EL-SUR

Jueves 04 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Javier, mi hermano

Florencio Salazar

Mayo 26, 2026

LA VIDA MARCHA

Fuimos nueve, en dos grupos de hermanos, con los mismos padres: cuatro hombres y una mujer primero y –con pausa de siete años– tres hombres y una mujer, después.
Yo soy el primero del segundo grupo.
Mi hermano Javier –sepultado este último domingo– fue el segundo de los primeros.
Tenía 89 años. Lo recuerdo cuando contrajo nupcias con Elizabeth Tejada Reyes, en el templo de San Francisco. La noche de aquel 28 de julio de 1957, un sismo de 7.8 con epicentro en Guerrero, derribó el Ángel de la Independencia.
Trágico en Chilpancingo. Habitantes afligidos, viviendas deshechas y las casas de un nuevo fraccionamiento, al sur de la ciudad, parecían aplastadas por el pie de un poderoso Titán Colosal.
Por ello, digo a mis sobrinos que sus genes son telúricos.
Pienso en Javier y en los que han partido –Alberto y Carlos– e imagino a cada uno como un bloque de granito al que le brotan manos y brazos y, de su propio volumen, hacen cincel y martillo para esculpirse a sí mismos.
En mi infancia, con excepción de mi hermana Beatriz –hermosa persona–, a mis hermanos mayores los recuerdo en nebulosas imágenes.
Partieron jóvenes buscando opciones en la vida.
Javier –el guapo de la familia– se esforzó en varios empleos hasta que encontró la oportunidad en la Comisión Federal de Electricidad. Fue administrativo en ascenso. Llegó a ser representante sindical, formó a su familia y su patrimonio.
Tenía vena bohemia. Tocaba la guitarra y era entonado en la interpretación de boleros. Con cientos de discos, debidamente clasificados, pasaba horas escuchando a Los 3 Ases, Los Panchos, Los Tres Reyes, Los Tecolines… Esa afición la tenía mi hermano Alberto y la comparto yo.
“Quiero que oigas a mi compadre” y surgía la voz de Marco Antonio Muñiz. Y una y otra vez oíamos a su compadre. En una de tantas le pregunté de qué era su compadre el célebre interprete. Entre risas contestó: “Él no lo sabe, pero yo lo hice mi compadre”.
Ustedes disculparán que los distraiga con asuntos personales.
Ocurre que la vida es una historia irrepetible y cada quien –por reflexión o intuición– la va construyendo. Por ese motivo, todos somos hijos de nuestros actos.
Javier era afable, pero en ocasiones lo cubrían tormentas.
Creo que la inteligencia nos permite sanar heridas. La rosa de los vientos que orienta nuestras formas de pensar ofrece la ventura, las alternativas para el bien vivir. No obstante, hay que evitar el rencor, ser obstinados. El aislamiento, resultado de la terquedad, amarga.
Él templaba su carácter en el trabajo, en la música y en su responsabilidad familiar.
El descenso de su vitalidad fue indeseable. Señala Torres Bodet que es ofensivo asistir a la degradación de un ser humano.
La vida tiene dos misterios: el primero y el último. ¿Qué concurre para nacer y morir? No lo sabemos, no lo sabremos.
Vivimos en la Gran Armonía. Somos partes de la totalidad que nos forma y transforma. El polvo que seremos se convertirá en algo que seguirá viviendo. Por eso también creo que Dios perdona todo, porque cada quien vive su propio cielo y su propio infierno.
Ustedes pensarán: si Dios perdona todo, entonces: ¿Cuál es la razón de la virtud, de evitar la maldad?
Dios nos dio libre albedrío, pero también nos colocó una alarma autónoma: la conciencia. Ella puede aguijonear y traer de la nada aquella decisión, ese acto, que creíamos olvidado. También nos induce a buscar la perfección humana, la utopía que nos aproxima a la divinidad.
La conciencia impide que nos engañemos a nosotros mismos. El bien fortalece; la maldad abate.
El ser humano es energía y contribuye a la arquitectura de Dios en sus tiempos. El tiempo es lo único que prevalece con Dios.
Hay que vivir. El tiempo es limitado porque nada que sea finito es inmortal. Sin embargo, lo mortal continúa; muere pero no desaparece.
Venimos a vivir la alegre vida, dice Jaime Sabines.
En el conflicto y la angustia inherente a la existencia, mi hermano Javier libró sus batallas.
Su cuerpo será raíz de musgo o selva. Será, prevalecerá.