Alan Valdez
Junio 13, 2026
(Primera parte)
Francia 98
La primera televisión a color que mi padre compró para nuestra casa fue para ver el Mundial de Francia 98. De ese mundial solo recuerdo que, en McDonald’s, al pedir la Cajita Feliz, le daban a cada niño la mascota Footix, un gallo azul con cresta roja. Mi idea de Zidane metiendo dos goles de cabeza y Les Bleus ganándole 3-0 al Brasil de Ronaldo Nazário la supe ya después, gracias a YouTube.
El McDonald’s estaba adentro del Walmart de Icacos. Ahí mi padre compró la televisión. Era una Zenith de unas 21 pulgadas, negra, de tubo. Mi abuela le tejió un mantel y se lo ponía encima como si fuera un niño arreglado para la primera comunión. Como estaba en el cuarto de mis papás, la cortina y el sol de las 2 de la tarde dificultaban sintonizar cualquier programa sin que apareciera encima el reflejo del cielo de Acapulco.
Durante el tiempo que la televisión estuvo con nosotros, fue rotando de lugar en la casa. En el mundo en el que crecí, la vida de los electrodomésticos se movía despacio, centímetro por centímetro casi. Cuando les iba bien, primero cambiaban de trapito. Luego conseguían un reproductor de VHS, después uno de DVD. Y ya cerca del final, un control universal que prometía la voluntad de cualquier aparato inventado hasta ese día. Así las temporadas, y aun con la llegada de la computadora conectada al teléfono, y aun con las lluvias y los apagones que quemaban cualquier aparato cuando la luz volvía de golpe, la televisión duró varios mundiales con nosotros.
Cuatro años después, la Zenith logró la dirección nueva. La sala. Uno pensaría que no fue un viaje largo, si consideramos la facilidad de nuestros pies para una caminata tan corta. Pero para un televisor ensamblado en Matamoros, cercano a los 40 kilos, bajar un piso sin hacerse un solo tallón en la pantalla en pleno verano de 2002, fue algo que todavía hoy en mi familia se sigue comentando.
Corea-Japón 2002
Acercándonos a los últimos meses del ciclo escolar, me da varicela. Me aprendo las capitales y calculo cuántos océanos se tienen que cruzar para darle la vuelta al agua. La emoción del mundo exterior queda restringida. Lo único que hago es ver televisión y no rascarme. Mi madre me unta una crema hecha con avena y calamina. En la pantalla transmiten reportajes sobre lugares famosos que hay que visitar además de los estadios de Corea.
En la televisión aparece El Compayito. Una mano cerrada, con dos ojos de plástico sobre los nudillos y el pulgar convertido en boca interrumpe las mesas deportivas de Televisa.
Cuando regreso a la escuela, todos traen esas bolitas de ojos sobre los nudillos. Mueven las manos como titiritero con la boca llena. Cierran el puño, acomodan los ojos sobre los dedos y hacen hablar a la mano. La izquierda o la derecha. Da igual. Cualquier puño puede resolverse en cara.
Cuando me reincorporo a la escuela regreso para la semana de exámenes finales. El Mundial Corea-Japón aún no termina. A México ya lo ha eliminado Estados Unidos en octavos. Perdemos 2–0 y el nombre de Landon Donovan se instala en la memoria colectiva de los mexicanos.
Estoy en el salón. La maestra les pide a los alumnos que verifiquen las respuestas correctas del mismo examen que yo después tengo que tomar por haber faltado. Junto con ellos, ahí mismo en el aula, la maestra va a calificar el examen. No entiendo muy bien lo que está pasando, pero me siento igual de seducido que cuando quiero algo de la tienda y lo tomo, aunque no sé realmente cómo acaba siendo pagado por mi madre. Simplemente lo echo en el carrito.
Pronto la sensación comienza a acercarse hacia una manera que se parece más a levantarse en medio de la noche y escuchar a gente hablando en la cocina. Adultos cambiando rápido el tono de sus voces hacia algo más diurno cuando te ven acercándote hacia ellos.
