Silvestre Pacheco León
Noviembre 24, 2025
Jaime Vélez es un costeño alto y fuerte de 66 años de edad que conocí en Zihuatanejo. Había regresado de Estados Unidos, jubilado, después de 50 años de ausencia. Vestía pantalones vaqueros y unas botas negras de cuero, inusuales para la costa, que le llegaban hasta las rodillas. Traía la camisa a cuadros desabrochada y una gorra de beisbolista mal puesta, y una cangurera con el celular en la cintura.
La historia de este paisano me pareció interesante por su experiencia como trabajador que entró de manera ilegal en los Estados Unidos en la década de los setenta.
Se le notaban las ganas de platicar porque no cortaba la conversación. Su aspecto no era del costeño ni del “sierreño” y tampoco del “montañero” como primero se identificó. No había olvidado el español pero su modo de hablar distaba mucho del costeño usual.
Nos platicó que desde joven se había ido a Estados Unidos alentado por su papá quien fue de las primeras generaciones de braceros mexicanos contratados durante la época de la Segunda Guerra Mundial.
Jaime y sus hermanos emigraron muy jóvenes a Estados Unidos con la idea de que había mucho trabajo allá, bien pagado, como para poder comprar vacas para tener un rancho, como era el sueño de muchos guerrerenses.
Cuando él se fue, uno de sus hermanos ya trabajaba en California, en el Silicón Valey, y otro en el estado de Washington.
En California Jaime trabajo en una fábrica de celulares “cuando estos aparatos comenzaban a construirse, y eran del tamaño de un tabique”. recuerda, y en poco tiempo le hizo caso a su otro hermano de irse a Washington donde pagaban mejor.
–Vente para acá zanca porque donde estás hace mal tanta contaminación te vas a enfermar de los pulmones y te vas a morir rápido, sin ganar gran cosa, le dijo para convencerlo.
En Washington su hermano trabajaba con un gringo dueño de grandes extensiones de árboles de manzanos.
–Le caíamos bien al patrón porque éramos muy trabajadores. Nos mandó a la escuela dos años para aprender todo de la siembra y cultivo de manzanos. Él nos pagó y legalizó nuestra estadía en aquel país. Cuando terminamos la escuela nos llevó a un pueblo cercano de la capital que se llama Wenatchee, y nos enseñó un terreno grande, de 80 acres que apenas había comprado.
Allí los llevó a vivir el agricultor gringo y les financió el arreglo de una casa que estaba de “malitas” para que en ella vivieran.
Cuenta Jaime que vivían aislados pero que tenían todo lo necesario, y como su patrón les pagaba bien, no le pusieron peros. Dice que iban al pueblo vecino, donde vivían paisanos mexicanos, a contratar peones, y que hasta sirvienta consiguieron.
Cuando limpiaron todo el terreno y lo cercaron regresó el gringo y les dijo el plan.
–Voy a convertir este terreno en un huerto de manzanos con variedades para la exportación y ustedes serán los encargados–, les dijo.
Cuenta Jaime que cuando llegaron a Estados Unidos solamente había manzanas de dos clases, las verdes y las rojas, y que en pocos años produjeron una gran variedad de colores para exportar. El dueño después de vender a un dólar el kilo de las manzanas verdes y rojas, recibía 15 veces más por su nueva producción que mandaba a Japón.
–A todos nos iba bien y teníamos tantos trabajadores que mi hermano como administrador recibía un millón de dólares mensuales para pagar la raya.
–En pocos años levantamos ese huerto de manzanos, instalamos el riego por goteo con agua traída del río vecino y con maquinaria pesada se preparó la tierra removida a mucha profundidad, hasta dejarla como talco para la siembra, y en pocos años comenzó la producción.
–Mi hermano que era el administrador tenía una camioneta Toyota un poco vieja para su servicio, de la que nunca se quiso deshacer a pesar de que el patrón le rogaba que la cambiara por una nueva.
