabeza, llamaban a reanudar las clases. El sector que encabeza la vida universitaria estaba mucho mejor informado que nosotros y sabían hasta donde podía llegar el carnicero Díaz Ordaz. La huelga siguió y una noche el ejército entró al campus. Estudiantes, profesores y padres de familia fueron detenidos y obligados a subir a los camiones militares.
La historia de ese año es bien conocida y cada quien siguió su camino. Veinte años después La Señora salió del PRI con Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, fue cofundadora del PRD y luego de Morena, dos veces se desempeñó como diputada y otras dos como senadora. Ahora recibe la Medalla Belisario Domínguez porque su trayectoria ha sido admirable, ejemplar en la lucha por la democracia y la igualdad de género, pero el recuerdo más hermoso es su figura a bordo de un camión militar la noche negra que penetró la tropa en la Ciudad Universitaria. Esa imagen la define, porque en una u otra situación, en el éxito o en la derrota, ha sido siempre valerosa, toda una señora, La Señora.