EL-SUR

Sábado 18 de Mayo de 2024

Guerrero, México

Opinión

Incendios; la Sedena debe vigilar El Veladero

Efren Garcia Villalvazo

Marzo 04, 2024

 

 

Primer acto: un huracán categoría cinco –máxima calificación para estos fenómenos– arrasa la ciudad de Acapulco y derriba prácticamente toda la vegetación del destino, parque El Veladero incluido, parque Bicentenario e isla de La Roqueta también.
Segundo acto: todos esos árboles derribados se doran al sol abrasador de Acapulco y se convierten en miles de toneladas de leña seca de alta inflamabilidad que se amontona en el Parque Nacional El Veladero.
Tercer acto: personas que en ese momento nos dimos cuenta son enemigas declaradas de Acapulco, queman la superficie llena de madera seca, inflamable, en pequeños trozos y en lugares inaccesibles para los honorables bomberos y personal de la Comisión Nacional Foresta, y provocan el mayor incendio registrado en la historia del puerto. Muy a propósito después del mayor huracán registrado en la misma historia mencionada. ¿Cómo se llamó la obra? ¿Incendiemos Acapulco?
¿Cuál será la justificación? ¿Van a sembrar allá arriba? Suelos pobres y pendientes que rebasan los 30 grados reducen la rentabilidad de los cultivos. ¿Van a invadir y construir una nueva colonia? Absurdo otra vez. Las pendientes rebasan los 30 grados y…. ya lo había dicho antes. ¿No se sabía? Claro que se sabía. Es parte del proceso perverso de crecimiento de la ciudad brincándose las prudentes recomendaciones del Atlas de Riesgos –ya obsoleto–, el Programa de Ordenamiento Ecológico Territorial –el cual lo están elaborando por ahí escondidito, con opinadores a modo– y el Plan de Desarrollo Urbano –con muchos asegunes de acuerdo a colegios de arquitectos e ingenieros– con la gris perspectiva de que cuando lleguen a ver la luz y ser publicados ya serán obsoletos. Es claro que la muy práctica realidad rebasa en tiempo y recursos a los mejores propósitos de planeación.
Pero en este punto entramos a un terreno harto resbaloso, y que es la aplicación de leyes, reglamentos y normas que ya existen. Quizá no sean lo mejor, pero es lo que hay, y deben tener alguna utilidad. ¿No, tampoco? Entonces, ahí está el cuello de botella. Y no vale la pena seguir atendiendo a reuniones, foros, encuestas y similares que sólo sirven para que funcionarios y académicos justifiquen que están haciendo “algo”. Es de la opinión popular que se debe abandonar este esquema de simulación permanente y soez para entrar a uno de acciones reales, en tiempos razonables y que en realidad sean trascendentes.
El contexto actual de la ciudad es totalmente contrario a respetar el uso de suelo declarado de un terreno. Todos están siendo sistemáticamente invadidos aprovechando la falta de autoridad que estamos viviendo como secuela del Otis en la ciudad. Y reza para todo tipo de terreno, ya sea de categoría federal –como playa Manzanillo–, de espacios públicos municipales –restaurantes clausurados en el barrio de Manzanillo– o los terrenos colindantes al parque nacional El Veladero (federal) y el Parque Bicentenario (estatal) también.
En este ambiente de desesperanza y de actos abusivos es donde mejor florece la invasión de terrenos como actividad “justificada” con las frases de “no tenemos donde vivir” y “si no lo agarro yo lo agarra otro”. El Otis ha mostrado un gran poder para transparentar y poner en evidencia males añejos, mostrándonos la multitud de sitios invadidos en la poligonal oriente del Parque Nacional El Veladero, en la vertiente que está orientada hacia la zona de Llano Largo. Esa que desde hace días se destruye por las llamas provocadas por algún promotor inmobiliario social y/o campesino que se permite usar la piromanía como recurso para hacerse de nuevos terrenos y nuevos seguidores. El resultado es toda una ciudad en jaque inmediato y el pago de consecuencias en seguridad civil durante años, todo esto para cumplir los anhelos de unos cuantos. Muy contrario a lo que delinea la sostenibilidad.
