EL-SUR

Miércoles 12 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

James Salter, las ventajas de escribir a mano

Federico Vite

Diciembre 07, 2021

(Tercera parte)

 

All that is (Estados Unidos, Vintage, 2013, 350 páginas) se publicó en castellano como Todo lo que hay en la editorial española Salamandra. Es la última novela de James Salter. Antes de hablar de su estructura, básicamente unida por las experiencias amorosas de Philip Bowman, observemos al protagonista  Philip fue a la guerra. Tuvo acción en la batalla de Okinawa. Al regresar de ese infierno asiste a Harvard. Posteriormente consigue empleo como editor en una pequeña editorial de renombre en Nueva York: Braden & Baum. En esa época, los editores sólo se fijaban en Estados Unidos y Europa central. Iban  y venían desde “El viejo continente” hasta New York. Frecuentaban fiestas, cocteles, cenas, restaurantes, cafeterías, hoteles, bares y centros nocturnos. Su trabajo consistía en cortejar autores. Ergo: Bowman mantiene conversaciones hasta la madrugada de manera habitual. En esos recovecos de la industria literaria, donde se construyen “carreras” y se destronan emperadores, se siente realmente a gusto. Ejercita la seducción. Busca el amor físico en las mujeres; el platónico, en los hombres. No deja de pensar en mujeres; las anhela e idealiza, las quiere a todas. No puede estar sin ellas.
Pese a su éxito profesional, este ex oficial de la marina no encuentra el amor que busca, lo percibe como la forma definitiva de su vida. Navega por la literatura como si esta fuera un sustituto del amor, un puente de acceso a lo otro, eso que aún no conoce y anhela. Cuando finalmente encuentra a una mujer que lo fascina, Bowman emprende un camino que nunca había pensado transitar. Las mujeres que aparecen en este volumen no son mojigatas ni débiles, mucho menos dóciles.
All that is es narrada por una voz omnisciente. No es una novela típica, aunque sí lineal. Funciona esencialmente por la intensidad de las micro historias que son conectadas por las pasiones de Bowman. La literatura funge como un subterfugio para hallar otras verdades esenciales. Los capítulos decantan experiencias irrepetibles. Emulan un diario. Y a veces realmente empalman con la poesía. Por ejemplo, esta descripción de Vivian: “Él no podía quitar los ojos de ella. Su cara era como si de alguna manera no estuviera completamente terminada, con características ardientes, una boca no deseosa por sonreír, un rostro fascinante que Dios había estampado con la simple respuesta de la vida. De perfil, ella era aún más hermosa”.
Bowman busca autores, los procura, los apapacha. Cree en la literatura del siglo XX. Piensa que los estándares de la narrativa son Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, Thomas Mann, Thomas Wolfe, Isak Dinesen, Isaak Bábel; también rinde tributo a Víctor Hugo, Balzac y Gustave Flaubert. Esos son los dioses que busca en los noveles talentos. Viaja por todo el mundo. Conoce a mucha gente. Especialmente, se involucra con mujeres a quienes disfruta, añora, desea y ama. Pierde rápidamente el encanto por ellas. El libro no enfoca sólo a Bowman y a muchas mujeres, sino a otros personajes secundarios (editores, escritores, lectores, socialités) que dan un contrapeso a la agitada vida sentimental del protagonista. La voz hace cortes abruptos entre capítulos y esencialmente trabaja escenas, diálogos, descripciones y actividades sexuales de una intimidad abrumadora. Es realmente bueno en este aspecto. Cincela la carne de los personajes que simple y sencillamente exploran la vitalidad de múltiples maneras, pero siempre devorándose. Su prosa es concisa y posee una ligereza que no engolosina al lector. Sabe dónde y cómo aplicar la elipsis. Una herramienta bien llevada a lo largo de todo el relato.
El libro funciona como un paisaje para comprender que Salter es un escritor que lee mucho y bien, un autor que entrega productos dotados de intensidad. Es alguien, sin duda, que busca la iluminación en la literatura.
Bowman, desde sus últimos días como oficial naval en la batalla de Okinawa hasta sus años como editor en una prestigiosa editorial de Manhattan, es un hombre de la vieja guardia. Alguien de mundo que poco a poco va ganando confianza en sí mismo y, en especial, ejercita la seducción sin proponérselo. Lo hace de manera natural y termina involucrándose con una jovencita. Después encuentra a la mujer que necesita. Es, sobre todo, un tipo que intenta transgredir. A propósito de la abundancia de escenas sexuales en All that is, Salter comenta en la conferencia El arte de la ficción lo siguiente: “He mencionado antes la libertad artística. Me refiero a la libertad de no estar sometido a las ideas corrientes de moralidad o a ningún catecismo. También me refiero a la libertad, o más bien a la necesidad, de romper con cualquier mediación”.
¿Cómo empezó a escribir All that is alguien de 88 años? Salter detalla que inició Toda (así se llamaba originalmente esta novela) después de un arrebato. “Se me ocurrió a altas horas de la noche una idea. Hice la descripción en una habitación a oscuras. Fui al cuarto de baño, encendí la luz y escribí a vuelo de pluma. Una página entera. Supe que era un golpe de suerte. Lo que había escrito traslucía con claridad los temas del libro. Llené dos cuadernos gruesos para ese libro, obras de consulta divididas en secciones con apuntes de mis diarios que podía ser de utilidad: clima, lugares, diálogo, caras, muertes, amor, sexo, gente. Toda. No usé ni siquiera una cuarta parte de ese material. Trabajé en el libro un año, tal vez más, y luego perdí la confianza en él. El problema era que fallaba el personaje principal”, confiesa el autor y deja ver que ese libro parte de una percepción sobre la vida. Más bien, sobre aspectos de su vida. Quería hacer algo similar a los diarios sexuales de Víctor Hugo, afirma Salter, pero lo más importante de todo es la organización, es encontrar un orden. “Tracé una línea cronológica al principio –era esa clase de libro– y fui señalándolo todo a partir de esa línea temporal”, expone. Las primeras páginas del libro describen a cientos de cadáveres flotando en el mar. El agua es un elemento tremendo que el autor explota perfectamente y es en ella donde Bowman comprende la intensidad con la que anhela vivir.
¿Pero su último libro se hizo más literario por el mero hecho de intensificar el trabajo con el lenguaje y lograr esa transparencia que tanto anhelaba? Es decir, borrar literalmente la voz narrativa y dejar que la historia se cuente solita alejó a Todo lo que hay de las grandes masas, lo convirtió en un libro para escritores. A Salter no le quitó el sueño eso, sabía qué responder cuando le hacían mención a la demasiada escritura de sus libros: “Creo que escribo para cierto tipo de persona –no voy a definir exactamente quien, aunque tal vez sea una mujer–, pero no para todo el mundo. Para una mujer inteligente, como dijo (Isaak) Bábel”. Hacer más literario un proyecto implica alejarse del presente, implica también ir hacia atrás, como en busca de un dios ancestral que simple y sencillamente ya no es adorado. Esta es la mayor enseñanza de escribir a mano. Todo lo que hay apareció 38 años después de la formidable Años luz (1975). Es literalmente un testamento luminoso.