Sigo escuchando las capitales y nombres de ríos y de ciudades, hasta que tomo la decisión de cubrir con la lapicera el pedazo de papel y mi mano en movimiento. La maestra no se tiene que dar cuenta de lo que voy a hacer. Pero la segunda gran decisión ocurre después: traer ese mismo papel al examen, esperando conseguir todas las capitales del mundo para mí.
Angola, Luanda. Senegal, Dakar. Turquía, Ankara. Islandia, Reikiavik. Mongolia, Ulan Bator. Madagascar, Antananarivo. Bangladesh, Daca. Uzbekistán, Taskent. Armenia, Ereván. Azerbaiyán, Bakú. Chipre, Nicosia. Namibia, Windhoek. Fiyi, Suva. Omán, Mascate. Vietnam, Hanói. Tailandia, Bangkok. Indonesia, Yakarta. Malasia, Kuala Lumpur. Filipinas, Manila. Camboya, Nom Pen. Laos, Vientián. Nepal, Katmandú. Sri Lanka, Sri Jayawardenepura Kotte. Pakistán, Islamabad. Australia, Canberra. Nueva Zelanda, Wellington. Papúa Nueva Guinea, Puerto Moresby. Samoa, Apia. Tonga, Nukualofa. Vanuatu, Port Vila. Islas Salomón, Honiara. Kiribati, Tarawa. Micronesia, Palikir. Palaos, Ngerulmud. Tuvalu, Funafuti. Islas Marshall, Majuro. Nauru, Yaren.
Soy descubierto en el hueso más duro del archipiélago de Oceanía.
Es 30 de junio de 2002 en Yokohama. Brasil 2–0 sobre Alemania con dos goles de Ronaldo Nazário. Al día siguiente, lunes primero de julio, tengo que presentar un trabajo especial que la profesora me dejó de castigo después de haber hecho trampa en el examen final de geografía. El trabajo consiste en elegir una región del mundo y hacer un monográfico.
Elijo el archipiélago de Ryukyu.
Alemania 2006
El domingo 2 de julio de 2006 no hubo Mundial, hubo elecciones en México. El día anterior, Francia había eliminado a Brasil. Una semana después, Zidane iba a jugar el último partido de su carrera. Primero marcaría un penal. Después le daría un cabezazo a Materazzi. Francia pierde la final en penales.
Esa noche empiezan a salir los resultados preliminares. Mis papás y yo estamos en la sala, atendiendo los comentarios de las mesas de debate político en nuestra televisión plana LG. La televisión Zenith ya pasó a mi cuarto. Con la pantalla nueva, mi abuela ya no sabe bien dónde poner el mantel.
A las 11, el presidente del IFE declara en televisión que no se pue-de anunciar un ganador. La dife-rencia es demasiado cerrada, dice. En los días siguientes continúan contando votos. El jueves 6 de julio, Felipe Calderón queda arriba por menos de un punto.
El cabezazo de Zidane a Materazzi fue una de las primeras imágenes del futbol que recuerdo como video de internet viral. Materazzi le jala la camiseta. Zidane le contesta que se la puede dar después del partido. Materazzi le responde con un insulto sobre su hermana. Zidane camina unos pasos, se detiene.
Regresa. Le da un cabezazo en el pecho y lo expulsan.
Italia gana en tanda de penales. El Perro Bermúdez canta “Volare, cantare”. Yo ya había escuchado esa letra en la radio, sobre todo en ese momento extraño del día, cerca de la noche, cuando solo queda una cortinilla de voz que dice: ochen-tas, noventas y más. ¿Este es el más?
Por alguna razón, mi familia acostumbraba más los canales de Televisa que los de TV Azteca. ¿Qué dice de una familia mexicana la preferencia por una televisora u otra?
A finales de julio, el conflicto llega al Zócalo y a Reforma.
En agosto yo estoy viajando con mi familia hacia la sierra de Chihuahua.
En las afueras de algunas ciudades todavía se alcanza a leer en algunos muros: Vota Fox este 2 de julio.
