Florencio Salazar
Junio 17, 2026
LA VIDA HECHA
Me recuerdo de pequeñito parado en la cuna, sujeto al barandal de madera. Veo en el centro de la habitación de mis padres, una palmera por cuyos cos-tados rueda una pequeña camioneta panel de latón, verde pistache con llantas blancas. La camioneta asciende y descienda sobre el falso tronco deslizándose con suavidad, a pesar de las de las sucesivas lajas de las ramas caídas. Sueño recurrente, placer de mi memoria.
La formación escolar no ha sido de mis preferencias. Coincido con la frase atribuida a Mark Twain: “Nunca permití que la escuela interfiriera con mi educación”.
Iba a jugar a la casa de un vecino en vez de asistir al kínder; repetí quinto año de primaria por irme de pinta para sustraer sandías y jícamas de las huertas, cortar mangos y huamúchiles y caer en chapuzones en los pozas del río Huacapa.
En mi casa no faltaba nada, excepto lo indispensable. Durante los primeros seis años de edad, no recuerdo la presencia de mi padre, pero sí la recurrente –casi perpetua– angustia de mi madre.
De mis hermanos menores fui el único tremendo. Cuando cansaba a mi madre bastaba con mencionar a mi padre, para que de inmediato entrara en orden.
La casa de adobe
La casa de Amado Nervo en Chilpancingo, tenía un terreno rectangular. Alineada a la calle, se dividía en tres partes: la mitad era sala (con el escritorio, un pequeño librero PM Steele y la máquina Remington de mi papá), cocina y comedor; la otra mitad, dividida en dos cuartos. El piso tenía loseta de barro. Luego, seguía un patio empedrado y en su costado el asoleadero de grandes piedras. La yerba santa, hojas de mole, epazote, cilantro y los macizos de huele de noche, crecían por su cuenta. Al final, el baño de madera sin techo.
Cruzando el patio estaba el corredor por el que se accedía a dos grandes habitaciones con piso de tierra. A la derecha, el corredor remataba con el lavadero común. De adobe ambas casas, con techos de teja sobre madera, soportados con viguetas resistentes a la polilla. En la casa del fondo vivían mis tíos Feliciano y Luisa. Había sido la casa de mis abuelos maternos, Perfecto Adame y Enedina Aponte.
Mi hermana Beatriz –mayor 7 años– regresó de Guadalajara, en donde estudió cultura de belleza con mi querida tía Nacha. Instaló en la calle de Madero su estética. Me mamá me pedía que la acompañara de regreso, entre 7 y 8 de la noche. Yo juntaba todos los envases de vidrio de champú, tintes y cremas. Los vendía a don Mario Castillo, en su perfumería a granel. Ponía los envases en el mostrador y él decía: 10 centavos, 20 centavos… yo salía con dos o tres pesos. En la segunda o tercera vuelta, me dijo que los llevara bien limpios porque, en las esquinas del fondo, quedaban residuos. Los lavaba con agua y jabón, agitaba las botellas, pero no salían los grumos. Se me ocurrió poner arena al agua enjabonada. Quedaron como nuevos.
Cuando crecían las herbáceas del patio, llenaba una bolsa y se las vendía a las verduleras de Tixtla, en el viejo mercado Nicolás Bravo, casi a espaldas de la catedral de Santa María. Me caían uno o dos pesos más.
Vivir del cuento y perder con el humo
Mi hermano Guillermo llegó de Salina Cruz, Oaxaca. Trabajaba en Pemex y ya estaba casado. Me trajo de regalo una enorme caja de cartón llena de historietas: El llanero solitario, Roy Rogers, Tarzán, El pato Donald, Supermán, Archie… como 200 revistas. Las tendí sobre la banqueta de la casa de don Alejandro Pardo, enfrente de la mía, y las prestaba por 10 centavos. El negocio iba bien y fue mejor cuando lo cambié a una acera de la ahora catedral. No recuerdo cómo ni porqué acabó tan lucrativo negocio.
Amado Nervo 17 estaba ubicado estratégicamente. Bajaban los alumnos de la escuela primaria Vicente Guerrero y subían los de la Himno Nacional. En las horas posibles, colocaba una caja de zapatos con galletas y dulces. Después apilé más cajas. Acreditado como buen cliente, obtuve crédito del señor Bernal, dueño de una dulcería.
