Federico Vite
Enero 27, 2026
(Primera de tres partes)
El primero de febrero de 1996 salió a las mesas de novedades de las librerías de Estados Unidos, y otras tantas partes de América del norte, un libro de ficción que superaba las mil páginas. El autor era conocido pero no tanto. David Foster Wallace había publicado The broom of the system (1987), una novela de campus que manifestaba el sentido del humor de un autor novel, sensible e inteligente. También había hecho público un libro de cuentos: Girl with curious hair (1989). Pero once años después de la primera piedra de su edificio novelístico (un lapso entre libros al que también recurrieron tanto Jonathan Franzen como Donna Tartt) apareció lo que Michael Pietsch, el editor de Little, Brown and Company de aquel entonces, definiría como un libro de raro sentido del humor.
Pietsch recibió los adelantos de Infinite jest y empezó a urdir el plan para que los lectores conocieran un trabajo que hasta el momento goza de una buena salud en los mercados editoriales de todo el mundo, porque no sólo los anglosajones mostraron gran afecto por este autor, sino que muchas naciones más aún lo editan con frecuencia; por ejemplo, en Italia hoy salió a la venta una edición preciosa de Infinite jest, cuya portada posee un cassette en formato VHS, como los de antaño; la traducción es de Edoardo Nesi, pero en esta labor también colaboró Annalisa Villoresi. En nuestro idioma no levantó mucho revuelo el treinta aniversario de este hito literario, pero hay una traducción de Marcelo Covián que fue publicada en 2002; Random House la tituló La broma infinita.
Volviendo al asunto de Pietsch, el editor se volvió amigo de Wallace, pues durante el arduo trabajo de corrección conversaron muchísimas veces. De hecho, él recibió los fragmentos del libro que le enviaba David e instó a Foster para que cortara algunas partes, modificara otras y, al final, le dio el apoyo que un editor debe dar; es decir, logró que la historia se contara lo mejor que se podía. Aunque en podcasts y artículos se comentaba que Foster fue quien tomó la decisión final de los recortes y otras tantas adecuaciones.
Cuando uno ve por primera vez una novela de mil páginas en la mesa de novedades, se hace otras preguntas, ¿hay mercado para eso? ¿Los lectores quieren algo así? Treinta años después seguimos hablando de Infinite jest, ¿por qué? Por amor a la lectura, esa es la respuesta definitiva, pero también es cierto que un libro con las características mencionadas es difícil de encontrar; más aún, un autor que enfrente estas batallas con la ficción no sólo muestra un músculo literario poderoso, sino una paciencia férrea y autoconfianza envidiable.
Este autor depositó en los entresijos de la prosa conocimientos que de una otra manera absorbió, porque es palmaria la cantidad de programas de televisión que vio, la cantidad de películas; la cantidad de manuales médicos, de tratamientos de rehabilitación para dejar el alcohol, el cigarro y las drogas. Es inmenso todo ese mundo interno, porque lo que sabe sobre sí mismo es oro molido; de hecho, lo pone en palabras de sus personajes: “Yo no estoy tratando de lastimarme. Yo voy a tratar de asesinarme a mí mismo. Esa es la diferencia”.
No ocurre muy a menudo que un autor se anime a contar una historia en mil setenta y nueve páginas; pudo ser más extensa esta novela, pero de acuerdo con Pietsch, Foster aceptó quitarle 250 páginas más a este coloso, que por extensión y sentido del humor, nos recuerda a tres monumentos que la preceden: The sot-weed factor: Or the voyage to Mariland. A satyr (1960), de John Barth; The recognitions (1955), de William Gaddis; y, por supuesto, Gravity ‘s rainbow (1973), de Thomas Pynchon. En un mundo que lee poco, ¿qué hacemos con estos libros?
Recuerdo haber visto una entrevista en la que David Foster recomendaba tener un diccionario en el baño: “eso siempre es útil para conocer otras palabras”. Wallace debió cotejar muchos, porque este libro tiene bastantes palabras, diálogos ingeniosos, monólogos atractivos, escenas inusuales, revestidas con humor, claro, aunque hay asuntos de un dolor inmenso, pero la gracia del autor no le permite caer en el melodrama ni muchos menos en el cliché. Quizá lo que más llama la atención es la incontrolable pulsión por el daño. Antes de entrar en esa materia es preciso decir que el original tiene palabras en otros idiomas: italiano, francés, alemán y latín. La apuesta de Foster no sólo es ambiciosa sino grandilocuente.
El libro crea una dinámica propia en la que el lector se siente rodeado, pues desfilan unos y otros personajes, pero tiene claro de que el protagonista es, como mandan los cánones, el primero en ser convocado por el autor: Hal Incandenza, un genio y hábil tenista que estudia en la academia de Enfield. Debe asistir a una clínica de rehabilitación, cercana a la academia, ahí conoce a otro igual a él, Don Gately, encargado del centro de rehabilitación. Hal tiene dos hermanos: Orin, el mayor pero más confundido; y Mario, un especialista en argumentar cuestiones incluso en detrimento de sí mismo. Avril es la esposa de James, la madre controladora de Orin, Hal y Mario. Quizá es el personaje más disfuncional de todos y, por supuesto, el más atractivo en este momento de mi vida. Viven una distopía futurista, donde Canadá, Estados Unidos y México han conformado la Organización de Naciones de América del Norte (en el original es ONAN).
Los planos de la novela, muchos en verdad, surgen disparados por la aparente causalidad de la vida de los Incandenza, amigos, conocidos, enemigos, vecinos, deportistas, maestros, doctores, terapeutas, novias, etc. Pero no se confunda, yo entiendo esta historia como una serie de hechos cómicos que le pasan a personajes con heridas profundas, pero, no sobra decirlo, no saben cómo sanar. Un ejemplo de lo señalado es que Hal Incandenza le cuenta a Orin una conversación sui generis que sostuvo con el psicólogo. Hal detalla la manera en la que encontró el cuerpo de James, cuya cabeza explotó en el horno de microondas. “Yo tenía mucha hambre, venía de practicar, había estado entrenando muy duro, todo el día. Abrí la puerta y lo primero que dije fue: ‘Esto huele delicioso’. Pero no quiero sentirme mal porque el psicólogo me dijo: ‘¡Dios mío, hijo! ¿Qué dijiste?’ Y yo le repetí que había entrenado mucho todo el día, que tenía hambre, pero olía muy bien; luego encontré los zapatos, después los trozos de todo aquello pegado en las paredes del horno. ¿Tú viste todo eso, Hal? Himself (como le dice a su padre o también lo refieren como el Infiniter jester) tuvo la delicadeza de ponerse papel aluminio hasta el cuello para que las ondas pudieran hacer bien el trabajo. Pero yo no quería decir eso, sólo fui honesto”.
Hay varios narradores, cambios en el punto de vista y se modifica mucho la distancia psicológica entre personajes; en especial, porque la historia no es lineal, hay saltos en la trama que confunden al lector poco avezado. Una novela con esta versatilidad sólo puede haber sido contada por un talentoso, disciplinado y obsesivo escritor que deseaba crear un histérico mundo personal. Pero la pregunta real es otra, sobre todo, treinta años después de haber sido publicado este portento, ¿cuál es la experiencia de leer Infinite jest? ¿Un logro? ¿Un castigo? De eso escribo la semana entrante.
* Para la escritura de este artículo leí Infinite jest (Estados Unidos, Back Bay Books, 2016, 1079 páginas). La traducción de las líneas entre comillas es mía.
@FederìVite