EL-SUR

Sábado 01 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

Iglesias y medios de comunicación: los peligros de hacer el bien

Ana Cecilia Terrazas

Agosto 10, 2019

AMERIZAJE

Hace apenas unas décadas, a principios del siglo XX, parecía algo bueno y hasta generoso encerrar a algunos enfermos y apartarlos del resto de la sociedad para proteger la salud de la mayoría, como ocurrió con la confinación de los leprosos.
Sirva el caso como ejemplo simple de una iniciativa social absurda, aparentemente tomada por el llamado bien de la propia comunidad. Hoy se sabe que es mucho más contagiosa la gripa que la lepra y que en los leprosarios han perdido su libertad y posibilidad de vida cientos de miles de seres humanos.
Hay otros ejemplos más burdamente erróneos de hacer el bien, como ocurrió con el tirador que disparó para ver a cuántos mexicanos mataba con la intención de salvar a su país de la “reconquista” hispana en El Paso, Texas, hace unos días, o los capítulos nazis que ya conocemos.
La historia de la humanidad ha sido teñida e impulsada por aquellos que desean –mediante todos sus medios y esfuerzos– diseminar el bien.
Pero el bien y el mal pueden variar muchísimo dependiendo de quién lo señale, cuándo, en qué contexto o tiempo histórico, en qué cultura, con qué herramientas psicosociales.
Lo que no cambia es que en la competencia entre el bien y el mal ganan siempre, estén bien o mal, quienes tienen mayor poder o fuerza sobre los débiles. Su fortaleza –que puede ser física, económica, mental, intelectual, social o cultural– se refleja en la imposición de su definición de bien sobre todos los demás.
Por eso apuntaba Nicolás Maquiavelo que el fin justifica a los medios: es decir, se valía lo que fuera con tal de alcanzar una meta considerada viable, importante, necesaria.
¿Qué tienen que ver los medios de comunicación con esto? Todo.
Los medios de comunicación ejercen o tienen, por su origen y manera de operar, mucho más poder que los individuos dentro de una sociedad. También tienen, por estar ocupando el espacio radioeléctrico –con la radio y la televisión– de todas las personas, una obligación moral de velar por no hacer el mal, o no hacer daño deliberadamente. Digamos que están utilizando para su negocio la casa y el techo de todos los mexicanos.
Los productores, dueños o hacedores de los medios tienen su propia concepción del bien y del mal, que puede no coincidir con la opinión de mayorías o de minorías, por lo tanto, en teoría –y por ley, hasta ahora– deben ser doblemente cuidadosos con el discurso que transmiten y no discriminar o pisotear las creencias ajenas.
Ahora, el laicismo mexicano no ha sido fácil ni poco doloroso. Los muy poderosos Estado e Iglesia se sentían obligados a trazar para toda la nación las rutas consideradas únicas rumbo al bien. Y aunque los referentes eran y son distintos: para la Iglesia lo espiritual y para el Estado lo material, al traslaparse territorios ideológicos, de bienes, de espacios, de cultura, de moral, sucedieron los choques terriblemente sangrientos que todos conocemos.
Regresando a nuestra época, a lo largo de este año varias notas, iniciativas y coqueteos de las Iglesias con los poderes han dado cuenta del ánimo de éstas para tomar más acción en el espacio hoy laico del Estado, incluido el de los medios de comunicación.
La reacción a esa iniciativa por parte de teóricos en comunicación, académicos y defensores de las audiencias no es poca ni debiera soslayarse. ¿Por qué? Porque el bien y el mal se deslizan, se transforman, se visten con las ropas que le pone cada cual, y el combo de poderes –medios de comunicación + iglesias– tratando de armar o producir contenidos con mensajes morales acaba en los consabidos episodios trágicos de la historia nacional.
Todavía necesitamos un Estado laico, unos poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial en permanente alerta para neutralizar la fuerza de otros poderosos que nos quieran imponer el bien, incluido ese bien pensado desde su propia fuerza.

@anterrazas