EL-SUR

Martes 27 de Septiembre de 2022

Guerrero, México

Opinión

Jorge y Martha Fernanda*

Florencio Salazar

Enero 13, 2022

Florencio Salazar

Hoy, el prodigio del amor da paso al milagro de la vida. Acostumbrados al pacto social y religioso del matrimonio, dejamos de sorprendernos ante los impulsos del amor que conducen a dos personas a convertirse en una, en una sola. En una que, siendo dos, se esforzarán por alcanzar esa suprema aspiración.
El amor es prodigioso, de sustancia etérea y resultados concretos. En cada palpitar de los minutos, en algún lugar y en diferentes condiciones, la semilla viaja por rutas impensables para fertilizarse. El polen que mueve las abejas, las castañas abriéndose al aire, las diminutas sedas en viajes remotos; incluso, la fecundación in vitro. Todo, para hacer que florezca la vida.
Este prodigio parece ya no asombrarnos.
Después del maratón de la simiente viene el crecimiento y el desarrollo de un nuevo ser para enfrentar los avatares de la vida. Cada uno de nosotros es el héroe, la heroína, de su propia existencia. ¿Por qué existimos nosotros con miradas, voces, gestos, únicos e irrepetibles, como las huellas de las manos? ¿Por qué nosotros y no otros?
Ese es otro prodigio, que la costumbre tiende a olvidar.
En nuestra sociedad de los poetas vivos –la poesía está en cada uno–, ocurre que dos personas, probablemente desconocidas, se atraigan. Algo en las líneas de su pelo, en el olor de la piel, en la luz de los ojos, en el modo de mover las manos, de andar, de hablar, pone en marcha un mecanismo emocional que se propone juntarlos en la vida.
Y ese es el colmo de las maravillas.
Las bodas, cuando nacen del amor, siguen siendo el milagro del Galileo en Canán. El agua convertida en vino; el vino de la amistad, del afecto, del deseo irrefrenable por la dicha presente y futura de Jorge y Fernanda.
El amor es el trastorno del corazón, dicen unos; es la ensoñación de lo irreal, afirman otros. Yo creo que el amor es la escalera sin escalones, a las que se asciende con las alas de los sueños y se desciende desplumados por la incomprensión. De la armonía en el matrimonio depende el tamaño de nuestras alas.
Los padres de Jorge, Jorge Cortés y Lupita Alcaraz; los de Fernanda, Martha Ofelia Martínez y yo, junto con nuestros hijos e hijas, abuelos, tíos, primos, sobrinos, estamos dichosos por este matrimonio; por la nueva familia Cortés-Salazar, con sus testigos y padrinos. Ellos son dos jóvenes que han sabido hacer su parte de construcción personal, y lo han hecho bien.
Son responsables, con valores, consecuentes. Tienen claridad en su futura vida de socios y cómplices. Hoy, por la suscripción civil y la alianza religiosa, levantan su casa, descifran algoritmos y las claves digitales para que la incertidumbre de la realidad virtual no falsifique sus datos y jamás olviden que creemos en ellos en una realidad viva.
Hace aproximadamente treinta años, Martha Ofelia y yo viajábamos en automóvil de Guadalajara hacia Colima. Pasando la caseta de cobro de Ciudad Guzmán, tuvimos una tremenda volcadura. La Cruz Roja nos trasladó al Centro Médico del Instituto Mexicano del Seguro Social de Guadalajara, en donde estuvimos en estado de coma y unas semanas en terapia intensiva.
Los médicos y paramédicos, hombres y mujeres, nos sacaron adelante. Martha Ofelia estaba embarazada. Dijeron: ella se va a salvar, lamentablemente el producto no. Ocurre que el producto está aquí, contrayendo matrimonio.
Fernanda, no sólo superó esa crítica circunstancia. También mostró su fortaleza en el momento de nacer, porque no nació a los nueve o siete meses. Nació a los ocho meses de embarazo que, según los médicos, es el más complejo para el alumbramiento.
Doña Elpidia, abuela materna de mi esposa Martha Ofelia, nos decía que la niña debería llamarse Milagros; y sí, así debió haberse llamado: Milagros Martha Fernanda.
Dios nos ilumina todos los días con prodigios, maravillas y milagros y por ser estos abundantes parece que han dejado de sorprendernos. Sin embargo, aquí estamos, con el milagro de nuestras vidas.
La poeta Alejandra Pizarnik propone que transitemos con optimismo:
¿Y si nos
vamos
anticipando
de sonrisa en
sonrisa
hasta la
última esperanza?

Hasta la última esperanza, la utópica, por la que avanzamos entre la cizaña y la tierra árida, entre la luz mortecina y las sombras deshechas. Ella, La última esperanza, nos ofrece también el goce del mar y el dorado rojizo de los amaneceres. Y llegará con las risas que habrán de brotar en el jardín de juegos.
Estimados familiares, amigas y amigos:
En nombre de la familia Cortés Alcaraz y Salazar Martínez, les pido hagamos un brindis:
Jorge y Fernanda:
La vida sí es un ensayo, pero no en todos sus actos. Ensayar es aprender, tener experiencia. Ustedes reúnen las cualidades para trazar su ruta y lograr sus propósitos.
Les pedimos: sorpréndanse todos los días con los prodigios, las maravillas y los milagros que la vida ofrece. Salud.

* Ana Sofía leyó estas notas el 8 de enero pasado. El Covid impidió mi asistencia a la boda. Disculparán que abuse de su paciencia con un asunto tan personal.