Por diversificar mi comercio, empecé a vender cigarros: Raleigh, Del Prado y Delicados. Mi papá salía de la casa y se llevaba una cajetilla con la promesa de pagarla después; regresaba y otra cajetilla; a veces, otra más al pardear la tarde. Las ventas eran buenas: ¿porqué terminé con una duda impagable de 30 pesos? La cajetilla costaba 80 centavos, pero solo dejaba utilidad de 5 centavos, de manera que me quebró el fumador de la casa.
De traje y bien planchados
Don Eutimio Alarcón era un sastre reputado. Vecino, vivía en la misma cuadra. Un tarde que regresaba a su sastrería, me dijo que le hiciera unos mandados. Fui con él a su taller. Yo compraba hilos, ceras y agujas en la tienda de don Karim Naime. Gasolina blanca en Casa Montero. Se amplió mi actividad vespertina al repartir pantalones y trajes a domicilio.
Al inicio de los 60, funcionarios, catedráticos y profesionistas, vestían de traje y corbata. No había tintorerías. Don Timio sumergía los trajes en una enorme tina llena de gasolina blanca. Después, los colgaba en el patio del taller. Ya secos, quitaba con escobilla las manchas necias y los planchaba con enormes lienzos húmedos. Las prendas quedaban perfectas.
Don Eutimio su sastre –decía la etiqueta– era uno de los cinco ancianos gobernantes de la iglesia evangélica. Un numeroso grupo se separó de quienes se quedaron con el templo ubicado en la calle Hidalgo esquina con Abasolo. La disidencia celebraba sus Servicios religiosos en dos casas particulares, alternándose miércoles y domingo. 50 sillas de palma debían ser trasladadas de uno a otro lugar y regreso. Me pidió don Eutimio que me hiciera cargo. Me daba 5 pesos por las 25 vueltas y cinco los sábados por los mandados de la semana.
El hijo de don Canuto
La sastrería era el equivalente a las cafeterías –inexistentes entonces–, pues entre corte y puntada medio mundo llegaba a conversar: hermanos evangélicos; algún enamorado de Nata –la costurera; el célebre Güero Sol que, por su estrabismo, leía los periódicos de cabeza; y el ex gobernador Rodolfo Neri, autor de libros de lógica, matemáticas y poesía. El gobernador obregonista también escribió un opúsculo sobre la Rebelión Delahuertista en Guerrero. Lo miro acercarse a la sastrería: botines negros, pantalón y chaleco café de rayas, camisa con el cuello desabotonado y la corbata floja. De piel blanca y blancos su pelo y sus bigotes. Los años brillaban en su natural inteligencia y reconocida honestidad.
En ausencia, a don Rodolfo lo llamaban El gato –huraño y de ojos verdes–, vivía en 5 de Mayo, enfrente de la sastrería. Cruzaba la calle y platicaba de los episodios de la Revolución. Yo le preguntaba sobre su historia y él siempre respondía. Cuando se retiraba, Nata –Natalia González Alcocer–, decía que yo era muy preguntón y que don Rodolfo un día se iba a enojar. No pasó tal cosa. Incluso, me dijo que había estudiado Derecho en la Universidad de Veracruz, porque no tuvo otra alternativa.
Una mediodía don Rodolfo pidió a don Eutimio su tiza y dibujó en el casimir un gallo, comentó algo al oído del sastre y procedió a borrar el dibujo. Pasados los años, leí Picardía Mexicana de Armando Jiménez, y ahí encontré aquella imagen: “Este es el gallito inglés/ míralo con disimulo/ quítale el pico y los pies/ y…”.
Fue hijo de don Canuto A. Neri. Uno de sus hijos, el compositor Arturo Neri, autor de Cariño y Caleta tropical, y abuelo del astronauta Rodolfo Neri.
