EL-SUR

Miércoles 01 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Juego de pelota con los pies

Alan Valdez

Junio 27, 2026

(Segunda parte)

Brasil 2014

I.

La casa de Jaime está al lado de un huerto de manzanas. Como casi todos los huertos manzaneros de Ciudad Cuauhtémoc, el terreno está cercado por una barda de cemento que oculta a los hombres y mujeres que pizcan la fruta. Jaime dice que las casas alrededor de los campos son más frescas. Con ese comentario me doy cuenta de que su tolerancia al calor no se parece nada a la mía. El calor del mar, de alguna manera, se resuelve quitándose la ropa, pero aquí el sol se come todo lo que vive y lo que no.
En los terrenos abiertos se levantan pastos amarillos, huizaches y algunos olmos torcidos por el aire. Diría que lo único que hay es un paisaje hostil, pero le tengo cierto cariño a esta ciudad porque aquí comencé a vivir solo y tuve mis primeros oficios. Es decir, fue la ciudad donde quedé expuesto a la velocidad de las monedas y a fumar cigarros.
En el centro de Cuauhtémoc quedan la plaza, la iglesia y algo de la estación de tren donde por las noches se llena de trabajadores de la pisca de manzana que en época de calor beben en las cantinas de las vías. En invierno también beben para que el frío no los arrulle demasiado.
Le pregunto a Jaime si alguna vez se ha metido a los huertos. Me dice que sí, cuando era niño y cabía por debajo de las puertas. Jaime tiene veintidós años, se rasca la barriga mientras con la otra mano hace como si midiera la altura de alguien que apenas le llega a las primeras costillas. Yo tengo veintiuno y pronto voy a cumplir veintidós.

II.

Su casa es un solo cuarto dividido por muebles. Él está acostado en una cama king size, con la ropa y los zapatos puestos, hecho un costal de papas. Mi llegada de anoche desde Veracruz coincidió con la despedida de soltero de un amigo al que todos le dicen El Chilaca.
Chilaca es un hombre de casi dos metros que alguna vez tuvo la desafortunada idea de ir a la preparatoria vestido completamente de verde. El chile chilaca es famoso en Chihuahua: largo, verde, ingrediente fundamental de las carnes asadas. Una tortilla de harina envuelve un chile relleno de queso menonita. Desde entonces le dicen así.
Dos semanas antes visité Xalapa por primera vez. Durante esos días conviví con personas igual de crédulas que yo porque también querían vivir de la poesía. Estábamos en una residencia de escritura vinculada con la Universidad Veracruzana. Al volver de Xalapa a Chihuahua, ya me había hecho amigo de otros universitarios, estudiantes de letras que vivían en ciudades del país que yo nunca había visitado. Y claro, también de los chilangos futboleros. Con ellos, sobre todo, me di cuenta de que no sabía casi nada de futbol ni de literatura mexicana.

III.

Me acerco a Jaime para ver si sigue respirando. Pongo mi oreja cerca de su nariz. Ahí sigue. Como en mí, su respiración expele un olor a manzanita podrida. Son cerca de las diez a.m. Enciendo la televisión para ver el partido de México contra Holanda. Uno de esos amigos que hice en la residencia, un coapeño que presume ser el mejor poeta de su cuadra, me escribe emocionado por el juego. Le damos seguimiento por mensajes. El primer tiempo termina sin goles. México parece ordenado, incluso posible. Apenas empieza el segundo tiempo, Giovani dos Santos toma una pelota afuera del área y la cruza de zurda. Minuto 48. México anota. Por un momento Giovani adquiere una dimensión de leyenda y Christian Martinoli entra en la historia de los comentaristas deportivos.
¡Golazo infernal, impresionante de Giovani dos Santos! ¡Tantas veces te pedí una, desgraciado, tantas veces! He vomitado bilis por ti, se me ha caído el pelo por ti, tengo nervio por ti, voy al psiquiatra por ti y hoy, ¡hoy por fin apareces, maldita sea! Por fin aparece Giovani, doctor.
Pero al minuto 88 Wesley Sneijder empata con un disparo seco desde la entrada del área. Después viene Robben. Entra, se cae, o lo tiran, o hace las dos cosas al mismo tiempo. El árbitro marca penal. El famosísimo penal del buen Robben. Al 90+4, Huntelaar lo cobra. El partido termina.
Holanda gana 2–1 para siempre.

IV.

Después del juego, el coapeño y yo nos marcamos. Decido salir para no despertar a Jaime. Luego de gritar que no era penal al árbitro portugués Pedro Proença, Jaime se ha movido un poco y temo haberlo molestado.
Abro el mosquitero de la puerta y su muelle se tensa como la espalda de un gato de aluminio antes de saltar. El sol está completamente encima de mí. Me ha quitado la sombra de los pies. Pero cuando pasa una pequeña ventisca puedo escuchar los árboles de manzana del otro lado del muro, también con el sol hostigando sus copas. El coapeño me pregunta qué voy a hacer el resto del verano. Mi idea del dinero es completamente vaga, pero me doy cuenta de que, si uso todo lo que me queda, me alcanza para llegar a la Ciudad de México y, desde ahí, seguirme hasta Acapulco para visitar a mis hermanos.
Cáigale, cáigale, papito, habrá una lectura de poemas de Eduardo Lizalde en la Biblioteca de la Ciudadela y pues de ahí pues un coto, ¿no?, me dice el coapeño. Insiste en que vaya a la lectura porque un poeta así de viejo quién sabe hasta cuándo se nos quede aquí. Decido irme, tras haber estado en Chihuahua poco más de veinticuatro horas, aunque la razón definitivamente no es la poesía.

