Federico Vite
Febrero 03, 2026
(Segunda de tres partes)
Cuando uno se enfrenta a un libro de mil páginas se hace muchas preguntas; pero la más interesante está relacionada con el motor que impulsa esa experiencia de lectura. ¿Es un logro? ¿Un castigo? ¿Una dulce compañía? Veamos.
He leído Infinite jest tres veces; la primera, en 2002, cuando Random House publicó La broma infinita (traducción de Marcelo Covián), pero como bien sabe, el texto está lleno de españolismos que hacen mucho más curiosa esta versión. La leí con más ganas que pasión hasta la página cuatrocientos; hice una pausa y al final de ese año terminé la novela sin mucho entusiasmo, sólo recordaba las partes de la adicción. Vivía en Querétaro, conocía poca gente e invertía mi tiempo en la lectura, no sólo de esta novela sino en múltiples libros; pero en aquel momento de mi vida me enfrasqué en la obsesiva cercanía con la poesía. La experiencia de Infinite jest no fue intensa, como un buen poema, sino más o menos farragosa y obligada; pero no niego que dejó algunas huellas en mí, sobre todo en la estrategia narrativa de Wallace, porque no da tregua al lector, lo somete a la estupefacta sensación de no saber nada de ese mundo y le da poca información, así que ir descubriendo la vida en ese sitio se convierte en algo complejo; pero esa complejidad deviene en algo desopilante. Lo que conducía el interés de la lectura era una cosa: ¿cuándo acaban las tribulaciones de Hal Incandenza? No había tregua para la híper sensibilidad e inteligencia de Hal, alguien que asumió su atracción por el daño y batallaba con ello. Batallaba siempre.
En 2016 tuve la fortuna de encontrar uno de los miles de ejemplares que se imprimieron para conmemorar los primeros 20 años de esta novela. Es el libro que aún poseo. Empecé a leer el original sin mucho entusiasmo, pero en la página 140 me enganché; durante dos meses entré a esa “Norteamérica” con una inercia que me hacía sentir bien, entretenido y hasta un poco sobresaltado por el derroche de talento. Yo había dejado de beber alcohol y comenzaba a salir con mucha dificultad del tabaco. La novela aborda estos asuntos con ojo clínico, digamos, con referencias difíciles de soslayar para quien ha vivido este tipo de ansiedades y le cuesta encontrar una ruta de salida, le cuesta dejar atrás lo tóxico que impide la comprensión de la sobriedad. De hecho, me preguntaba si la sobriedad era algo normal. Aún me persigue esa duda.
En esta segunda lectura, la historia me pareció más triste de lo que yo recordaba, porque el mundo con el que Hal Incandenza lidia es difícil de sobrellevar. Aquel genio no la pasa bien estando sobrio y lo entiendo, pues en esa Norteamérica todo pierde color, densidad y belleza; las drogas son un aditivo. Ese mundo estaba diseñado para engancharse con alguna sustancia, en especial, porque los personajes tienen carencias afectivas o comprenden todo eso que parece no tener sentido: vivir paradojas en la zona gris de la existencia. A pesar de eso, los personajes irradian una comicidad palpable. ¿Por qué? Porque viven en sitio paradójicos: “Donde el Estado no es un equipo o un código, sino una floja y descuidada intersección entre los deseos y los temores, donde el consenso público para un muchacho es rendirse a la bien conocida primacía de la línea recta que conduce a la plana y miope idea de la felicidad personal”.
La segunda fue una lectura más conceptual que la primera, pero esta vez sí la consideraría extraordinaria, porque llegué al final con gusto y las 388 notas al pie de página me ayudaron a complementar el trabajo de ficción sembrado por Wallace, extendieron el juego ficcional hasta darles un sentido metaliterario.
Entendí también que para estar sobrio necesitaba mucha más fortaleza de la habitual o tal vez me caló esa relectura porque yo intentaba dejar en paz mis vicios; pero el libro, debo ser honesto, me cautivo por una cuestión técnica: la disposición de la prosa sobre el texto, una prosa verborreica, expansiva, obsesa; una prosa ansiosa, diría yo, algo que poco a poco germinaría como una muestra de lo que todo adicto conoce de primera mano. Wallace representa así el temor al vacío. Eso pude comprender en aquella relectura, donde yo releía también los libros que Foster Wallace refiera como depresivos. “Estaba pasando por una sana dosis de lectura Breat Easton; había salido de libros depresivos como La montaña mágica o Bajo el volcán”. De igual manera me enfrasqué en los juegos de palabras –que son muchísimos– y se pierden en la traducción de Covián. Un ejemplo: “Era The Mad Stork, pero le dicen The Sad Stork”.
En la segunda visita a este edificio literario me detuve en otros aspectos mucho más paródicos, por ejemplo, la voluntad separatista de un grupo de Quebec, quienes buscan la copia original de Infinite jest, una película cuya leyenda cuenta que entretiene hasta causar la muerte. Un poco como aquella obra de John Carpenter: Cigarette burns, filme que forma parte de la primera temporada de Master of Horror. La persona que veía esta película desataba al homicida que lleva dentro. En proyecciones masivas causaba terribles e incontrolables daños. Eso lo toma Wallace y lo modifica de una manera efectiva. Algo que nos recuerda un largometraje más de Carpenter: They alive (1988). En especial porque señala la obstinada voluntad comercial de Estados Unidos. Algo innegable, por supuesto. Pero volviendo a la novela: el grupo Assassins en Fauteuils roulants (Asesinos en sillas de ruedas) trata de duplicar el largometraje Infinite jest para distribuirlo a todos los niveles y sentarse a contemplar cómo los estadounidenses se mueren de entretenimiento, como si uno muriera por sobredosis de Slimfast. Se consuma el hedonismo de una manera burda, con la imagen de un hombre frente a la pantalla de televisión. Ni más ni menos.
Pensé mucho en James O. Incandenza, el otrora cineasta conceptual, director de la Academia de Tenis de Enfield y padre de Orin, un jugador de futbol americano exitoso; Mario, el hijo nacido con deformaciones físicas, y Hal, un tenista tocado por el halo oscuro de los sueños, quien no controla el asiduo disfrute de ciertas drogas suaves. Pero el ancla de la novela es Hal, sólo que James sobrevuela toda la historia con una voracidad similar a la de Urano, esa deidad que personifica el cielo y aprisiona a sus hijos en el vientre de su madre: Gea (la Tierra).
La tercera lectura, ya en 2026, la hice por curiosidad. Necesitaba entender la estructura de una novela que, viéndolo bien, funciona por la acumulación de peripecias, organizadas por los cuadrantes que forman los meridianos y paralelos, esas líneas imaginarias que recubren todo el relato. De eso escribo la semana entrante.
Para la escritura de este artículo utilicé Infinite jest (Estados Unidos, Back Bay Books, 2016, 1079 páginas). La traducción de las líneas entre comillas es mía.
@FederìVite
@monsieur_vate