Alan Valdez
Julio 18, 2026
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
(Tercera parte)
Rusia 2018
I
El restaurante se llama El Papalote, está al lado del Hospital Morelos del IMSS cerca del centro de la ciudad de Chihuahua. En el 2010, cuando recién acababa de mudarme para estudiar la universidad, tuve un hallazgo en ese restaurante. Era domingo, cuando ya solo hay familiares de enfermos sonando la taza de café vacía en un plato sin nada. Acabé ahí después de haber visto gratis en la biblioteca municipal una película de Woody Allen. El blanco y negro de New York combinado con la morralla del pasaje de mi camión sonando en mi bolsa me sacaron hambre. Empecé a caminar creyendo que con suerte encontraría un vendedor de burritos de a 10. Como en toda ciudad, los comensales aquí tienen muy claro cuál es el límite a pagar, esa franja de precio donde aún hay más o menos confianza en que la carne no fue bañada más de una vez en vinagre y que el vendedor, al menos una de todas las veces, sí se lavó las manos.
Pero no encontré a ningún hombre con hielera gritando buuurriitooos quiiieeere buuurriiitooos, llévelos burritos de a diez de a diez, lleve sus burritos de a diez, de a diez. En ningún lado, ni siquiera palomas ni agua sin quehacer por el río Chuvíscar ni gente acostada en el calor de la banqueta. Sabía que en mi cartera contaba con los últimos 40 pesos para el pasaje de la semana; ir a un restaurante dejaba claro el escenario. Saqué los dos billetes y bajo un cielo que era igual de azulado y hueco que esos dos Benitos, me quedé esperando a una nube frente al empedrado de la Capilla de Nuestra Señora de Regla.
Pasaron unos perros sin collar, los saludé. Llegaron unos turistas que antes de estar parados frente a mí, habían ocupado varios minutos fotografiando la cruz. También los saludé. Pero el encuentro final ocurrió tal cual así o, más o menos así: unas señoras que cargaban unas bolsas de plástico con contenedores de unicel, faldas largas y aretes brillantes casi como si el sol, seducido por un joyero, hubiera decido hacer de su redondez una alhaja, se persignaron, me dijeron buenas tardes, me echaron una bendición y siguieron subiendo hasta que ambas consiguieron una altura que las hizo desaparecer. Recuerdo que perseguí las gotas de caldo rojo que se vertieron desde una de las bolsas.
Llegué a El Papalote, el lugar estaba casi solo, salvo por una familia de menonitas que comían sin hablar y hombres solos que ocupaban las mesas al lado de la ventana. La mesera me trajo el menú después de preguntarme si esperaba a alguien. Contesté que no. Momentos después trajo salsa y totopos. Los devoré al instante mientras el menú me acotaba sus precios. Hice las cuentas, no me alcanzaba para casi nada hasta que la mesera sin cuestionar mi hambre, me volvió a llenar la cesta de totopos y trajo una cazuela nueva con salsa. Lo descubrí, la sopa de tortilla, si lo ejecutaba bien, podría volverse eterna.
La señora que me atendía, por lo desocupado que estaba el lugar, se permitió hablar conmigo. Preguntó por mi acento. Le aclaré que, aunque había nacido en Chihuahua, había crecido en Acapulco. Ante la imprecisa historia de dos ciudades solo remató cuestionando mi razón de alejarme del mar. Le contesté y ella, sin verse convencida por mi murmullo adolescente, contó que nunca había visto la playa en persona. No sabía de qué se trataba eso de las orillas, de su trabajo como mesera, del tipo de comensales y del hospital.
II
Ocho años después, mis hermanos ahora viven conmigo en Chihuahua. A veces, salimos a jugar fut al parque y mientras esperamos a que llegue gente para echar reta, nos acordamos de la otra gente de las canchas del Merle Oberón. Jugadores se reunían de todos lados de Costa Azul, de Praderas, de la H. Galeana, de Balcones y del Barrio Negro a regocijarse en piruetas con tenis y sin tenis en la cancha rodeada por amates y árboles de mango.
Es domingo primero de julio, es el día de las elecciones y mis hermanos nunca han votado. En la boleta López Obrador aparece tres veces, acompañado por Morena, el PT y Encuentro Social. Anaya y Meade también se repiten bajo los emblemas de sus respectivas coaliciones. Más abajo están el Bronco y el nombre casi fantasmal de Margarita Zavala, quien abandonó la contienda cuando las boletas ya estaban impresas. Entre nosotros, en realidad, no hablamos mucho de política, pero hemos oído quejarse a nuestra familia de los dirigentes y colonos de aquí o de allá; sabemos qué gritaban en las marchas nuestro padre y nuestra madre; escuchamos a nuestra abuela hablar del reparto de tierras en los cerros y del paracaidismo. Hemos visto cómo se hace fiesta en una calle sin pavimentar y cómo esa misma calle se maquilla cuando viene un candidato. En suma, ¿sabemos por quién votar?
Con el pulgar ya hecho de tinta nos vamos a comer al Papalote. En el restaurante me saluda Lucha, la mesera que me atiende desde el primer día. Como toda excelente mesera, les suelta algunos elogios a sus comensales. Nos sonrojamos como muchachitos recién hechos y, ella, con la atención de una tía que le acierta a los regalos de cumpleaños, cambia el programa de chistes por el canal donde transmiten el partido entre Rusia y España.
