Ángel Aguirre Rivero
Marzo 14, 2025
Conocí a Indalecio siendo un niño, pues visitaba muy a menudo a mi padre. Su talento y romanticismo eran excepcionales, pero tristemente su alcoholismo lo había atrapado.
Indalecio era hijo de Vidal Ramírez, otro gran compositor de chilenas, destacando entre ellas: Verdad de Dios, La Talapeña y La Consejera.
A los cinco años quedó huérfano, razón por la que platicaba con mucho sentido del humor que, cuando su madrastra llamaba a comer a sus hermanos, a él nunca lo mencionaba por no ser su hijo. Por lo que él mismo se gritaba:
–¡Indaleciooo, venteee a comerrrr!
Indalecio era un hombre sensible, sencillo, humano. Recuerdo que un día llegó a visitarnos al departamento que compartimos algunos paisanos siendo estudiantes, entre ellos su hijo Manuel, mi querido Pichiche, y nos dijo:
–Muchachos, los vengo a invitar a comer.
Nos llevó al mercado más cercano, donde disfrutamos de unos sopes y quesadillas que nos supieron a gloria.
Otro día lo visitamos en el pequeño cuarto que habitaba en la avenida San Juan de Letrán (hoy Lázaro Cárdenas). Nos mostró muchas de sus canciones y le obsequió una de ellas a mi primo Mateo (QEPD).
Algunas veces me visitó ya siendo funcionario público en el gobierno de don Alejandro Cervantes Delgado y de José Francisco Ruiz Massieu, donde disfrutábamos de grandes bohemias a su lado.
Me comentó que tenía escritas aproximadamente mil 300 canciones.
Un día llegó a Ometepec Álvaro Carrillo, lo descubrió y le abrió las puertas en la Ciudad de México, a condición de que nunca más volviera a beber una sola gota de alcohol. Compromiso que Indalecio supo honrar hasta el último día de su existencia, un verdadero ejemplo de vida.
Comenzaron los triunfos: Una limosna, grabada por Javier Solís, lo encumbró como uno de los compositores más exitosos de aquellos años. Muchas de sus canciones han sido interpretadas en distintos idiomas.
¿Quienes le grabaron?: Pedro Vargas, Libertad Lamarque, Daniel Santos, Alberto Vázquez, Los Dandys, Pepe Jara, Antonio Aguilar, Flor Silvestre, Los Ángeles Negros, Gualberto Castro, Javier Solís, Chelo Silva, Yolanda del Río, la Santanera, Vicente Fernández, Los Tigres del Norte, Guadalupe Pineda, Alejandro Fernández, Adán Machado, Vikki Carr, Marco Antonio Muñiz, Paquita la del Barrio y muchos más.
Con el paso de los años, Álvaro e Indalecio visitaban Ometepec, la tierra prometida. Tanto que ambos se inspiraron en este lugar para algunas de sus canciones y chilenas, pero también para algunas anécdotas, como aquella que platicaba Álvaro Carrillo en torno a su canción Sabrá Dios.
Contaba que alguna vez acudió al correo de Ometepec a comprar unos timbres y quien lo atendió era una señora de edad avanzada, por lo que, con toda la confianza, se atrevió a decirle:
–Señora, ¿me puede vender unos timbres?
–Y la empleada, montada en cólera, le respondió:
–Se… ño… ri… ta, aunque le cueste más trabajo.
Cuenta Álvaro que entonces se dijo a sí mismo:
–¿Sabrá Dios?
Sus últimos años, Indalecio los dedicó a impulsar la Casa de la Cultura en Igualapa, su tierra natal, la que hizo realidad y lleva su nombre. Allá donde habita el Señor del Perdón, de quien se dice que ha hecho tantos milagros a quienes lo veneran.
Murió a la edad de 88 años, un 15 de abril de 2015.
Del anecdotario
Cuando era niño, una de las fiestas religiosas que más disfrutaba era, sin duda, el tercer viernes de Cuaresma, cuando acudíamos a venerar al Cristo del Perdón.
Aún recuerdo los famosos chachacuales, los juegos mecánicos que hasta ese lugar llegaban y los puestos que invadían las calles principales ofreciendo todo tipo de productos. Desde luego, no podía faltar el merolico ofreciendo sus ofertas de telas, toallas y otros artículos, llevando como gancho el obsequio de pañuelos.
También había, por aquellos años, un personaje que se dedicaba a engañar a los indígenas y mestizos a través del fraude: el señor de “la bolita”.
El Cristo del Perdón es una de las imágenes religiosas más veneradas en nuestro estado de Guerrero.
Según la tradición, su origen es un misterio. Hay quienes dicen que fue encontrado en las playas del Pacífico, otros que apareció en la comunidad de Cruz Verde y algunos más aseguran que su hallazgo ocurrió en la actual casa parroquial.
Lo cierto es que, cuando intentaron trasladarlo a Ometepec, la imagen se volvió tan pesada que fue imposible moverla, lo que se interpretó como una señal divina de que debía quedarse en Igualapa.
Cuando fui gobernador de mi estado, Igualapa sufrió uno de los peores sismos de su historia, lo que me permitió llevar a cabo una reconstrucción total de la parroquia, a la que acuden año con año miles de peregrinos de las siete regiones del estado y de otras entidades del país.
El Señor del Perdón se ha hecho muy famoso por sus milagros, por lo que seguramente será visitado por muchos de los políticos que aspiran a un cargo de elección popular en 2027. Y harán bien, pero de paso, espero que le lleven algún beneficio a la comunidad. Si no, no habrá milagro…
La vida es así…