Sudáfrica 2010
Es mi último verano antes de entrar a la universidad. Llevo un par de meses trabajando de forma intermitente en un rancho menonita cerca del kilómetro 117, en la carretera a Bachíniva, en Chihuahua. Las jornadas que paso en este lugar se distinguen, sobre todo, por no contar con luz eléctrica. Así que por las noches solo queda el cielo y el aullido de los coyotes, una y otra vez, hasta que cada coyote ha alcanzado con su aire un pedazo de astro.
En cierta forma, el mundo de las ciudades ahora suena igual de distante a como sonaba el mundo de los campos cuando yo vivía en una ciudad. Lo que quiero decir es que ambos parecen incompatibles en su forma de decirse.
En una de las tiendas menonitas a la que voy dos veces por semana hay una televisión. Además de aprovechar para oír un pedazo de las noticias, saludo a la cajera. Estoy a punto de cumplir 18 años cuando sé cómo se llama la trabajadora del minisúper en la orilla de este tramo.
España gana el Mundial un domingo, cerca de las tres de la tarde en Bachíniva. En Sudáfrica ya es de noche.
La trabajadora me da el medio de mantequilla, el medio de queso y los tres paquetes de tortillas de harina. Suena la caja registradora. Llega el sonido del dinero y en la televisión aparece David Villa hablando de compartir el liderato de goleo con Thomas Müller, Wesley Sneijder y Diego Forlán.
Tanja me pregunta si me gusta el fútbol. Estoy a punto de decir algo, pero cuando voy a hablar el teléfono timbra. Tanja contesta en su alemán menonita y se aleja hacia la bodega.
En la tele ahora entrevistan a Iniesta. Su voz queda encima de la repetición del gol que hace por primera vez campeón a España.
Iniesta recibe la pelota dentro del área, la deja botar apenas hacia un lado y cruza el tiro antes de que el portero pueda cerrar el cuerpo. Después corre hacia la esquina, se quita la playera y debajo aparece otra camiseta blanca con una dedicatoria escrita a mano.
“Es difícil escuchar el silencio”, dice. “Pero en ese momento yo escuché el silencio y sabía que ese balón iba”.
Tanja sale de turno, y a la siguiente cajera que entra le pido que, por diez pesos, me deje utilizar el internet de una de las computadoras del cibercafé que es parte de los servicios de ese minisúper (nunca he entendido cómo había computadoras en ese páramo, pero había). Se supone que para esas fechas ya deberían haber salido las listas del Ceneval. Busco mi nombre. Lo encuentro.
De regreso al rancho, la troca levanta demasiado polvo. El aire pasa con mucha prisa y algunas norias atraviesan el paso de la carretera, incrustándose en cercas y árboles. Cuando llego con los otros trabajadores tengo ganas de contarles que España acaba de ganar el Mundial, que sé cómo se llama la vendedora, que pronto me voy a ir y que me aceptaron en la escuela. Pero por alguna razón, mientras estoy repartiendo la mantequilla y el queso, no digo nada.
Después de cenar, arriba de una paca de pastura de avena, escucho el relincho de calor de uno de los caballos.
Uno de los trabajadores avienta su lata de cerveza al piso. Otro patea la lata. Empieza un jaloneo de pies y aluminio. Hay dos sauces haciendo un horizonte claro y detrás un arroyo.
Gildardo toca para Meñique. Ahí va Meñique. Lo espera Saucedo, que ya lo conoce. No es la primera vez que se ven las caras. Gildardo se abre por la izquierda, levanta la mano, pide la pelota. Meñique no lo ve, o no quiere verlo.
Saucedo sale. Meñique amaga. Recorta hacia adentro. Se queda con el balón. Gildardo sigue solo. ¡Dásela! ¡Dásela! No se la da. Meñique dispara. La pelota cruza el área, pasa junto al poste y se va. Se salva Saucedo. Se salva el equipo de Saucedo. Y Gildardo se queda mirando a Meñique como un pescador que acaba de ver cómo se le rompe la línea.