EL-SUR

Sábado 20 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Infinite jest, treinta años después

Federico Vite

Febrero 10, 2026

 

(Tercera parte y última)

 

La parodia que consuma David Foster Wallace no es sólo en contra del sistema político sino que busca algo mucho más elaborado: la resignificación de hitos literarios. Para transformar un libro cumbre es necesario aflojar los cimientos de un mundo como éste y colocarlo en el camino que le permitirá desmitificar a Hamlet, obra escrita entre 1599 y 1601. Aquello era otro mundo, por supuesto. Wallace intenta resignificar ese proyecto escritural desde un ángulo turbio. Lo primero que hace para consumar esta idea es dotar a Infinite jest de una estructura temporal que se organiza mediante un calendario que los anunciantes denominaban como se les venía en gana. Es decir, el tiempo de esa novela está patrocinado. Aparte, claro, de que Norteamérica se constituyó en un solo bloque integrado por México, Canadá y Estados Unidos; los tres forman un proyecto geopolítico en el que por supuesto hay una célula separatista. Estos fueron los cimientos a cambiar. Lo más complejo fue lo demás.
La novela, como les comentaba en la primera de las entregas de esta serie de artículos, podría entenderse como el punto de encuentro entre Hal Incandenza y Don Gately. No es un punto de reunión física, por cierto, e insistiré en un asunto, Infinite jest crea una dinámica en la que el lector se siente rodeado, pues desfilan unos y otros personajes, asiste a unos y otros hechos, pero al final posee todos los elementos e información para comprender lo ocurrido en diversas etapas del proceso de lectura. Hal Incandenza, un genio y hábil tenista que estudia en la academia de Enfield, deambula cerca de una clínica de rehabilitación. Don Gately, encargado del centro de rehabilitación, tiene diversas etapas de transformación. La convivencia de estos personajes conlleva muchos hechos; lo paradójico es que dura un instante. Antes de eso, Gately padece la convivencia con un aparecido (The wraith) y el lector deduce que ese fantasma es James O. Incandenza. En un sueño, Gately conoce a Hal. “Él sueña que hay gente en la habitación, pero él no es uno de ellos. El sueña que está con un chico muy triste, se encuentran en una tumba, cavando, entierran a un muerto cuya cabeza está hacia arriba, y eso es realmente importante, de una continental emergencia, y Gately es un gran cavador, pero él se siente enfermo por tanta hambre que tiene, hambre irresistible, y está comiendo con ambas manos de una enorme bolsa de tamaño económico de snaks corporativos, entonces él no puede cavar. Mientras tanto se hacía más y más tarde, y el chico triste trata de gritar a Gately que la cosa más importante es enterrar la cabeza de aquel tipo antes de que sea demasiado tarde, pero el chico mueve la boca y nada sale”. Así se conectan Hal y Gately en la página 934. Visto de esta manera, podemos entender que uno de los propósitos de Wallace era parodiar a Hamlet, pues el aparecido es James O. Incandeza, quien vive en otra dimensión y se preocupa por los problemas emocionales de Hal, quien padece un mutismo psicológico. Igual que el rey Hamlet, James O. Incandenza se aparece ante Gately. Esa presencia también detona la trama de Infinite jest, no al igual que la de Hamlet, pero apuntala aspectos que van ganando terreno en la historia: la acción separatista de los canadienses, las aventuras de Orin, de Mario, de Avril y la vida después del suicidio de James.
Sobre todo, ésta es una novela que desbarata la estructura aristotélica del tiempo lineal. No sólo le ofrece al lector una manera de asir la literatura postmoderna. Es un artefacto opuesto a lo decimonónico (en cuanto al tempo narrativo) que mantiene la tensión de una forma mucho más elaborada. ¿Qué se requiere para que una novela como la de Foster Wallace funcione? Trazar un impecable campo de acción, en especial, una línea de tiempo que funciona más o menos así: La apertura de libro ocurre en el año “Year of glad” (YG) durante una entrevista en la que Hal sostiene con académicos para ingresar a la universidad. A partir de ahí se supone (como lo dicta la novela tradicional) que la historia iría hacia el frente, es decir, contaría lo inmediato, ¿el qué pasaría después? ¿Entra o no entra a la universidad? Pero Foster Wallace no tenía eso en mente, sino algo más complejo.
Recordemos que la temporalidad de Infinite jest está fundamentada en empresas que patrocinan el tiempo y todo el relato transcurre en un periodo de 9 años.
1.- Year of the Whopper (aproximadamente el año 2002).
2.- Year of the Tucks Medicated Pad (considerado como el año 2003).
3.- Year of the Trial-Size Dove Bar (considerado el año 2004).
4.- Year of the Perdue Wonderchicken (considerado el año 2005).
5.- Year of the Whisper-Quiet Maytag Dishmaster (considerado el año 2006).
6.- Year of the Yushityu 2007 Mimetic-Resolution-Cartridge-View-Motherboard-Easy-to-Install-Upgrade (considerado como el año 2007).
7.- Year of Dairy Products from the American Heartland (considerado como el año 2008).
8.- Year of the Depend Adult Undergarment (YDAU), un puente entre el año 2009 y el año 2010, en este periodo ocurren la mayoría de los hechos, para ser preciso, justo en el mes de noviembre.
9.- Year of Glad (se le considera el futuro).
El lector va encontrándose el nombre de los años expuesto sobre la página a la manera de las pancartas. Después de ese interlineado se inicia con la narración de ciertos hechos que desbaratan el manejo clásico de la tensión narrativa. Por ejemplo:
“7 de noviembre Year of the Depend Adult Undergarment.
Tú puedes estar en ciertas fiestas, pero no realmente estar ahí. Tú puedes escuchar cómo en ciertas fiestas hay finales implícitos y están incrustados en la coreografía de la fiesta en sí. Uno de los momentos más tristes de Joelle Van Dyne era que siempre sentía el invisible pivote donde las fiestas terminan –ese momento en el que todos comienzan a recoger sus encendedores y sus parejas, chaquetas o abrigos, toman su última cerveza colgando de los anillos de plástico de los paquetes”.
El libro funciona por la acumulación de peripecias, por las acciones engranadas de manera sutil, sin que el drama o la estridencia se impongan, pues recordemos que gracias al sentido del humor, Foster Wallace evita la sensiblería y el golpe trémulo de la catástrofe. Se apoya en Hamlet, lo resignifica y agranda los ecos de la novela, porque aborda la adicción, como tópico esencial, pero cruza en el camino con un clásico de William Shakespeare. Ergo: toca lo sagrado de manera iconoclasta y con atino. Eso no lo hacen muchos autores. Hablo de la virtud de este libro que, sin duda, visitaré de nuevo en algún momento de mi vida, porque la reconstrucción de este edificio es ejemplar. Más allá de los fans y de los detractores de Foster Wallace, Infinite jest abre senderos narrativos: es tarea del lector recorrerlos; sobre todo, si quieren ser escritores, pero no del montón.

* Para la escritura de este artículo utilicé Infinite jest (Estados Unidos, Back Bay Books, 2016, 1079 páginas). La traducción de las líneas entre comillas es mía.

@FederìVite
@monsieur_vate