Florencio Salazar
Septiembre 01, 2025
Toda elección requiere un momento previo de deliberación. Oriol Ponsatí-Murlá.
Lo ocurrido en el Senado de la República el jueves 29 de agosto, es un acto vergonzoso que exhibe la pobreza de la actual política mexicana. La constante provocación de Gerardo Fernández Noroña hizo perder la cordura al presidente del PRI, Alejandro Moreno Cárdenas (Alito), con el nefasto resultado de jaloneos e insultos en el escenario de la mesa directiva.
El poder político por excelencia es el legislativo. En él se produce el debate entre las fracciones parlamentarias. Es decir, se activa la representación nacional con la concurrencia de mayoría y minorías, consustanciales a la pluralidad democrática. Así se sostiene y moderniza la estructura política y legal.
Las sesiones parlamentarias suelen ser exhaustivas y exhaustas. El proceso legislativo se emprende con una Iniciativa de Ley; se dictamina por la Comisión correspondiente; después de ser agendada pasa a la consideración del pleno. Es entonces cuando se desarrolla el debate, durante el cual los partidos exponen argumentos a favor o en contra, se reservan artículos; se apoya o descalifica íntegramente la Iniciativa, que puede proceder del Ejecutivo federal o de los propios congresistas. A grosso modo, es el proceso para la promulgación de nuevas leyes, reformas o derogaciones.
A todos los legisladores corresponde observar las reglas y el espíritu del debate parlamentario. Por ejemplo: ser minoría no significa ser ignorada. Aún si la mayoría es calificada, las leyes y puntos de acuerdo deben ser objeto de análisis y discusión. De no ser así, la aprobación mayoritaria carecerá de legitimidad.
“La legitimidad es una calidad ética, en este caso, de un sistema político y la legitimación implica el reconocimiento o adhesión a ese sistema” (Wikipedia). Sin embargo, en el régimen de la 4T, las Iniciativas de Ley han sido, con frecuencia, impuestas por votación mecánica –como consta en los medios– sin haber sido previamente leídas por los legisladores.
La decisión de la mayoría para aprobar alguna reforma, no obsta el acceso de las minorías a la tribuna. Quien preside la sesión –por elemental ética política– debe conducir el debate con criterio inclusivo y de respeto. La sesión puede consumir muchas horas, pero deben agotarse las participaciones. Escuchar permite que las nuevas leyes o reformas del caso, sean sostenidas por la legalidad y la legitimidad.
Cuando el Congreso es un buzón del Ejecutivo (no titular porque es unipersonal e indivisible) y las iniciativas son votadas automáticamente, se vulnera la esencia del Poder Legislativo al desconocerse la representación nacional y popular (integrada por todos), atentando contra la vida democrática. Es decir, se legisla para el poder.
No tiene caso referir lo evidente: el retroceso democrático de México. Eventos como los ocurridos en el Senado nos exhiben a todos y, consecuentemente, al país. Por su intensidad el debate es apasionado y llega a desbordar la argumentación favoreciendo la rispidez. Corresponde a quien preside encauzar la sesión, imponer orden y facilitar el desahogo de las propuestas y del Orden del Día para evitar actos bochornosos.
El objeto del debate parlamentario no es la descalificación per se. Se asume que la mayoría puede integrar aquellas propuestas que enriquezcan, mejoren o corrijan una Iniciativa de Ley o Punto de Acuerdo. Ser mayoría no significa tener siempre la razón, tampoco la minoría. La razón es la consecuencia del análisis argumentativo para convencer. La imposición no necesita argumentos.
El régimen de Morena conoce el carácter y conducta de Fernández Noroña. Podemos concluir que lo designaron para el deleznable papel que solo él podía cumplir: ofender, amenazar, provocar. Pareciera que se apuesta al desgaste del Congreso.
Los parlamentos de las dictaduras son de validación; allí solo se usa la palabra por instrucción o autorización con previo conocimiento del contenido. La desobediencia cuesta cara. El nuestro es consecuencia de una elección democrática, aunque no su mayoría calificada.
Alito contuvo al impresentable presidente del Senado, pero éste “había conseguido sus objetivos: reavivar la emoción frente a la lógica, resucitar la rabia y la ira, frente a la razón y la inteligencia” (Maldita Roma de Santiago Posteguillo). Fernández Noroña bien puede decir: misión cumplida.