Cuando llegamos al restaurante hay ya bastantes clientes. Rusia y España han empatado a uno después de dos horas de juego y están a punto de comenzar la tanda de penales. En la pantalla, los jugadores permanecen abrazados en el centro de la cancha mientras el árbitro habla con los capitanes. Yo pido tres sopas de tortilla.
III
Los primeros cuatro disparos entran. Iniesta y Piqué anotan por España. Smólov e Ignashévich, por Rusia. Quisiera decir que cada cobro suspendía por unos segundos el ruido de los platos, pero las familias miraban hacia otra parte. De vez en cuando, alguien voltea a la pantalla, nada más. Mientras en Moscú se juega el pase a cuartos de final, en la esquina de García Conde y Novena la gente entra y sale con el pulgar manchado de tinta electoral, sin prestar más atención que a sus propios platos. La cosa sigue, Akinféyev detiene el tiro de Koke y quisiera decir también que el restaurante despierta, pero la gente sigue en sus conversaciones, interrumpidas solamente por las voces en alemán de algunos menones que les indican a sus hijos en qué mesa hay que irse a sentar.
Golovin anota para Rusia. Sergio Ramos mantiene viva a España, pero Chéryshev vuelve a poner a los rusos por delante.
Iago Aspas camina hacia el punto penal con la obligación de marcar. Corre, dispara al centro y Akinféyev, que ya ha lanzado el cuerpo hacia un lado, deja una pierna atrás. La pelota golpea la punta de su pie y sale desviada. Rusia elimina a España sin que el portero alcance siquiera a entender del todo cómo hizo la atajada. En México aún no es medio día y aún no se sabe quién será presidente.
IV
Regresamos a casa en un Honda Civic usado que le compramos a un vendedor al que le dicen El Árabe. El auto, traído de Estados Unidos, donde seguramente ya era considerado chatarra, obtiene una tercera o cuarta vida con nosotros. Tiene reproductor de cassettes y el vinil del tablero curtido como el desierto que atravesó para llegar hasta acá.
Vamos de regreso a casa pensando si mañana México podrá ganarle a Brasil, qué anunciarán los titulares, qué dirá la gente. Uno de mis hermanos va surfeando el aire con la mano. Según por donde entra el sol, el otro se recorre hacia un lado u otro del asiento trasero.
En uno de los semáforos, un hombre hace acrobacias con fuego y, el fuego, contra todo pronóstico, le obedece, pasando de su boca a la boca del aire. Vista desde lejos, la flama hace hervir la imagen hasta moverla como se mueven las algas debajo del agua.
El semáforo está a punto de cambiar cuando un perro descalzo cruza la calle levantando las patas. Parece ensayar la danza de un caballo bajo el jinete. Me río. Mis hermanos preguntan de qué me estoy riendo, pero el perro ya ha desaparecido, así que continúo manejando. Uno de ellos sigue surfeando el aire con la mano. El otro, como un planeta cansado de rotar, deja que el sol le caliente el mismo costado.
V
El 15 de julio, mientras Croacia se juega el mito de sí misma en la final contra Francia, estoy de viaje por Pátzcuaro, Michoacán. No veo el partido. Llueve. Termino en el centro, dentro de una iglesia que en realidad es la Biblioteca Pública Gertrudis Bocanegra. En el lugar donde alguna vez estuvo el altar, la historia de Michoacán es contada por Juan O ‘Gorman a través del muro. Arriba, el volcán del Estribo Grande arroja fuego sobre el nacimiento del mundo purépecha. Más abajo aparecen pescadores, artesanos y Eréndira montada en un caballo blanco y Tangáxoan, caminando hacia su muerte y Vasco de Quiroga, abriéndose paso entre herramientas y oficios.
Cuando salgo, me siento en las escaleras. La gente atraviesa la plaza apresurada, bajo paraguas o con periódicos doblados sobre la cabeza. Algunos se aprietan contra la fachada para refugiarse del agua. Este lugar me parece el sitio más fresco en el que he estado. Quizá lo digo en voz baja o solamente lo pienso. Alguien debió escucharme, porque la lluvia no solo continúa. Arrecia.
De vez en cuando llegan gritos perdidos, como cohetes que revientan detrás de los edificios y no se alcanzan a ver. Vienen de quienes acaban de presenciar la victoria de Francia. Mientras ellos ven levantarse la Copa del Mundo, yo veo a Pátzcuaro desaparecer detrás del agua.
VI
Termina la lluvia.
Me dirijo hacia una de las orillas del lago. Los pescadores y sus redes, por ejemplo, la estatua de Morelos en lo alto de una isla. Tomo una lancha hacia Janitzio. Recorro la isla y entro en el monumento. En su interior, la historia de México asciende por las paredes. Uno de los letreros indica que este Morelos es casi igual de alto que la Estatua de la Libertad. Al terminar de leer, les pregunto a mis hermanos en nuestro grupo de WhatsApp qué piensan de la derrota de Croacia. Mientras espero sus respuestas, imagino a un Morelos en blanco y negro ocupando el lugar de la Estatua de la Libertad y saludando a los turistas que llegan a Nueva York.