En estos momentos la Secretaría de Marina está tratando de apagar el fuego haciendo uso de su sistema de helibalde que le permite descargar a helicópteros miles de litros de agua directamente sobre el área afectada, que ya está muy cerca de la colonia Cumbres de Figueroa. Desgraciadamente nos comentan que no hay un cuerpo de agua cercano que reúna las condiciones operativas suficientes para llenar el recipiente, asi que se han visto obligados a hacerlo con agua de mar. Esperemos que el incendio se extinga antes de que la salinidad del mar pueda llegar a afectar demasiado la cobertura forestal.
Alguna vez se hizo un acuerdo con el Ejército para lograr que el instituto armado se encargara de la vigilancia del parque nacional El Veladero a cambio de ser dotada de más de 800 hectáreas de terreno para construir una nueva zona militar dentro de la poligonal oriente del parque, lo cual fue cumplido al pie de la letra por los funcionarios de aquel entonces. Sin embargo, la parte del trato que le corresponde a los militares no trascendió lo suficiente para conservar el parque.
Los tiempos cambian y las necesidades también. Ha quedado en total evidencia que las superficies con cobertura vegetal abundante son indispensables en la estructura fundamental de las ciudades. Tan solo recordemos los primeros días después del huracán como el calor era insoportable y hasta se sentía “que picaba” sobre la piel expuesta de manera descuidada al sol. Es probable que el velo protector antirayos UV del vapor de agua expulsado por la vegetación haya desaparecido por completo también durante algunos días, mostrándonos con este involuntario experimento climático qué tan importante es la vegetación para la conservación de ese “microclima” de Acapulco del que tanto hemos hecho referencia en el pasado y que tanto vende en la promoción del puerto como destino turístico.
Lo anterior nos indica que conservar el parque nacional El Veladero no solo es una tarea de corte ambiental estricto. Los últimos fenómenos con mucha lluvia y en especial Otis nos han demostrado que no sólo es un almacén de especies de fauna y flora valioso por ser la base de la biodiversidad regional, sino que también ayuda a controlar el microclima local, a conservar el suelo del proceso de erosión, a capturar carbono y producir oxigeno y, dejando de propósito esto al final, proteger las partes media y baja de las cuencas de los derrumbes y deslaves que se producen con la lluvia. Son servicios ambientales de los que no podemos prescindir.
Entremos al tema espinoso de la reforestación. Grande es la tentación de sembrar con “lo que sea” para recuperar superficie con vegetación que se vea bien en los medios, pero la tarea no es tan sencilla. Se requiere que sean especies nativas –que son las que aguantan el régimen de estiaje de la región– y debe ser hecho en un periodo de tiempo que permita a los arbolitos sobrevivir y crecer para llegar con su entramado de raíces protectoras a la época de lluvias. Pero una vez llegadas estas lluvias quizá no tengan todavía la capacidad suficiente para retener el sedimento y rocas que se precipitan desde la cuenca alta. Terrible y pesado dilema que nos muestra la importancia de la sincronización soberbia que tienen y necesitan los ecosistemas de la Tierra. Y una pregunta que molesta pero que es necesaria: ¿De dónde se van a obtener los arbolitos nativos en cantidad y de calidad suficiente para sembrar esa superficie tan grande que es el parque? Se tendrían que haber instalado inmensos viveros para este propósito y es obvio que no los tenemos.
Por todo lo anterior, la defensa de la superficie del parque nacional El Veladero tanto de invasiones como de incendios se convierte en un tema de seguridad nacional, y justifica de manera total e inmediata la intervención de la Secretaría de la Defensa Nacional para su protección, sobre todo porque lo tienen ahí al ladito. Nada les cuesta… Nada.

* El autor es Oceanólogo (UABC), ambientalista y asesor pesquero y acuícola. Promotor del Ärea Natural Protegida, Isla La Roqueta y el Corredor Marino de Conservación del Pacífico Este Tropical, además de impulsor de la playa ecológica Manzanillo.