EL-SUR

Viernes 03 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

Incontinencia desinformativa

Raymundo Riva Palacio

Septiembre 28, 2005

 ESTRICTAMENTE PERSONAL

¡Por el amor de Dios! Que alguien le diga al vocero presidencial que se calle, que está dejando de ser un activo para el presidente Vicente Fox y que se está convirtiendo en un lastre que da muestras de fatiga en la propia casa presidencial. Polémico, el vocero Rubén Aguilar entró en conflicto con la Secretaría de Seguridad Pública y alimentó aún más la hoguera de la especulación este lunes con una declaración políticamente torpe donde reveló que la mayoría de los más altos funcionarios del gobierno han recibido amenazas de muerte, entre los que se encontraban el fallecido secretario, Ramón Martín Huerta, sobre cuya muerte se encuentra dividida la opinión entre si fue un accidente o se trató de un atentado.

Aguilar contradice una vez más la petición gubernamental a los medios de no difundir rumores incurriendo en un error aún más grave. Nadie pensaría que el vocero, al hablar de amenazas de muerte al más alto nivel del gobierno federal está esparciendo rumores, por lo que al revelarlas introduce un temor innecesario en la población de por sí muy proclive a las teorías conspiracionistas. Aguilar parece ignorar al más común de los sentidos, que parece ser el más difícil de tener, el común. ¿En dónde aprendió Aguilar a cometer semejantes torpezas? O más bien, ¿será que tampoco ha terminado de darse cuenta en el lugar donde está y el impacto que tienen sus palabras?

Aguilar tiene un pasado sumamente interesante. Un hombre cristiano comprometido con las causas populares que defendían los jesuitas, quienes lo formaron, concluyó en los ochentas que la única forma de cambiar el status quo en América Central era por la vía armada. Viajó a El Salvador y se equipó con un arma muy letal, que es el de la palabra. Como parte de la guerrilla del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, Aguilar le ayudó a construir un servicio de radio –que llegaba a transmitir combates en tiempo real– y una agencia de noticias que diseminaba los avances de la guerrilla en este continente y en Europa.

Su principal trabajo era la propaganda y la desinformación. Es decir, por un lado enaltecer todo lo que hacía la guerrilla –la propaganda– y por el otro difundir una serie de informaciones que, al contradecir la versión oficial, no sólo confundía a los receptores de los mensajes, sino que empezaran a cuestionar la veracidad de la información oficial. Al lograrlo con efectividad, provocaba que el gobierno salvadoreño invirtiera más tiempo del deseado en tratar de transmitir su verdad. Ese trabajo, que tan bien hacía Aguilar, lo trasladó a Los Pinos cuando fue nombrado vocero presidencial, y si uno revisa meticulosamente la manera como se ha comportado en sus conferencias de prensa matutinas, podrá comprobar que, en efecto, ha desviado la crítica del Presidente hacia él –lo que es un trabajo eficiente– y ha generado tal confusión al aclarar lo que dice su jefe o incluso contradecirlo, que lo que ha logrado es exactamente lo que buscó en América Central, desinformar. Fox está feliz con él, y las únicas dos semanas donde el Presidente volvió a ser el centro de las críticas coincidió con las vacaciones de dos semanas que se tomó su vocero.

El problema actual de la incontinencia informativa del vocero parece ser que se engolosinó con su éxito mediático. El miércoles pasado del accidente se tropezó con su propia iniciativa o, quizás, porque el hecho en sí mismo lo rebasó también. El manual informativo en esos momentos de crisis indica que se establecen dos o tres horarios fijos para dar y actualizar la información, llenando los espacios que, de otra manera, ocupan los rumores. Lo que recomiendan no hacer los manuales es lo que hizo Aguilar. Dar información a toda hora, a cualquier periodista que se la solicitara, con lo que lejos de uniformar las versiones oficiales y darle sentido y destino, propició la anarquía. Si el descanso del fin de semana no lo tranquilizó, el lunes llegó dispuesto a pegarle un tiro al gobierno.

¿Que los más altos funcionarios del gobierno federal están amenazados de muerte? No es novedad, ni tampoco es inédito. Los gobernantes en México y en el mundo siempre son sujetos de amenazas de muerte; algunas se investigan y otras se desechan, pues existen procedimientos que permiten ubicar los rangos de seriedad de la amenaza. Las amenazas han llegado al punto de casi cumplirse, como sucedió en el anterior gobierno cuando un comando del EPR preparó una emboscada al presidente Ernesto Zedillo mientras hacía ejercicio en un bosque al sur de la ciudad de México, pero los servicios de inteligencia militar los descubrieron. Nunca se informó del hecho, y cuando se publicó una columna periodística sobre el tema, la decisión fue aplicarle el silencio.

La razón central para nunca dar a conocer las amenazas es no alterar el ánimo de los ciudadanos ni generar la percepción de vulnerabilidad e inseguridad colectiva; o sea, evitar que crezca el sentimiento entre los ciudadanos de que si ellos están en riesgo, ¿quién los protegerá a ellos? Aguilar transmite un mensaje negativo y alarmista al divulgar información que nunca se hace pública por prudencia, y menos aún si el contexto en el cual se da a conocer es la muerte reciente de varios de esos altos funcionarios a quienes se les había amenazado. Usar como método la desinformación, una constante en el comportamiento de Aguilar, tocó su límite y fracasó en el objetivo de construir un consenso bajo el cual se pueda operar. Lejos de contribuir a la cohesión con el gobierno que tanto necesita en estos momentos, lo disloca. Mal favor le hace al Presidente, pésimo a la nación, y terriblemente lamentable para un hombre con su historia.

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