V.

Jaime por fin se levanta y solo me pregunta por qué grité tanto si la gente de la tele no me oye. Encontramos unas latas de cerveza en una cubeta que estaba en el patio. Lo reseco del día, combinado con nuestra propia resaca, no nos desalienta. Tomamos el contenido como agua y después jugamos a aventarles piedras a las latas ya desocupadas. Nos da hambre; al abrir el refrigerador nos damos cuenta de que lo único que hay son unas manzanas con arrugas y una cajetilla de cigarros que alguien metió en el congelador durante la fiesta.
Fumamos debajo del encino que es el único árbol de su patio. Jaime me pregunta por qué nunca me quise quedar a vivir en Cuauhtémoc. Le doy una respuesta que a mí no me convence, pero al parecer a él sí, porque ya no me pregunta nada. Unos niños van pasando. Uno de ellos lleva una bolsa con huevos. Jaime les grita eh pinshis lepes, qué pues, rólense unos huevos pa esharnos un desayunito, le dicen a su jefa que se les cayó uno, ándenles, no sean gashos, ¿no? Los niños no voltean. Continúan su camino. De vez en cuando, sus pies empujan piedras que chocan con otras piedras hasta desaparecer.
Tengo que hacer una acotación. Jaime vive solo. Heredó esa casa de la forma en que uno nunca quiere heredar nada, quedando huérfano. La casa es amplia, extendiéndose en una esquina donde se cruzan calles de terracería, en una colonia a la que la gente suele referirse como la colonia donde el aire se da la vuelta porque ya después de aquí ya no hay más nada.
Le comparto a Jaime que he decidido irme mañana. Tan poquito me duró el gusto, pinshe shavalo vago remata. Mientras volvemos a recordar la fiesta de anoche, una troca que trae arrastrando un polvaderón enorme con música de banda se para frente al portón.
Es Chilaca con sus secuaces.

VI.

Durante el trayecto vi cinco películas. En todas, los actores protagónicos son calvos, saltan de autos en movimiento y besan mujeres que salen del mar como estatuas de madera que se han caído de un barco.
En el camino intercambio algunos mensajes con Jaime. Me pregunta cómo me amaneció el agua después de la segunda fiesta con Chilaca. Hoy que estoy escribiendo esto he tratado de acordarme del nombre de Chilaca, pero no sé. Creo que nunca escuché su nombre de pila. En la fiesta, Chilaca contó cómo conoció a su esposa. Ella trabajaba en uno de esos módulos donde ofrecen paquetes de telefonía celular al transeúnte. Yo a Jaime lo conocí cuando teníamos 15 años en un puesto de hot dogs. No sé si nos hicimos amigos de inmediato. Cuando me preguntó anoche por qué le gritaba a la televisión, lo único que le contesté fue que era lo mismo que yo le preguntaba a mi padre cuando era niño.
Jaime y yo no lo sabemos en ese momento, pero después de esa vez nos volveremos a encontrar hasta 2018. Y después de ese año, ya no nos volveremos a ver más.

VII.

Al llegar a la Central del Norte me está esperando el coapeño, quien me va a llevar hasta el centro de la Ciudad de México. Es mi segunda interacción con el metro en toda mi vida y estoy impresionado con la gente que vende mp3s con toda la música del mundo. Me compro uno de esos por 10 varos.
Entramos a la lectura de poesía. En efecto, Eduardo Lizalde ya es un hombre bastante mayor, pero lee un poema que todo el público corea. Hay un tigre en la casa que desgarra por dentro al que lo mira, así comienza el poema de Lizalde. Es la primera vez en mi vida que estoy en un recital de poesía donde el público corea a quien lee. La gente se forma para que Lizalde les firme el libro. Cuando es mi turno, Lizalde me pregunta mi nombre y, al cerrar la tapa del libro, veo en la portada un tigre y, sobre ese tigre, la mano vieja de un hombre.
En los días siguientes, Jaime me dice que está viendo la posibilidad de cruzarse a Estados Unidos a trabajar. Yo le pregunto por qué se quiere ir. Solo me contesta bueno, pues pa qué chingados me quedo aquí en esta pinshi tapia. En ese último comentario me doy cuenta de que la respuesta que le di a Jaime días antes, y que no me convenció, acaba de asentarse en mí, sin embargo, no le digo nada.
Después del recital de Eduardo Lizalde, el grupo de personas con las que estoy decide irse a un bar cerca de Insurgentes. Años más tarde me daré cuenta de que decir cerca de Insurgentes es no decir nada, pero en ese momento, para mí, que me dijeran que estaba en Insurgentes implicaba que sabía dónde estaba en la Ciudad de México.
En el bar están pasando Argentina contra Suiza. El partido parece llevar horas sin que pase nada. Afuera está la Ciudad de México y adentro gente que fuma y una televisión colgada en una esquina.
Duro en la Ciudad de México lo suficiente como para ver el 7–1 de Alemania contra Brasil en el Mineirão.
Cuando llego a Acapulco, mi madre me abraza y mis hermanos también.
El día de mi cumpleaños conozco a otro universitario que también escribe poesía. Él me enseña un verso de un poeta brasileño, Lêdo Ivo.
O tempo imita as ondas.
El tiempo imita a las olas.
Mientras trato de entender ese verso gente entra al agua, pero como ya es de noche, solo distingo el sonido de sus cuerpos contra las olas.