Mala estrella
Don Eutimio era adicto a la lotería nacional. En cada sorteo compraba dos enteros: el 22060 y el 16290. Un sábado lo encontré inclinado sobre su mesa de trabajo, con los brazos de soporte, cabizbajo y ausente. Nata me indicó que no hablara. Me senté en el banco y esperé en aquel silencio espeso e incómodo, roto cuando llegaron diversos amigos a felicitarlo: había caído el gordo, el 22060 era el premiado. Durante años compró ese número a un joven universitario. El día esperado llegó la voluble suerte. El billetero explicó a don Eu que iba a ir al cine con su novia y como a veces le pagaba con posterioridad, lo repartió entre los taxistas del Sitio Bravo.
Yo hacía barcos, aviones y gorros con los pliegos de los billetes estampados, pero nunca quise, ni me interesó, hacer ojales, en lo que insistía don Eutimio. De ver, aprendí a planchar sacos y pantalones, camisas, desmanchar alguna prenda, encerar hilos y pegar botones.
Emprendedor
En ese lapso, la vecina de la esquina me propuso vender papas fritas en el Lienzo del Charro. En tres o cuatro vueltas en la gradería, volaban las papas en bolsas enceradas. Doña Eva fue precursora de ese producto.
En el Cine del Pueblo –actualmente edificio Juan Álvarez–, se presentaban los mejores luchadores de México: El Santo, Blue Demon, Black Shadow, los Hermanos Espanto, el Cavernario Galindo, la Tonina Jackson… Encontré la forma de entrar al espectáculo sin pagar: vender los refrescos. Ya con práctica, también ofrecía gaseosas en el Cine Colonial.
Salí de quinto de la primaria Primer Congreso de Anáhuac –gestioné como alcalde la construcción de su actual plantel–, y mi mamá me llevó con el profesor Javier Méndez Aponte, para que me aceptara en sexto en la Vicente Guerrero. Fue mi profesor Efraín Herrera Varela y tuve dos compañeros sobresalientes: Socorro Damián Huato y Luis Flores Guevara. Luis es el único con quien me he agarrado a trompones en la vida. Él era bueno para los moquetes.
Vocear Animal Político, periódico del maestro Juan R. Campuzano, me llevó a vender La Verdad, diario de cuatro páginas –desplegado– que criticaba con severidad al gobierno de Caballero Aburto. Una sola vez vi en el zócalo a su director y fundador don Ignacio de la Hoya. Era un manojo de nervios, resultado de las golpizas que le propinaban agentes federales. Pero nada, ni las amenazas sobre su vida, lo hicieron abdicar a su periodismo veraz y libre.
Hijos de la necesidad
Yo entraba y salía de mi casa como Pedro. Mi madre Arcadia, apurada en sostener a la familia, se multiplicaba: hacía comida para vender los fines de semana, cosía ajeno, bordaba mandiles, preparaba rompope y mezcal amargo. Y se llenaba de deudas por el pantalón de este, los zapatos del otro, la cuenta de la tiendita de la esquina. Los sábados eran mortales: había que guardar silencio ante los repetidos toquidos en la puerta.
La fotografía que conservo de cuando yo tenía seis o siete años, me trae la nostalgia de la infancia abrumada por la necesidad, a la que puse válvula con mi ir y venir con cobres de 20 centavos en el bolsillo. Mi madre nos cosía con retazos las camisas y los chores a Gustavo, a Jaime y a mí. A la niña Amelia, sus vestidos. La fotografía es emblemática porque la camisa es morada, hecha con el sobrante de tela con la que mi abuelo forraba los ataúdes.
Cuando escucho a algunos políticos repetir las palabras de Colosio: “Soy hijo del esfuerzo”, me pregunto si de verdad conocen la esclavitud de una madre sin vida propia.
Mi padre me comentó que cuando mi mamá fue bautizada, mi abuelo Perfecto obsequió a cada invitado una moneda de oro. Ella vivió el infortunio de la fortuna y, nosotros, crecimos en la necesidad y el desafío.
La infancia es la primera proximidad con la vida real. Abre los sentidos y puede mostrar la vida sobrecogedora, que eleva o crea un espíritu minusválido. Fui un niño libre, que tomó decisiones a veces llevado por el temor a la severidad paternal, la seca bondad materna y el ejemplo callado del abuelo. No hubo trabajo que me arredara y, como “el relámpago verde de los loros”, cruzan vivas añoranzas que me hacen sonreír.