–Creo que mi carnal lo hacía a propósito para que el patrón no creyera que era ambicioso, y nos fue tan bien que pronto conseguimos esposas gringas.
–Yo era el más alto y bien parecido de la familia y luego me gustó una hermana de mi cuñada, también alta y bonita. Entonces pensé que podríamos tener unos hijos chingones, y nos hicimos pareja, pero como ella estaba casada y su marido en la cárcel, tuve problemas.
Cuenta Jaime que un día estaba reparando su vochito en la calle, cuando de pronto casi lo atropella un coche que se detuvo en seguida, y fue allí donde conoció al marido de su mujer que había salido de la cárcel y venía a vengarse por haberle quitado a su mujer.
Dice que casi lo matan porque el marido celoso lo acuchilló en varias partes del cuerpo mientras el otro lo pateaba, que se salvó porque ya arrinconado se lanzó sobre un montón de leña donde había visto un bat con el que se defendió.
–Le partí la cabeza al acompañante y en cuanto vieron que corría la sangre
huyeron como llegaron.
Cuando Jaime se revisó su cuerpo dice que se sintió aliviado porque debajo de su camisola llevaba puesta una chamarra de cuero que fue la que le salvó la vida evitando que el cuchillo le penetrara en el cuerpo, de todos modos fue a parar a la cárcel y con esa mancha cargó el resto de su vida.
–Fue en esa época que mi hermano, que se había quedado en California, nos visitó un día para presumirnos un tráiler que se había comprado, nuevecito, en el que iba y venía de México, llevando y trayendo carga.
–Puso una tienda bien surtida en Chihuahua, y a todos nos iba “a toda madre” surtiéndola.
–Mientras eso sucedía, en la costa, donde vivían nuestros padres, compramos varios ranchos y llegamos a tener hasta mil cabezas de ganado que mi papá administraba con mucho orgullo viendo cumplidos sus sueños, pero nosotros pocas veces veníamos a México, más bien ellos eran los que iban a visitarnos.
–Pero un día mi hermano del tráiler llegó a la finca de manzanos en una troca nuevecita de doble cabina, y nos dijo que había que entrarle al negocio de las armas que era lo que dejaba mucho dinero, que le podíamos poner doble fondo a la camioneta y él se iba a encargar de lo demás.
–Nosotros nos negamos desde el principio pero nos estuvo chinga y chinga de que todo era fácil y que ganaríamos muchos dólares, hasta que nos convenció y terminamos arreglando el doble fondo.
–Días después tuvimos la visita del patrón a quien se le veía entre enojado y preocupado. Se había dado cuenta de la troca porque tenía cámaras en la casa, y aunque nos habíamos cuidado de esconderla la vio. Nos preguntó de quién era y porqué estaba allí, y le echamos cualquier mentira, luego se fue no muy convencido.
–A los pocos días regresó en compañía de un abogado, nos llamó y nos hizo cuentas del tiempo que habíamos trabajado con él, luego nos pagó nuestra liquidación y nos dijo que estábamos despedidos, que no quería volvernos a ver en su propiedad.
–Entonces nos dimos cuenta del tamaño de nuestro error, pero ya era tarde. A mi hermano lo agarraron y lo metieron a la cárcel. Yo me vine para la costa a vender todo el ganado porque eran los tiempos en los que empezaba la plaga de la maña, y mis viejos ya estaban grandes y cansados.
–Después de lo que he vivido me siento satisfecho porque hicimos felices a nuestros padres cumpliéndoles sus sueños de tener vacas y una casa bonita.
–Pronto voy a regresar a Estados Unidos porque allá tengo mi familia. Uno de mis hijos vive en Nayarit, hizo su casa en una playa de bahía de banderas porque deveras le gusta el mar.
–Ahora me toca ver cómo nos trata Trump con las redadas, pero como soy ciudadano gringo me voy confiado y espero estar pronto de regreso para disfruta de la vida en la costa.