Ana Cecilia Terrazas
Noviembre 09, 2024
Las religiones, la filosofía, la ciencia, la psicología y otras disciplinas construidas por nuestro pensamiento se han dedicado arduamente, a través del conocimiento de miles de mujeres y hombres, a indagar: ¿qué somos? ¿de qué estamos hechas y hechos? Quizá la respuesta menos rebatible, no importa de qué línea teórica se desprenda, indica que “somos tiempo”.
Desde que nacemos hasta que morimos estamos indefectiblemente ligadas a un conteo regresivo cuya medición forzosa se da en segundos, minutos, horas, días, semanas, años… Lo completamente incalculable de ese cómputo o escrutinio, eso sí, es saber cuándo termina el tiempo de cada quien.
Por lo pronto, una vez compartida la sentencia de que todas las personas somos tiempo, podremos deducir que el tiempo es un elemento igualador humano por excelencia. Nadie escapa a éste y nadie puede ser acreedor o acreedora de más tiempo de vida. El tiempo tampoco se puede comprar ni, al final de cuentas, negociar. Verdad de Perogrullo o no, el tiempo es quizá lo más valioso que tenemos y, en última instancia, el tiempo nos constituye.
Siendo así, puede comprenderse que la puntualidad sea una forma impecable de comunicación en el sentido de que se presta –mucho menos que otras palabras– o puede prestarse a una alta exactitud entre “lo que una expresa, lo que se quiere decir y lo que las demás personas entienden”. Esto es, si alguien queda de verse a las 10 de la mañana, es poco probable que quiera decir las 10:30 o las 11 horas. Las 10:05 AM son cinco minutos pasadas las 10 de la mañana y así sucesivamente.
Además de la precisión que caracteriza a la puntualidad, otro de sus rasgos es que denota un gran respeto por las otras personas, en lo que toca al tiempo de las y los demás. Quedar a una hora y no llegar, puede afectar, sobre todo, a quien sí hizo todo por arribar “a tiempo”, por ser “puntual”. La puntualidad es una cualidad y una virtud. La puntualidad abona en mejores relaciones personales, mayor eficiencia, mejor comunicación, mayor respeto, menos molestias o enojos. Esto es evidente, pero, nunca sobra decir que, quien no es puntual está faltando al respeto de la persona que sí lo es. Acordar algo, por consenso, y no cumplir, independientemente de los pretextos –aunque se salvan las verdaderas causas de fuerza mayor, imponderables como decesos, accidentes y enfermedades graves– resulta en no cuidar a la otra persona.
Dicho lo anterior, hay culturas que han cultivado con especial ahínco la puntualidad. Tal es el caso de Corea del Sur, Japón o Reino Unido. En Japón, de hecho, llegar a tiempo varía de otras culturas y significa arribar unos poquitos minutos antes. En Reino Unido llegar a tiempo es justamente a tiempo, con la sincronía que marcan los relojes encabezados por el emblemático y londinense Big Ben.
En algunos países de América Latina la impuntualidad es lamentablemente la más socorrida moneda de cambio, lo que implica un descuido social como hábito y mucha falta de respeto a las y los otros. Incluso en esta región predomina el verbo “ahorita”, cuya amplitud, ambigüedad y calidad etérea ha provocado documentales en medios como la inglesa BBC*, por ejemplo.
El “ahorita” no cumplido en su versión de “casi inmediatamente”, desternilla a las y los puntuales, les saca de sus casillas y los desorganiza de algún itinerario, pudiendo ocasionar que esa persona puntual acabe siendo involuntariamente impuntual en su siguiente cita.
Al final de cuentas, quien es impuntual también está ejerciendo un poder sobre la necesidad de la otra persona para esperarle. Las y los médicos –sobre todo antes, pero también ahora–, que se daban el lujo inmenso de mantener a las y los pacientes –no por nada se llaman así– muchísimo tiempo en las salas de espera. Las y los novios, que para mostrar el poder o menor enamoramiento que la contraparte se tardaban de más en llegar a las citas. El personal encargado de trámites o servicios –médicos, financieros, de seguridad social, jurídicos, policiacos– que sabe que la otra persona depende de esa gestión o la necesita ingentemente, también suele demorar, hacer esperar, acomodar su pequeño poder en forma de tiempo. Y esto solamente porque, pues sí, somos todo ese combo, seres de tiempo, con ganas de tener poder, con la tendencia a romper con esas igualdades que debieran ahí estar.
*https://www.bbc.com/mundo/noticias-57520298
@anterrazas