EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Imparable

Jesús Mendoza Zaragoza

Febrero 05, 2018

Si, imparable. Imparable, desde hace años, el poder destructor de la delincuencia organizada. Y seguirá imparable si no cambian cualitativamente las condiciones con las que el Estado quiere contener y disminuir los índices de delitos. En el año 2011 hubo una decisión política de parar a la delincuencia con el concurso de las fuerzas federales. Y no la han parado. Es más, la delincuencia ha avanzado a más regiones y ha multiplicado sus negocios y sus víctimas. Y, en estas condiciones, seguirá avanzando de manera incontenible.
Y es que, desde un principio, la acción del Estado se sustentó en un diagnóstico equivocado. La violencia y la inseguridad han sido tratadas como un problema policiaco que se resolvería con la fuerza pública, policiaca y militar. Los resultados los tenemos a la vista. Cada año estamos peor; este es el sentir general y es la percepción cotidiana. Solamente los políticos, desde sus burbujas de seguridad, dicen que estamos mejor.
Dos factores pueden ayudarnos a explicar porqué la delincuencia organizada es y ha sido imparable hasta ahora.
El primero tiene que ver con la disfuncionalidad del Estado y de sus instituciones. Es un asunto estructural y sistémico. La organización del Estado mexicano no da para otra cosa sino para amontonar la pobreza y para generar y darle rienda suelta a la violencia. Incapaz de dar seguridad alimentaria y de salud, de poner las condiciones para empleos dignos, de servicios educativos para todos, de administrar la justicia con eficacia, de cuidar el medio ambiente, de proteger a los sectores vulnerables, de distribuir la riqueza que se genera en el país. Incapaz de gobernar, en fin, porque es un Estado mafioso. El Estado mexicano no funciona para el bien común porque beneficia y protege a una élite voraz e insolidaria. Un Estado así, ni quiere ni puede lidiar con la violencia que ha estado sangrando al país. Y la prueba más visible es la simulación empujada en los dos últimos sexenios.
El proceso electoral que se avecina está pensado por las élites políticas como un distractor. El resultado, muy probablemente, será el reciclaje del poder que se beneficia a sí mismo. ¿Podemos esperar algo del sistema político, tal como está funcionando? La verdad, soy muy escéptico al respecto. El sistema de partidos juega con reglas reñidas con la democracia, con la ética, con la transparencia y con la participación ciudadana. Para entrar a las contiendas electorales hay que aceptarlas y someterse a ellas. Por eso, nos espera un lodazal en estos meses de proceso electoral. Mientras que el país se esté debatiendo entre el fuego de los cárteles y la miseria producida por un modelo económico depredador, los políticos andarán jugando a la simulación de la democracia. ¿Qué clase de gobiernos podemos esperar de procesos electorales en los que el poder es lo absoluto mientras que se instrumentaliza a los pobres con engaños y dádivas humillantes? De la porquería de procesos electorales resultan gobiernos de porquería. Así, en lógica llana.
El segundo factor que explica la imparable delincuencia es tan grave como el primero y se refiere al talante de los ciudadanos, que no contamos con las condiciones para enfrentar ni la estupidez de la clase política ni la ferocidad de la delincuencia organizada. Ambas fuerzas se han volcado contra el pueblo que no cuenta con la capacidad para hacerse responsable de sí mismo. Es cierto que hay minorías ilustradas, organizadas y conscientes, pero las masas son manejadas arbitrariamente por una mentalidad fatalista e infantil. Con la baja autoestima social que prevalece en amplias capas de la población, nos sentimos incapaces de todo. Ese profundo sentimiento de victimización al que nos sometemos no nos permite creer en nosotros mismos ni abrir nuestros horizontes más allá de historias frustradas y de esfuerzos cancelados.
Con los miedos que llevamos dentro no tenemos energías ni siquiera para hablar de nuestros sufrimientos ni de nuestras desdichas. Y, peor aún, si nuestras conciencias ya fueron atrapadas por la desesperanza y por la frustración. Nos hemos ido conformando con burlarnos de la gente que está en el poder y con despotricar en las redes sociales. Sólo catarsis en las que arrojamos dolor, enojo y rencor. Nuestras energías se nos han ido en vano y no las enfocamos a construir el futuro que necesitamos porque no tenemos ni horizontes ni utopías. Nos conformamos con sobrevivir. Con este perfil ciudadano no podremos jamás lidiar ni con los abusos de las élites ni con los atropellos de la delincuencia. Vamos, con este perfil ciudadano, la delincuencia seguirá imparable porque seguiremos atorados con un Estado cínico e incapaz de velar por los intereses de la gente. Estamos permitiendo así ese Estado disfuncional. Si queremos que pare la violencia, primero tenemos que parar la disfuncionalidad del Estado.
¿Qué se puede hacer en este contexto electoral? Si los partidos políticos tienen sus agendas propias orientadas a conseguir o a mantener el poder, la sociedad civil tiene que elaborar su propia agenda para construirse a sí misma. Tiene que canalizar su dolor, su enojo y sus inconformidades de manera constructiva. Necesitamos una gran creatividad para encontrar caminos que nos pongan en condiciones de parar la tragedia que tenemos por todas partes. En nuestras manos está la posibilidad de parar a la delincuencia. Hay que recomponer al Estado. Esta puede ser una oportunidad.